Maestro relojero

        © Alberto Omar Walls

 

    Un maestro artesano, relojero y conocido por muchos también como alquimista, fue contratado por el rey de un país lejano para que le sirviera de instructor a su joven hijo, el príncipe heredero. Había atraído la atención del soberano por la precisión de sus relojes de arena, con los que se podrían medir los minutos, horas, días y semanas.

 

      Desde el primer momento le puso un reloj de arena delante y le dijo:

 

- Lo que sé, lo he aprendido de los relojes. Sabed, príncipe, que un reloj de arena está cuajado de cientos de cualidades que el humano normal desconoce. En el tiempo que estemos juntos espero poder trasladaros sus enseñanzas. A través de esos vidrios veréis pasar miles de desiertos de arena, grano a grano, eso sí, pero os irán contando, mientras crecéis, los latidos de vuestro corazón, observando vuestros pensamientos y la evolución de vuestra conciencia…

 

    El muchacho mostraba mucha disposición, flexibilidad y comprensión en todo aquello que el maestro fuera enseñándole año tras año. Siendo tan joven aún aprendió a controlar su propio coraje, las iras, las ansias, sus deseos y hasta el miedo a la muerte por encima del miedo a vivir. El paso fugaz del tiempo y la vida; la importancia de la palabra dada por encima, si fuera preciso, de lo escrito y rubricado; el perdón tanto al amigo como al enemigo, la bondad y el afecto más allá de las apariencias y conveniencias; el apoyo al débil, la defensa de la justicia más justa, al mismo tiempo que saber enjugar las lágrimas del doliente quizá antes que solazarse en sus propias penurias… Supo de la unión de los metales, de la ley de gravedad que empujaba los granos de arenas hacia la tierra, del impulso entre sí de los cuerpos y, como era lógico con ese tipo de maestros, también aprendió una gran variedad de métodos ocultos de conocimiento y supervivencia, como ciertos conjuros mágicos y símbolos que le ayudarían sin duda a manejarse tanto en palacio como en otros territorios de poder.

 

      Durante siete años estuvo instruyéndolo. Apenas cumplidos los dieciséis el rey quería que su hijo le siguiera en las empresas propias de su rango y, sobre todo, esperaba que en todo momento se sintiera con los conocimientos suficientes para sustituirle en el trono.

 

     Nadie lo esperaba, pero fue una enfermedad de melancolía que contrajo el rey lo que propició que el maestro fuera llamado a palacio antes de lo previsto. Así que el monarca habló con el relojero alquimista, entre toses y bostezos, pidiéndole su parecer sobre en qué nivel de instrucción se encontraba su hijo, ya que necesitaría que le sustituyera en muchas funciones hasta que llegara la primavera, que seguro la extraña melancolía que le invadía habría remitido. El maestro le dijo que le pondría una prueba capital y, si la superaba, podría afirmarse que estaría preparado.

 

     Por eso, al amanecer del día siguiente se encontraron los tres en secreto en el patio arenoso del palacio: el rey, el maestro y el príncipe con su caballo. El maestro le propuso una única prueba: debería ir y volver sobre su veloz caballo hasta lo alto de la séptima colina al tiempo que él, su maestro, subiría a la torre para comprobarlo y divisarlo desde lo más alto. Como se trataba de medir la duración de un suceso de tan alta magnitud el reloj de arena de tres bulbos o niveles, que portaba el maestro entre sus manos, controlaría la duración máxima de la experiencia. Dicho reloj lo conocía bien el príncipe pues era el mismo que usara el maestro cada vez que le hacía exámenes de precisión, rapidez y honestidad. En ese aspecto discrepó abiertamente el enfermo monarca y propuso que se optara por uno de los dos relojes a los que él tenía más estima: la clepsidra de agua, que fuera regalo de su padre y que le acompañaba desde la infancia, o el que le había fabricado el maestro relojero en forma de balanza. Este tenía la particularidad de que los granos que discurrían en el interior de los dos cuerpos equidistantes del diábolo estaban hechos con serraduras de oro puro, y sujetos en una armazón sobre la que se engarzaba semejante a una balanza de la justicia y el derecho. Era el símbolo más querido por el monarca pues por encima de las riquezas decía representar la exactitud de la medición que le concedería a cada uno lo que es justo. Quizá fuera por este valor simbólico, lo cierto es que entre dudas y toses optó por el reloj de oro molido, pues a la postre también representaba el poder. El rey, aunque sentado y protegido por mantas y cojines, daría la orden de salida y pondría su reloj de arena de oro sobre una mesa. Como no se podían hacer ruidos que llamaran la atención en palacio, él mismo haría sonar con golpe seco la base sólida del reloj sobre la madera de la mesa. Lo que hizo en medio de suspiros y escupitajos.

 

      Una vez salidos a galope el príncipe y su caballo, se daba por supuesto que el maestro tendría que subir corriendo los trescientos escalones que le separaban de las almenas de la torre, pero en ese mismo momento el rey se puso a toser de forma alarmante, lo que obligó al maestro a cogerlo sin contemplaciones en volandas y entrarlo en palacio. Nada más dejarlo en manos de sus criados salió a toda prisa para subir la torre. Cuando llegó a lo alto, jadeante y sudoroso, miró para la séptima colina pero no vio al príncipe; luego miró para el patio, y comprobó que ya estaba allá abajo montado sobre su caballo.

 

- Como veis, ya volví, maestro. ¿Y mi padre, el rey?

- Tuve que entrarlo a toda prisa, pues se indispuso seriamente. ¿Cómo creeros o comprobar vuestra proeza si me entretuve para asistir al rey?

- Vos sois el maestro, haced lo que queráis…

 

    El maestro se acercó y puso su mano derecha sobre los cuartos traseros del caballo. Parecía meditar en exceso su veredicto, cuando por fin le dijo:

 

- Creo que ya no tengo más que enseñaros. Después de siete años, me voy tranquilo del palacio.

 

     Y sin más, el maestro se dispuso a salir por la tercera puerta que da al poniente. El príncipe aún sobre su caballo le franqueó la salida, al tiempo que con gesto imperativo le ordenaba volver.

 

- ¿Por qué lo habéis decidido?

- Estáis ya listo para reinar.

- ¿Cómo lo sabéis?

- Escuchadme atentamente, porque creo que ya no hay tiempo para más instrucciones. Vos príncipe, no habéis ido hasta la séptima colina, ni os habéis movido mucho de los alrededores de palacio, eso lo sabemos los dos, sino que habéis usado vuestra mejor argucia al comprobar que yo no llegaría a tiempo para veros desde lo alto de la torre. Eso es diplomacia y política. No habéis gastado las energías de vuestro caballo, porque no está sudoroso sino bien descansado. Eso es astucia, porque con el mínimo esfuerzo habéis ganado una batalla. Y habéis tenido la valentía de retarme aunque haya sido vuestro maestro desde la infancia, eso es fortaleza y decisión. Por tanto, diplomacia en la política, astucia y valentía en la guerra, y fortaleza y decisión para derrotar al maestro y… derrocar a vuestro padre. ¡Andáis más que sobrado para reinar!

- ¿Pero qué decís? ¿De dónde sacáis esas ideas? Pero… ¿entonces, seré un buen gobernante?

- Ya eso no os lo puedo garantizar, mi joven señor. Va a depender de vuestra conciencia.

- ¿Y no ha sido suficiente examen hoy para comprobarla?

- Sí que ha sido…, vos habéis ganado pero ella no ha pasado la prueba.

- ¡¿Por qué decís eso?!

- Porque ella no ha estado en la séptima colina con vos. Debéis recordar para el futuro que no os debéis separar jamás de ella. Vuestra inteligencia, en fin, vuestro ego, si ha estado pero no se ha visto acompañado de vuestra conciencia.

- ¿Adónde vais? Pero… yo os necesito. Soy aún demasiado joven para arreglármelas solo.

- Eso no es relevante. Por otro lado, príncipe, el reloj cayó al suelo haciéndose pedazos en cuanto el rey se desvaneció sobre la mesa, y todo el oro que pretendía medir con su apreciación y sensibilidad vuestra hazaña, quedó entremezclado con la arena del suelo, por lo que creo que en realidad marcaba el final del tiempo de vuestro padre y no el de vuestra prueba, que sí acaba de comenzar ahora mismo…

 

      Y se marchó del palacio el viejo artesano, conocido también como mago y alquimista, para irse a vivir a un reino donde aún no conocían el tiempo, estando seguro que allí apreciarían mejor las muchas cualidades y exactitudes de sus relojes de arena.

 

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