El compadre rico y el compadre pobre...

... CUENTOS DE MARÍA JURANA DE LA PALMA

 

   Me refiero aquí al cuento popular, o simplemente el cuento de invención familiar en el medio rural: El cuento inacabable de los dos compadres, uno rico y otro pobre, cuentos de la astucia y la supervivencia, son de María Jurana, de La Palma, que trascendió centenaria ya hace unos cinco años. Son cuentos que como en Las mil y una noches se empatan unos con otros, como las muñecas rusas o las cajas chinas, dando pie uno al otro en un recuento interminable.

   Su nieto, Chicho, me los contó y aquí los reescribo de la manera que yo supe, pasado algo de tiempo, recordarlos. Las historias, las retomes por donde quieras, podían ser contadas más o menos así:

    Eran dos compadres, uno rico y otro pobre, que siempre se estaban haciendo pillerías. Un día, el compadre pobre, quiso reírse del compadre rico y hacerse rico a su costa. En esas estaban siempre. Ese día se puso un sombrero nuevo que el compadre rico no le había visto nunca. Se fueron a un bar y allí dijo el compadre pobre que él le invitaba al compadre rico a lo que él más quisiera, pero con su sombrero, porque su sombrero era mágico, y que nada más levantarlo un poco de su cabeza el camarero aceptaría lo que él le pidiera. Pero había ocurrido que antes, por la tarde, el compadre pobre se había acercado a hablar con el camarero y le había ofrecido unas monedas explicándole que durante tres veces que él levantara su sombrero él dijera que estaba todo pagado y que no habría problema alguno. Pues así lo hicieron. El compadre pobre que le dice al compadre rico: te invita mi sobrero a lo que tú quieras beber. Y el compadre rico le dice quiero un güiski doble. Entonces el compadre pobre levanta su sombrero y el camarero dice que sí, que no había problema. Así lo hicieron tres veces. Entonces el compadre rico se dijo para sí, bah, esto es un chollo. Yo me tengo que hacer con ese sombrero. ¿Cuánto quieres por él? ¡Tú tienes que darme ese sombrero"! Pero el otro le contestó, sí, pero te va a costar mucho, mucho, mucho... Por lo que el compadre pobre le pidió por su sombrero muy caro, muy caro... El compadre rico se lo compró, mas cuál sería su desconsuelo, cuando en el siguiente bar de al lado fue a hacer la prueba y comprobó que el camarero no le hacía caso ninguno, tampoco en el siguiente, ni en el otro o el otro... Así que se dio cuenta de que el compadre pobre le había hecho una jugarreta y prometió romperle, rajarle la cabeza por sinvergüenza; aunque no se sabía bien quién era más sinvergüenza uno el otro. Y agarró un hacha y tiró para dar a casa del compadre pobre. Pero éste que suponía cuáles iban a ser las intenciones del compadre rico, se había preparado antes para recibirlo en su casa. Cuando llegó se puso de acuerdo con su suegra, diciéndole que el compadre rico lo estaba buscando para cobrarle la boda de su hija y que estaría dispuesto a matarlo si no le pagaba. Por eso le dijo: Usted coge las tripas del cochino y se las pone debajo del vestido, en la barriga, y cuando el venga a exigirme que le pague, pues yo me hago como que estoy loco y me lío a dar tajos de un lado para otro. Y así pasó. Cuando el compadre rico llegó allí dando gritos y amenazándole con matarlo, él le quitó el hacha y empezó a dar hachazos a diestro y siniestro, clavándole el hacha en la barriga de la suegra, y hete aquí que todas las tripas del cochino salieron para fuera, con lo que el compadre rico le cogió miedo. Se marchó, pero se dijo para sí que lo esperaría en el puente que estaba encima del río y que allí le daría una buena tunda cuando lo viera pasar. Así ocurrió a las pocas horas. Pasaba el compadre pobre cavilando de cómo le podría sacar más perras al compadre rico cuando sin poderlo evitar le calló encima el compadre rico con un saco entre las manos y, tras una larga pelea, logró meterlo dentro, lo ató y le dijo a grito pelado: vaya, hombre, ya estás tan encerradito y seguro que no te vas a poder escapar nunca más. Ay, sácame de aquí, yo te prometo que no te volveré a hacer ninguna pillería más. No, le dijo el compadre rico, te voy a tirar al río, pero antes te quedas aquí esperando, encerrado en el saco, que me voy a la taberna de al lado a tomarme un vaso de güiski para coger fuerzas. Y así lo hizo, pero no contó con la buena suerte y la astucia del compadre pobre. Ocurrió que por allí pasaba cada mes Jenaro, el pastor de cabras, que vio removerse aquel saco. Lo abrió y encontró dentro al compadre pobre a quien no conocía de nada y le preguntó: ¿pero qué hace ahí dentro, hombre de Dios? Ah, le dijo el compadre pobre, si supiera mi desgracia... Mis guardianes han entrado en esa taberna y pronto volverán. Me llevan a la fuerza porque me quieren casar con una princesa a la que no quiero. ¡Ella es bella y poderosa, pero yo estoy ya enamorado de otra con la que sueño noche y día! Y si usted quisiera sustituirme y meterse en el saco, yo me quedaría con sus cabras a cambio. Al cabrero, que era joven y ambicioso, le gustó la propuesta del trueque y ni corto ni perezoso se metió en el saco. El compadre pobre lo ató y se marchó con su nueva propiedad de ciento veinte cabras para su casa, contento como unas pascuas. Cuando llegó el compadre rico, harto de vino y borracho ya como una cuba, agarró el saco y a rastras lo acercó al río y lo tiró al fondo. He aquí que a los tres días el compadre rico ve al compadre pobre con las ciento veinte cabras. Sin salir de su asombro, le pregunta ¿pero qué haces tú aquí? A lo que el compadre pobre le dijo, ¿sabes lo que te digo?, que me hiciste un gran favor cuando me tiraste al fondo del río... Aquel río no era un río cualquiera, era un río por el que corría leche y oro, era el río de la abundancia, y por eso estoy aquí nadando en la abundancia. Fíjense que tal corajina cogió aquél hombre, el compadre rico contra el compadre pobre, que aún en aquel valle se están oyendo los griteríos contra el cielo, y su mal destino, porque no había podido verse libre del individuo que más odiaba en el mundo: el compadre pobre...

   Y este cuento se acabó y unos comieron perdices y otros no.

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