5x12=60

     © Alberto Omar Walls

 

     Me gusta ese poema de Neruda que tituló en 1958 A callarse. ¿Y a quién no? Quién le podría poner un mínimo pero a su impecable mensaje? Hasta los malos muy malos le habrán dado la razón, porque lo evidente es maestría. Pero las enseñanzas y aprendizajes hay que ponerlos en práctica, para eso seguimos vivos. Y hay gente que no aprende nunca salvo que le den más leña que a un felpudo, como para quitar el polvo de tantos zapatos y caminos.

 

       Y hay algo de este poema que siempre me ha traído de cabeza. Es ese número enigmático y cabalístico del doce, el fantástico 12 de la docena y al por mayor. Mi padre Sulaimán Omar Zaruk, como buen comerciante de los de antes, que tuvo tienda durante sesenta años en Santa Cruz, compraba siempre en cantidades aumentadas porque así, decía, le salía más barato, ya que se podían obtener sustanciosos descuentos, del cinco o diez por ciento. Una docena era una cantidad pequeña de unidades, pero doce docenas, es decir una gruesa, o ciento cuarenta y cuatro unidades, estaba más que bien por lo que el buen descuento en fábrica quedaba asegurado. Y si, además, pagaba antes de los treinta días, o aún mejor, al contado y en el momento de la entrega, con el pronto pago ya se empezaban a barajar decimales por encima del descuento base. Era tal su manera de comprar como mayorista que un día apareció con un camión de los de antes cargado hasta los topes de sandias, porque se las habían dejado muy baratas; y le dijo a mi madre: Amparito, a todo aquel cliente que nos haga una buena comprita de los vestidos o las telas, o lo que sea, le damos de regalo una o dos sandías. A la semana, el cargamento de sandías se había distribuido entero. Una vez, ¡y sigo todavía con lo del número doce!, estando mi padre aún soltero se fue a trabajar de vendedor ambulante a Fuerteventura. Sería el año treinta y dos de mil novecientos, al año de haber llegado de su tierra natal, Palestina. Hablaba lo justito el castellano, lo suficiente como para que un muchacho bien parecido convenciese a las jóvenes de los pueblos que le compraran la ropa de última moda que él se había molestado en traer en dos grandes fardos desde Las Palmas. El fardo o bulto bien se lo cargaba a la espalda o lo llevaba en un burro cuando las distancias eran muy largas. Una de esas mañanas de verano, hacia las doce del medio día del mes de julio, en pleno campo inmisericorde del Gran Tarajal, le asaltó el hambre y la sed y se llegó a una casa que vio aún lejos a su derecha, pero bien situada a unos doce pasos de donde pasaba una atarjea por donde discurría cantarina la supuesta agua fresquita que le calmaría la sed. La mujer de la casa algo le compró, pero no tenía para pagarle, mas él vio que en el corralito tenía gallinas y, con sus gestos y algún verbo en infinito, le hizo saber a la mujer conejera que le pagara con huevos y algo de beber, porque tenía mucha hambre y sed. La mujer le señaló para la atarjeta, y para allí fue él a sentarse en el murito y esperó a que ella volviera. Lo hizo pronto llevando en el brazo bien agarrada una barqueta de mimbre llena hasta arriba de huevos. Los contó ante su vista y le dijo que le pagaba con veinticuatro huevos de sus hermosas gallinas, ¡dos docenas de orondos huevos fresquitos! Él selló el trato con su eterno sucram-grasias y, ni corta ni perezosa, empezó a abrir los huevos sobre una piedra, golpeando con sumo cuidado los dos extremos, con lo que le quedaban ambos agujeritos por dónde chupaba luego el contenido de la cáscara, clara y yema, echando la cabeza hacia atrás. Huevo crudo que tragaba, agua que se llevaba al gaznate recién recogida de la atarjea en el hueco de su mano. Así pudo llegar a beberse hasta veinte huevos seguidos, que fue el momento en que empezó a ver las cosas moverse y a sentir cómo el sol le daba vueltas sobre su cabeza. Y se desvaneció. Posiblemente la mujer de la casa lo habría estado observando, porque se llegó a socorrerlo diciéndole de todo por lo bajo a aquel muchacho que, en aquel entonces, a lo sumo, tendría veinticuatro años.

 

       Los números son esos elementos visuales y acústicos que se usan desde los comienzos de la vida del Hombre y que le sirvieron para ordenar tanto lo que se mueve a su alrededor, fuera tangible o intangible, como lo que se puede transformar en valores mensurables, pesables, contables. La agrupación de objetos, el conteo de personas o el discurrir del tiempo nos ha interesado a todos desde siempre. Indios, persas, árabes e italianos fueron, al parecer, los recientes responsables de nuestro sistema numérico actual, pero la Humanidad ha sentido la necesidad de contar desde hace más de treinta y dos mil años, tanto para controlar sus pertenencias como para relacionarse con el medio.

 

      Por necesidades poemáticas me detengo hoy en el número doce. Los meses del año son 12, las horas del día son dos docenas, la hora tiene sesenta minutos y éste sesenta segundos (5 x 12). En verdad todos los números tienen sus historias e importancias simbólicas, pero el número doce del gran Neruda a veces me ha obsesionado, así que he elaborado mi propia teoría que ruego lean, antes de llegar al poema que, como es lógico, coloco al final de este sucinto comentario. Y esta es mi teoría, puramente intuitiva, claro está. Parto de estas premisas: he calculado el tiempo de una respiración normal, nada profunda, es decir, inhalación de aire seguida de su exhalación, también normal. Quizá se consuman dos segundos para recoger aire y tres para expulsarlo, con lo que tenemos cinco segundos por cada respiración. Doce respiraciones seguidas de cinco segundos cada una, hacen sesenta segundos, por tanto un minuto. Cuando estamos respirando de manera absolutamente consciente, y durante un tiempo muy corto, más o menos un minuto, no pensamos en nada; en nosotros, en la mente, gravitará el silencio. Así que un minuto respirando en silencio, concentrado en la respiración, se transformará en un tiempo vipassana cercano a la meditación, es decir, no sería un tiempo de estrés, de confrontación, de luchas, sino un tiempo de vacío y paz.

 

       Vamos, que es cierto que A callarse nos sugiere per se el adentrarnos en el territorio del Silencio… Aquí va este hermosísimo poema:

 

 

A CALLARSE

Pablo Neruda

 

Ahora contaremos doce

y nos quedamos todos quietos.

Por una vez sobre la tierra

no hablemos en ningún idioma,

por un segundo detengámonos,

no movamos tanto los brazos.

 

Sería un minuto fragante,

sin prisa, sin locomotoras,

todos estaríamos juntos

en una inquietud instantánea.

 

Los pescadores del mar frío

no harían dañó a las ballenas

y el trabajador de la sal

miraría sus manos rotas.

 

Los que preparan guerras verdes,

guerras de gas, guerras de fuego,

victorias sin sobrevivientes,

se pondrían un traje puro

y andarían con sus hermanos

por la sombra, sin hacer nada.

 

No se confunda lo que quiero

con la inacción definitiva:

la vida es solo lo que se hace,

no quiero nada con la muerte.

 

Si no pudimos ser unánimes

moviendo tanto nuestras vidas,

tal vez no hacer nada una vez,

tal vez un gran silencio pueda

interrumpir esta tristeza,

este no entendernos jamás

y amenazarnos con la muerte,

tal vez la tierra nos enseñé

cuando todo parece muerto

y luego todo estaba vivo.

 

Ahora contaré hasta doce

y tú te callas y me voy.

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Javi (viernes, 15 agosto 2014 19:42)

    Magnífico! Ya conocía la anécdota de la tierra desterrada de Unamuno!

  • #2

    Alberto (viernes, 15 agosto 2014 20:05)

    Gracias, amigo Javi, eres un sabio. Mis abrazos, Alberto.

  • #3

    Desiree Omar (domingo, 17 agosto 2014 22:03)

    Que linda historia, además de tan hermoso poema
    Gracias por hacerme revivir tan linda historia de mi abuelo querido, siempre con un humor único. La fuerza interior del éxito, reside en cada ser humano. El primero en creer en uno, es uno mismo. Viva mi bendito y amado abuelo. Por que él era un ser maravilloso. Al igual que tú mi querido tío. Vivan los Omar!!!!