Deshabitado

                   © Alberto Omar Walls

 

 

     Deshabitado de sí mismo. Así se sentía, porque nunca estaba en su propio cuerpo. No lo dejaba la mente, que se iba para allá y más lejos aún, pero nunca estaba con él, ahí, en su cuerpo, acompañándolo en su mismidad. Por eso le dije, sin pedantería, que estaba deshabitado.

 

     Si cuando nacemos es nuestro cuerpo el espacio que habitamos, y nos ha de durar toda la vida, ¿por qué nos empeñamos en dejarlo a un lado? Él, el cuerpo, es quien nos enseña a vivir en el presente, sin tener que darle tantas vueltas al pasado y el futuro. No existen ninguno de los dos, ¡solo existe el presente!

 

        Por eso le sugerí que nos pusiéramos los dos a meditar.

 

       ¿A me-di-tar?, ¿pero qué leches es eso? ¿Algo al estilo de Rodin? Y me puso la expresión muy cómica de El pensador llevado al límite del insulto (para el escultor, claro está).

 

       No, le dije, es sólo una diminuta técnica que nos ayuda o enseña a vivir en el cuerpo, en el presente, concentrándonos en la respiración. Con la práctica llegará el día en que el silencio interior te permitirá volver a habitarte. Estar uno en sí mismo con todas las consecuencias, claro está, aceptándose en lo malo y lo bueno, sin mentiras ni ataques, y sin tener que buscar la escapada de desahitarse con tantos asuntos alienantes solo por el miedo de no querer vivir nuestra propia existencia.

 

      ¡Pero todas esas cosas que me ocupan la mente son mías, muy mías, me interesan, aunque me duelan y mantengan la mente colgada de los pensamientos y retorcidos sentimientos!, ¡porque forman parte de mi mundo!

 

     Todas esas cosas que dices son como los dolores fantasmas de los miembros que ya no existen. No creo que te interesen los fantasmas. Pero ya sabes, por intentarlo…

 

      Bueno, algún día, quizá -me dijo al fin-, tengo tu teléfono, ¿no? Te llamaré… 

 

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