Catálogo de títulos
Para leer a Alberto Omar Walls
POR DANIEL MARÍA
La trayectoria literaria de Alberto Omar Walls se inicia en 1972 cuando aparece en Canarias la novela La canción del morrocoyo, con la que su autor quedó finalista del Premio Benito Pérez Armas, que sigue siendo el galardón de novela más importante del archipiélago. Al año siguiente, esta misma obra obtuvo el Premio Benito Pérez Galdós.
A partir de entonces, Alberto Omar Walls se suma a la nómina de narradores canarios que a principio de los años setenta, e impulsados por la revolución del boom hispanoamericano, protagonizaron un fenómeno literario sin precedentes, donde la novela ganó terreno y visibilidad frente a la poesía, el género literario de mayor presencia en Canarias.
Este fenómeno literario se ha denominado como el boom de la narrativa canaria de los 70 y, con el paso del tiempo, ha consolidado un capítulo fundamental en la literatura canaria del siglo XX. Aquel episodio provocó que la crítica peninsular mirase con curiosidad –y con prejuicios, exotismo y todo lo demás– a la literatura que se cultivaba en las islas, tal y como sucede ahora –con todas las distancias y diferencias– desde el fenómeno de Panza de burro de Andrea Abreu. Lo cierto es que Andrea Abreu logró, en solitario y con su magnífica primera novela, lo que aquel grupo de escritores –todos hombres, menos la madrileña Esperanza Cifuentes– alcanzó de manera colectiva. Con todo, el fenómeno de la narrativa canaria de los 70 tomó su propia deriva a partir del fallecimiento de Franco y la narrativa surgida en las islas a principio de los 80 marcó su periplo particular, con nuevas figuras y extraordinarias obras que terminaron por apuntalar el panorama narrativo del archipiélago.
A la hora de revisar cómo se asumió el fenómeno de la narrativa canaria de los 70, quiénes ocuparon la primera fila, quiénes dieron el salto a editoriales peninsulares que los proyectaron a nivel nacional, qué obras podrían constituir un canon… En fin, todas esas cuestiones que tanto interesan y que tantas opiniones suscitan, resulta llamativo y sorprendente que tres de sus voces más originales y arriesgadas hayan permanecido, en buena medida, fuera de los fueros y fuera de los fastos. Me refiero a Orlando Hernández, Fernando G. Delgado y, por supuesto, Alberto Omar Walls.
Orlando Hernández (Gran Canaria, 1936-1997) es una figura a redescubrir siempre, aunque en los últimos tiempos se han reeditado sus emblemáticas novelas Catalina Park (1975), convertida ya en todo un clásico, y Máscaras y tierra (1977), ambas publicadas originalmente en Plaza & Janés y recibidas con entusiasmo por el público, ya que agotaron numerosas ediciones. Se trata de un narrador, dramaturgo, poeta y articulista de enorme relevancia.
Luego, Fernando G. Delgado (Tenerife, 1947-Valencia, 2024), único narrador canario galardonado con el Premio Planeta, desarrolló una larga trayectoria en los medios de comunicación (Premio Ondas) y en la literatura (Premio Azorín, entre otros), lo que no lo sitúa para nada en el olvido. Pero otro cantar es la consideración que se ha tenido de su obra de Canarias para adentro. Pensemos que murió sin recibir el Premio Canarias, máximo galardón honorífico que se entrega en las islas, pese a firmar obras incuestionables como Tachero (Premio Benito Pérez Armas, 1976), Exterminio en Lastenia (Premio Benito Péres Galdós, 1979), Ciertas personas (1996) o Escrito por Luzbel (1998), además de su interesantísima obra poética, memorialística y periodística.
Y llegamos entonces al caso de Alberto Omar Walls, el escritor canario que ha acaparado los principales galardones literarios de las islas (Benito Pérez Armas de Novela, Benito Pérez Galdós de Novela, Ateneo de La Laguna de Cuentos, Ciudad de La Laguna de Novela, Ciudad de Santa Cruz de Cuentos, CajaCanarias de Cuentos, Teatro de Autor Cabildo de Tenerife, Premio Réplica de Honor de las Artes Escénicas, Premio Almendro de las Letras, Premio Victorina Bridoux a toda su obra) y que, sin embargo, está fuera de toda terna para alcanzar el Premio Canarias y que, en los últimos años, para seguir manteniendo su independencia y su concepción particular de la escritura, ha preferido acudir a la autoedición o a sellos de pequeño alcance.
Los tres –y aquí se echarán las manos a la cabeza los de siempre– son autores homosexuales y, desde el inicio de sus carreras, han visibilizado lo que ahora denominaríamos realidades LGBTIQ+ en sus obras. Los tres podríamos situarlos como voces protoqueer de las letras disidentes en España. Los tres, dirán los de siempre, son escritores menores que no alcanzaron mayor consideración por la calidad de sus obras, pues nada tiene que ver su sexualidad con lo explícitamente literario. A estas alturas de la vida y de la recepción crítica, los de siempre siguen siendo los de siempre, con el discurso de siempre y emitiendo sus juicios de valor desde las atalayas de siempre. Atalayas, por cierto, cada vez más aisladas y lejanas, pero cuyos ecos no se resisten todavía a desaparecer. Tiempo al tiempo.
Recuerdo una situación que me contó el propio Alberto Omar Walls, cuando un escritor canario le dijo que él y Fernando G. Delgado pertenecían a la «mafia del culo». Un comentario lanzado con la carcajada del señalamiento y el menosprecio. Se trata de una firme muestra del parapeto que rodeó a sus trayectorias, como le ocurrió también a Orlando Hernández, y que está ligada a esa idea, ya por entonces arraigada, de un pink power que molestaba e incordiaba, y que era mejor devolver a los armarios que el heteropatriarcado había construido para ellos.
Quizás sea preciso traer ahora unas palabras escritas por nuestro añorado Fernando G. Delgado, en un texto que tituló Alberto Omar, un caso: «este escritor que ha hecho siempre lo que le da la gana es quizá por eso una voz y no un eco. Y tal vez por eso creo que no ha sido debidamente leído. Complejo para el lector, desconcertante para el crítico convencional y sus cánones de maestrito, la rareza de Alberto Omar en su irracionalidad no ha sido debidamente entendida ni atendida.»
Esa rareza de la que hablaba Delgado hunde sus raíces en una decidida voluntad de vanguardia en la que Omar Walls ha habitado su literatura. Como un niño desinquieto, que diríamos en Canarias, nuestro escritor ha estado –y continúa hoy en día– en la vanguardia de sí mismo. Influido por el surrealismo y por la filosofía oriental, su palabra es un eterno retorno a la pista más avanzada, de tal manera que no ha encajado en modas, grupos o generaciones. Va a su aire, siempre por delante de la bandada.
El tiempo, como decimos, siguió su rumbo y Alberto Omar Walls no cesó en implicarse de lleno en su trayectoria literaria, abarcando poco a poco otras expresiones como el relato, el teatro, la poesía, el ensayo, el artículo periodístico, el guion para radio, cine y televisión y la literatura infantil. Además, su faceta de actor se extendió por cine, teatro, televisión y radio, destacando el Premio Ondas otorgado al cuadro de actores de Yaiza, una pieza de radioteatro de la que formó parte. Y para una versión de Don Juan Tenorio, dirigida por él, encarnó a doña Brígida, en una ovacionada interpretación de la que se hizo eco la revista Triunfo.
Su figura como director de escena, desde 1969, ocupa un espacio cardinal en la historia del teatro canario. Omar Walls dirigió innumerables obras teatrales con montajes históricos como las piezas de Artaud, Arrabal, Ionesco, Jarry, B. Brecht o Max Aub, que fueron representadas en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna en los convulsos años del tardofranquismo. Al frente de la compañía Fragua estrenó en Tenerife el que está considerado el primer happening de España, titulado El público (aunque nada tuvo que ver con el texto lorquiano) y que llegó a aparecer citado, según nuestro autor, en la Enciclopedia Británica. Además del teatro, Omar Walls ha incursionado en la dirección cinematográfica con la película Piel de Cactus (1997), que también escribió y produjo.
Nos encontramos ante un artista acaparador, excesivo e intenso, cuya mirada desborda la realidad hasta dejarla solo en el inicio de un sueño, en el germen de una energía totalizadora que lo mantiene alerta en la vigilia, siempre dispuesto a emprender el vuelo, a atravesar el velo y a zambullirse en la profundidad de una sombra donde se atisba, a lo lejos, un resplandor, una incógnita, un misterio, un acertijo.
Mi amistad con Alberto Omar Walls, diría que mi enamoramiento con su obra y su ser, se remonta veinte años atrás, cuando en el año 2005 lo conocí en Lanzarote. Él impartió un taller y yo fui su alumno. Por entonces, ya había leído La canción del morrocoyo, pero por fortuna me quedaban por delante muchas lecturas y descubrimientos.
Quiero contar aquí que, en aquellos años, yo no había salido del armario y la figura imponente de Alberto, su voz torrencial y su presencia a lo Wilde, fueron tremendamente inspiradoras para mí, pues su arrolladora energía convertía el ambiente en un territorio de posibilidades. Tardé mucho tiempo en desprenderme de mi homofobia interiorizada y en provocar un espacio seguro donde él y yo pudiéramos hablar abiertamente de nuestros imaginarios, nuestras búsquedas y nuestras sensibilidades.
De igual manera que mi modo de vivir no volvió a ser el mismo cuando logré desprenderme de mis miedos –aunque siempre hay miedos que persisten–, también cambió drásticamente mi manera de leer, de comprender lo leído, de agudizar los sentidos para descubrir lo que yace en las palabras, lo que oculta y paradójicamente evidencia, al mismo tiempo, ese trampantojo que es el texto literario.
Con estas nuevas herramientas y con estas ganas de encontrar lo que siempre ha estado delante de mis ojos, releí la obra de Alberto Omar Walls y entendí que durante muchísimos años el escritor había desarrollado su particular mecanismo de escritura, sus trucajes a lo Méliès, para que sus textos conservaran el latido disidente que el contexto social –y por supuesto, literario– no le permitía incluir de manera directa.
Hablamos del tardofranquismo y de esos años de transición que tanta homofobia emplearon en el falso modelo europeo de camino hacia la paz. Una paz controlada por el conservadurismo, el neofascismo y el facherío de siempre. Ese contexto donde se fueron forjando el bipartidismo y los discursos nacionalistas que coincidían en señalar lo que a ninguno les gustaba: ni mariconadas ni mujeres en esta lucha partidista que, a fin de cuentas, es una lucha por el poder a costa del interés social.
En estos años, Alberto Omar continuó la senda de La canción del morrocoyo (1972) con nuevas obras: Los muertos como Alavaros (relato, 1973), Sé que no son pulgas ni gusanos… (teatro, 1976), El hombre del sombrero de hongo (relato, 1976) y De como Lazarillo dio en encontrar la sabiduría (relato, 1977), hasta adentrarse en la década de los ochenta, donde consolidó su perfil multiexpresivo y multidisciplinar. Cabe citar, no obstante, que su debut con La canción del morrocoyo lo situó en el disparadero de la joven literatura canaria y, hoy en día, esta novela –que cuenta con tres ediciones– ha ensombrecido, en parte, el resto de su producción narrativa.
Tanto en su novela debut como en la obra de teatro Sé que no son pulgas ni gusanos… Alberto Omar Walls incluyó sus primeros elementos disidentes. Por un lado, La canción del morrocoyo despliega un torrente surreal de imágenes sugerentes y sensibles, en torno a la sensualidad de los cuerpos, el espacio de la complicidad onírica y el alumbramiento del deseo en el caos del crecimiento personal, lo que origina un texto potente, plagado de señales entusiastas, aunque no exentas de tribulación, que hunden a Ezrael, su protagonista, en esa mansión de objetos secuestrados que esclaviza la patria de mi cuerpo, como escribió el grandísimo Pedro García Cabrera en un poema dedicado a este personaje de Omar Walls.
En el vientre de su novela, nuestro autor pone en pie un juego donde se entrecruzan diálogos, cuerpos y sentimientos, a través de relaciones heterosexuales y una pieza teatral protagonizada por soldados en plena trinchera. Lo que se puede leer como una mujer en medio de un triángulo amoroso y un embarazo, invita a revertir papeles, situaciones y miradas en torno a las masculinidades. Al fin y al cabo, ¿qué sería del morrocoyo sin su caparazón?
A su vez, Sé que no son pulgas ni gusanos… fue la primera gran pieza teatral de «nuestro Lope de Rueda insular», como escribió Carlos Brito, profesor de literatura de la Universidad de La Laguna. El texto apareció en la revista Liminar en 1981, pero su estreno en el santacrucero Teatro Guimerá se produjo el 7 de diciembre de 1976. La obra recorrió Canarias y llegó al Festival de Sitges. Omar Walls fue el responsable de dirigirla, interpretó a uno de los personajes y junto al poeta Agustín de León, su pareja por entonces, se encargó de la escenografía.
En ella, uno de los personajes comenta: he tomado una determinación que acabará teniendo que ver con el nacimiento de otro lenguaje… Esta advertencia funciona como una declaración de intenciones, la que Omar Walls inició en estos primeros títulos de su obra, como un particular pentimento que evidenciará la memoria de aquel contexto. Como veremos, a medida que el país avanza en derechos y, paulatinamente, se abren nuevos caminos en lo social y en lo literario, Omar Walls hará cada vez más explícito lo que yacía implícitamente en sus textos.
No podemos evitar una última correspondencia mágica en este texto, cuando hace su aparición el personaje MUJER y dice: Aquí están las cosas a la luz del día; y el día está rojo. ¿No se te ha ocurrido preguntar por qué está el cielo rojo? […] yo me encuentro tan fuerte como si siete diablos se me hubieran alojado en las entrañas. […] Amor, el tiempo se viene encima. La irrupción de este personaje y de este parlamento dan un volantazo a la obra.
Pues bien, este cielo rojo del año 1974, pues en esta fecha se escribió el texto, que luego se estrenará en 1976 y que será publicado en 1981, traza una línea imaginaria con el cielo rojo de Pedro Lemebel en su famoso Manifiesto, conocido como Hablo por mi diferencia, leído en Santiago de Chile en 1986 durante un acto del Partido Comunista. Tanto MUJER como Lemebel confrontan a una comunidad aparentemente cómplice que, aún compartiendo miseria y opresión, querrá diferenciar los espacios de esa aparente convivencia y, sobre todo, delimitar quiénes articularán el discurso y qué espacio corresponderá a cada cual: calle, fábrica, hogar, cuerpo, noche, clandestinidad…
Con todo, será en los ochenta cuando Omar Walls entregue obras singulares y originalísimas como la obra de teatro El informe. Llanto de los caballos de Aquiles (1981), la novela corta El tiempo lento de Cecilia e Hipólito (1986, Premio Ciudad de La Laguna) y la novela El unicornio dorado (1989, Premio Benito Pérez Armas). Todas ellas contienen decididas muestras de personajes y reflexiones en torno a la disidencia sexo-genérica, que van desde la implícita homosexualidad de uno de los tres protagonistas de la pieza teatral El informe. Llanto de los caballos de Aquiles (dos de ellos, para mayor tensión dramática, son padre e hijo); el desasosiego en torno a su sexualidad y su indagación en el deseo en el caso del Hipólito de El tiempo lento… y el triángulo bisexual, además de la intersexualidad del personaje central, en el caso de El unicornio dorado.
En esta última obra es preciso señalar que nuestro autor habla de hermafroditismo cuando se refiere a una realidad que hoy consideraríamos como intersexualidad, lo que también da muestras del acceso a la información o del modo en que se denominaban cuestiones sobre las que se arrastraban prejuicios o desvirtuaciones venidas de la literatura científica y de la mitología. Nos consta, no obstante, que en un trabajo reciente de revisión y corrección, Omar Walls ha reconsiderado estos términos, en un afán por deconstruir y actualizar su propia escritura.
Siguiendo este periplo, en la década de los noventa irrumpe la poesía en la bibliografía de nuestro autor. Aparecen Ángeles del deseo (1991) y Ángeles de la espuma (1997). Posteriormente, en 2020, Omar Walls recopilará su labor poética en el volumen Sueños del otro (1970-2020), donde tendremos acceso a las obras Ángeles de la espuma, En el viento, Ángeles del deseo, Rapto de unicornios, Ángeles de destrucción, Magma de luz, Ojo de luna llena, Humano sarmiento y Sueños del otro. Sin embargo, difícilmente encontraremos poemas de Omar Walls en antologías, pues su perfil como poeta ha sido bruscamente opacado por su obra narrativa y dramática. Sin embargo, como hemos visto, la obra poética de nuestro autor ha estado presente a lo largo de toda su escritura.
Adentrarse en la poesía de Omar Walls es deshacer la cama y recorrer a toda velocidad los caminos de tierra de la isla, con el viento en contra, porque mientras la violencia del aire nos despeina, recordaremos que un poco más de tiempo frente al vendaval nos cortará la respiración. Sin embargo, el azote iracundo se convierte en juego, en la confirmación de que estamos vivos, de que podríamos abandonarlo todo, pero no queremos. La confirmación, también, de que seremos ángeles –como fuimos héroes al menos por un día– y que el goce, la duda y la intimidad son espacios similares. En ocasiones, un único espacio con dos cuerpos a la deriva.
La sensualidad de Omar Walls en su palabra poética no será una extrañeza para los lectores de su narrativa, tampoco el cuidado del lenguaje, aparente catarata que oculta una orfebrería de placeres, excesos y barroquismo. O lo que es lo mismo, un dominio de la belleza, que es el fin último de todo despliegue artístico. Así, en poemas como Mástiles del deseo hallaremos las múltiples referencias a los cuerpos masculinos y al alboroto de campanas que resuena en todos sus poemarios.
La nómina de títulos en los que Omar Walls continuará desplegando personajes, tramas y situaciones en torno a las realidades LGBTIQ+ se extiende a lo largo de su novelística posterior. Hablamos de Soledad Amores (2003), Inmenso olvido (2010), La sombra y la tortuga (2015), Sin comienzo ni final (2017), Un genio maléfico (2019) y la reciente Narrador de sombras (2024).
En este breve recorrido, a modo de pista para futuras lecturas e investigaciones, que ojalá emprendan otras voluntades, resulta preciso contextualizar –con salpicados apuntes– la producción literaria de Alberto Omar Walls en el panorama de la literatura LGBTIQ+ en España, más concretamente de la narrativa gay, durante la segunda mitad del siglo XX.
Podríamos plantear que el inicio de su recorrido literario coincide en hora con los primeros pasos de Luis Antonio de Villena, con quien comparte una mirada amplia y curiosa y una extensa dedicación a la escritura a través de numerosos géneros literarios, temas y lenguajes. Ambos superan la treintena de títulos narrativos, aunque la primera muestra de Luis Antonio de Villena fue el libro de relatos Para los dioses turcos, publicado en 1980.
Pensemos también en la aparición del gaditano Eduardo Mendicutti, una de las voces más aclamadas en este sentido, cuyo primer título importante es la célebre novela Una mala noche la tiene cualquiera, que aparece en 1982. Bien que el autor ya había dado muestras de su obra en la década de los setenta, alzándose con los premios Sésamo y Café Gijón, pero estos títulos apenas tuvieron eco. Igualmente, la novelística de otro destacadísimo autor, Rafael Chirbes, no comenzará hasta 1988 con Mimoun.
La figura imprescindible de Alberto Cardín, como poeta, traductor, ensayista, antropólogo, narrador y editor, nos lleva a fantasear con la inclusión de Omar Walls en la mítica colección Rey de Bastos, la primera dedicada a la literatura LGBTIQ+ en España, y que Cardín comenzó a dirigir en editorial Laertes a partir de 1985. Quizás si se hubieran conocido, Cardín lo hubiera tenido en cuenta.
La irrupción de Alberto Omar Walls en 1972 con La canción del morrocoyo está precedida por voces LGBTIQ+ como Terenci Moix, que ya había desplegado en los sesenta su narrativa en catalán con títulos memorables como La torre de los vicios capitales (1968), Olas sobre una roca desierta (1969), El día que murió Marilyn (1969), Mundo macho (1971) y Melodrama o la increada conciencia de la raza (1972) y Álvaro Pombo, reciente Premio Cervantes 2025, que hasta entonces solo había dado a conocer su poesía, pues inaugurará su narrativa con Relatos sobre la falta de sustancia (1977) y la novela El parecido (1979).
Por supuesto, ocultas en las sombras del fascismo franquista, seguían latiendo las obras de los inmensos Juan Gil-Albert y Juan Bernier. Todavía tendríamos que esperar hasta 1975 para leer Heraclés: sobre una manera de ser, el ensayo de Gil-Albert sobre la homosexualidad escrito en 1955. Por cierto, esta obra apareció en Ediciones JB, un sello radicado en Madrid pero dirigido por la canaria Josefina Betancor. Y habría que esperar hasta 1990 para leer la novela de Gil-Albert titulada Tobeyo o del amor, escrita en los años sesenta e inspirada en los años de su exilio mexicano.
Asimismo, otra larga espera se ciñó sobre el monumento memorialístico de Juan Bernier, poeta cordobés, miembro fundador de la revista Cántico, cuyo Diario apareció en 2011, doce años después de su fallecimiento. La obra abarca recuerdos entre 1918 y 1947, y aunque algunos fragmentos aparecieron en los ochenta, la obra no fue publicada en su totalidad hasta 2011. Su aparición supuso una de las contribuciones más sobresalientes a la literatura autobiográfica en lengua española y, por supuesto, a las letras LGBTIQ+. Sirva esta breve muestra del encuentro que narra Bernier con un muchacho que conoce, en una noche de verbena, en el verano de 1940: «No hay palabras. En las sombras, sólo nosotros sabemos cuál es nuestro placer, de qué forma se viste nuestro deseo…».
Para terminar –siendo conscientes de las muchas ausencias– no queremos olvidar a Ángel Vázquez, autor español nacido en Tánger, que firmó tres novelas y un puñado de cuentos. Alcanzó el Premio Planeta en 1962 con Se enciende y se apaga una luz, a la que siguió Fiesta para una mujer sola (1964), pero su obra más reconocida es La vida perra de Juanita Narboni (1976), adaptada al cine por Javier Aguirre e interpretada por la divina Esperanza Roy.
En sus años tangerinos, antes de instalarse definitivamente en España en 1965, Vázquez forjó una estrechísima amistad con Jane Bowles –una de las mejores escritoras del siglo– que, en palabras de Luis Antonio de Villena, se convirtió en uno de sus principales apoyos y lo alentó a escribir. Precisamente, de Villena rescata estas palabras de Ángel Vázquez escritas en una misiva a Eduardo Haro Tecglen. Dicen así: «Odio a los efebos de esta playa de Tánger, al que el rico turista anglosajón ha convertido en un prostíbulo dorado y al aire libre. Lo mío son los militares ya maduros y sin graduación, los curas a la española, barrigudos y catetos, y los que riegan las calles de noche encapuchados en sus uniformes amarillos…».
Llegados a este punto, queremos señalar que esta atención concreta sobre las realidades LGBTIQ+ en la literatura de Omar Walls, que lo sitúa de manera indiscutible como un autor protocuir de las letras españolas, es una de las visiones que pueden emprenderse sobre su obra, pero no la única. Sería interesante que otras miradas, con mejores herramientas y referencias, pudieran hablar de otras constantes de su obra, como lo paranormal y lo misterioso, la integración de la física cuántica, la filosofía oriental, el esoterismo o la meditación.
A propósito de su novela La sombra y la tortuga (2015) escribí una reseña para la revista Cuadernos del Ateneo de la que extraigo, a continuación, unos párrafos con los que sigo de acuerdo y que creo conveniente incluir en este estudio, para un mayor acercamiento de los lectores a la obra de Omar Walls. Dicen así:
Un breve recorrido por la novelística de Alberto Omar nos invita a trazar itinerarios de deseo, el de sus personajes siempre dialogantes, impulsivos en su meditado y silencioso existencialismo, unos personajes en busca de un interlocutor, de un oyente que descubra sus anhelos. Viajamos con ellos por ese camino que tanto han pisoteado innumerables novelas sin garra: el corazón. Un camino del corazón, que es también el de la perfección que nunca se alcanza; un camino que no es otra cosa que una historia, la del amor; historia porque transcurren los hechos, historia porque, una vez pasado el tiempo, descubrimos que fuimos parte de ella, que habíamos vivido un amor y que ese amor no termina.
Alberto Omar sitúa a sus personajes en una encrucijada, la del olvido siempre inmenso, la de la soledad, una soledad amores, un juego de papiroplexia que nos entretiene hasta que el atardecer despierta, aparece, y llega la destrucción o el amor –así lo escribió un poeta– y al final del todo, cuando la guagua llega a la última parada, nos bajamos y somos Cecilia o Hipólito, dos jóvenes en una ciudad fría donde crecen las palabras y donde es posible, también, que se olviden de nosotros, que nos alcance un tiro en la escalinata de la universidad y solo seamos un grafiti, un pasado gris, una madrugada.
Nuestro escritor habita ese olvido, el que halló un día en un verso de Cernuda, su amado Cernuda, y desde ahí, desde un cuaderno de Medicina donde esparció el pentagrama subterráneo de la canción del morrocoyo, dio pistoletazo de salida a un trecho de distancia en el que aún se encuentra, el de su literatura, una literatura que ha escrito sin mirar a los lados, sin saber qué acontecía, qué escribían los otros, porque Alberto continúa en la carrera, pero no adelanta a nadie porque está solo, no compite, su único impulso es el placer de avanzar. Alberto sabe que el destino hace mucho que quedó atrás, porque comenzó a correr desde la meta. No se impuso un final, sino un principio.
Por todo ello hay que estudiar la obra de Alberto Omar, como la de muchos otros autores canarios, desde la insularidad de su escritorio, quizás la misma insularidad de escritorios que, en lugar del mar, son rodeados por la meseta, las anchas avenidas o los campos de aceituna.
Sea cual sea el trasfondo de sus historias, Omar Walls ha prestado atención a los personajes que habitaban los márgenes sociales y culturales, precisamente como un modo de denunciar ese falso centro, creado por el sistema heteropatriarcal, que construye márgenes para diferenciar y diferenciarse de los excluidos por su propia voluntad, ya sea para explotarlos laboralmente, para exprimirlos económicamente y/o para discriminarlos socialmente, como un modo de garantizar su discurso moral, opresor y reaccionario. En definitiva, la obra de Alberto Omar Walls es una denuncia de los fascismos y de la destrucción de los recursos naturales y espirituales del universo.
Una lectura de HERIDA
Vuelvo ahora a la poesía de Alberto Omar para rescatar un poema de su libro En el viento incluido en Sueños del otro (1970-2020):
Por encima de la herida
el instinto
los ojos descorren velos de la duda
[…]
Sobre el espinazo de la Isla soplan ángeles
Estos versos seleccionados bien podrían actuar como premonición de la novela, como espíritu que habita el imaginario del autor desde tiempo atrás. No obstante, esos ojos que descorren velos de la duda parecen hablar de Alejandro, protagonista y narrador de Herida, que encarna junto a Ernesto, el otro protagonista, a los ángeles de la Isla. Así, en mayúscula.
Nos gustaría destacar, en primer lugar, que Herida es una obra inédita. No se trata de un proyecto retomado, ni una vieja idea recuperada, sino un texto actual, escrito desde la experiencia de vida y el músculo literario de sus 82 años, aunque es cierto que conecta con textos anteriores, pues el universo del autor siempre ha mantenido ese juego de eterno retorno con su palabra viva.
Quizás por primera vez se ha decidido Omar Walls a tratar una historia homoerótica y homoromántica sin velos metafóricos, sin recursos de doble lectura, sin un atisbo de sombra, sino con la intención y la voluntad de explorarse en la narrativa desde la luz de sus personajes, alumbrando sus sentimientos, sus deseos y sus búsquedas con la complicidad de quien los ha experimentado y habitado, los ha gestionado y asimilado.
Es importante, en este sentido, unas palabras de nuestro escritor, que me envió por correo electrónico cuando le escribí para confirmar datos y precisar fechas. De esa correspondencia online, rescato estas declaraciones suyas: «Querido Dani, cariño, comprende que no me era nada fácil acometer la homo en esa época que me tocó vivir cuando empiezo a escribir desde joven. Quizá ese aspecto me condicionó y «fabricó» mi manera específica de escribir (reescribiendo y leyendo entre líneas), al estilo de otros maestros pasados de la literatura, que lo fueron míos sin ellos saberlo.»
«Acometer la homo» –como expresa Omar Walls– es la principal acción literaria de quienes escriben con la conciencia de pertenecer a una comunidad y que esa pertenencia trae consigo un modo de sentir y de compartir, por muchas y diversas realidades que se puedan dar. Hablo de lo que aludía mi amado Edmund White cuando precisaba que su generación había sido la primera que, tras la revuelta de Stonewall de 1969, se decidió a escribir sus novelas dirigiéndose a un público lector gay.
Hasta entonces, las plumas precedentes (Capote, Gore, T. Williams) habían pensado en un público hetero, un público «general» al que había que trasladar la obra con el cuidado suficiente para no herir –he aquí la herida– sensibilidades. Pero su generación, la de White, huyó de este filtro, de esta adaptación al decoro del sistema, para escribir desde la completa libertad y apertura de miras. Eso originó que sus obras, precisamente por su autenticidad –lo que no resta autenticidad a sus predecesores– fueran leídas por todes.
En esa decisión que señalaba Edmund White sitúo ahora a Alberto Omar Walls. Quizás porque es consciente de que nuevos lectores están descubriendo su literatura –jóvenes miradas que no solo valoran la calidad de sus textos sino que aprecian también los aspectos sociológicos que envuelven su escritura–, nuestro autor se siente impulsado a narrar con pulso renovado en torno a las «experiencias, conversaciones y momentos» disidentes de las que formó parte, como expresa el propio Alejandro en la novela.
No es de extrañar entonces que, para esta historia inédita, Omar Walls se haya decidido por el contexto de los rodajes de cine, que él conoció de primera mano, ya que trabajó a las órdenes de Pedro Lazaga y es uno de los actores fetiche del cine independiente de Canarias, sobre todo del director Josep Vilageliu y el mítico colectivo de cineastas Yaiza Borges.
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En el verano de 1980, Alejandro asiste al rodaje de la película de su padre, un cineasta influido por el cine de Eloy de la Iglesia. La cinta que pretende rodar es la adaptación de una obra de teatro que narra las vicisitudes de Juan, periodista que acudirá, en los años cincuenta del siglo pasado, a la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, en Fuerteventura, conocida por ocultar un campo de concentración para homosexuales en la España franquista, con el objetivo de armar un reportaje sobre la desaparición de Juanillo, un joven libertario que sufrió condena en Tefía. Su llegada al pueblo le hará descubrir que los secretos laten en la memoria colectiva y que hay relaciones que solo se sustentan en una violencia permanente, como la de sus informantes Braulio y Raúl.
Conoceremos la trama de la película gracias a los fragmentos de guion que salpican la novela. A su vez, las vivencias del rodaje y los integrantes del equipo técnico y artístico envolverán los recuerdos de Alejandro, presente en la filmación para ejecutar una pieza de danza que el padre incorporará en una escena onírica.
En el corazón de la novela se producen dos encuentros entre los universos de la ciudad y el campo. Por un lado, la llegada de Juan a Tefía para seguir la pista de su reportaje y, por otro, la del propio Alejandro –estudiante en París por aquel entonces– con el cosmos de Ernesto. Esta confrontación cultural tensiona la narración, pues pone de manifiesto los códigos de supervivencia que mantiene cada cual y el modo en el que se despliegan las claves de comunicación de cada personaje.
No se produce una romantización del ámbito rural frente al caos cosmopolita de quien habita la ciudad, sino que se establece un contrapunto entre ambas realidades, logrando evidenciar que la opresión y la falta de oportunidades, para emprender la felicidad y alcanzar la plenitud de nuestros anhelos, son un parapeto estructural que afecta, con sus particularidades, a toda la comunidad disidente que intenta tomar las riendas de su vida y culminar sus propias decisiones.
En este sentido, resulta revelador que las circunstancias que afectan a los personajes en la trama cinematográfica, situada en los años cincuenta, y a la posterior vivencia de Alejandro y Ernesto, en los años ochenta, nos permita localizar ahora, en la rememoración de Alejandro en la era poscovid –que coincide con nuestra hora precisa de lectura–, las constantes de la violencia ejercida sobre las vidas disidentes, pero también –y sobre todo– los lazos de complicidad, la red de afectos y los inspiradores casos de supervivencia que alientan este presente, no exento de sus propias violencias, pero fuertemente consciente de la memoria que nos precede y de las vidas que han allanado caminos.
Por todo ello, el personaje de Angelina, plagado de silencios y de verdades, se convierte en el aleph de la novela, en una figura de divinidad que arroja, desde su ceguera física, toda la luz del oráculo. Angelina convive con su hermana Mercedes y con Braulio, su cuñado, una verdadera bestia, un ser maléfico y desbordado de dolor, que se expresa únicamente con la agresividad y la crueldad de su saña. También conviven con Raúl, casi un súbdito de Braulio y el responsable de que Angelina no pueda ver.
Braulio se aprovecha de la infinita curiosidad de Juan y establece un juego sádico en torno a la revelación del paradero de Juanillo. En ese cruce de experiencias, entre lo vivido por Juanillo, el libertario, y lo que Juan experimenta en su búsqueda de la verdad –llegándose a mimetizar, a modo de médium, con el propio Juanillo– se encuentra también Angelina, cuyas premoniciones y visiones intentan alertar al periodista.
Angelina, pues, aconseja el camino que evita la destrucción, aunque no signifique que lo consiga. Ella habita su propia existencia, la de una mujer trans en un pueblo que alberga su particular maldición encarnada: un campo de concentración donde hombres homosexuales, mujeres trans e identidades travestis son condenadas a trabajos forzosos, a palizas y humillaciones atroces en nombre de Dios y del Estado. Bien lo sabe ella, que antes de transicionar en Casablanca, estuvo presa en Tefía con su identidad no deseada.
Su presencia es casi fantasmagórica y sus escasas apariciones emanan un sortilegio que atrapa al lector. Así la describe Omar Walls en un pasaje: «Angelina observa desde la ventana las evoluciones de los hombres. Le notamos los movimientos de sus labios. Parece que está narrándole a alguien lo que ocurre fuera de la casa». Ese alguien, por supuesto, somos los lectores. Se diría, en pocas palabras, que Angelina tiene una novela. Ella es, en sí misma, un cosmos por revelar.
Pero, en este caso, el centro de la historia cinematográfica es el paradero de Juanillo. La incógnita en torno a su desaparición es el motivo que llevó a Juan hasta Tefía. Este interrogante cuenta con la siguiente declaración de Braulio. Una revelación que se convierte, a nuestro parecer, en el corazón de la novela. El nexo que trasciende a las tres dimensiones del relato: la acontecida en la ficción cinematográfica, la que tiene lugar en los recuerdos de Alejandro y el presente desde el que Alejandro rememora:
BRAULIO. Seguro que los otros no soportaban que él no les pidiese perdón por toda la libertad que mostraba en el rostro y en los ojos. Pero es que a nadie consultaba y en todo era él. ¿Comprendes? Decidió ser libre, porque había nacido de su espíritu, decía, y eso le permitió prescindir del mundo… Lo acusaron de todo para poder castigarlo. Unos creyeron ver en él a un terrorista, otros un auténtico símbolo de libertades… Otros, simplemente, a un revolucionario de la palabra…, puede que un místico ¿Lo entiendes? Pero era un simple mercachifle, por supuesto… ¡Un maricón, un pederasta!… ¿Comprendes?
El contenido de esta confesión y el lugar desde el que habla Braulio elevan el texto al espacio más relevante de la novela. Braulio representa al opresor (Estado/Iglesia/Familia/Sociedad) y sus palabras, hirientes y humillantes, expresan a su vez una flaqueza de envidia, el deseo de ambicionar lo que Juanillo representa, lo que logró con su decisión de salir fuera, de huir de la desgracia de su entorno y volver triunfante y pleno de libertad. Herida se torna, entonces, en un testimonio de la hipocresía del opresor. Le vemos las costuras al discurso de odio que ataca precisamente lo que anhela y que intenta destruir lo que siempre ha codiciado.
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Centrándonos ahora en la relación Alejandro/Ernesto, diremos que el bailarín tiene dieciocho años cuando conoce a Ernesto, un joven cabrero de Tenerife a quien le pagan diez mil pesetas por ceder su rebaño para unas escenas de la película. Aunque Alejandro ya lo había visto en una exploración por la isla junto a Cande, la responsable de producción, Ernesto no caerá en la cuenta hasta que tropieza con Alejandro al salir de cobrar sus honorarios y los billetes salen volando por el choque. El bailarín recupera los billetes con piruetas en el aire que llaman la atención del asombrado Ernesto.
Como Alejandro quiere aprovechar su estancia en el rodaje para descubrir Tenerife, recurre a Ernesto, que utilizará su furgoneta para hacer de guía durante el recorrido, pues aunque Alejandro nació en la isla, sus padres se mudaron a Madrid cuando él tenía cinco años. Las semanas de excursión por Tenerife propiciarán conversaciones sobre la meditación, el amor, el ecologismo, la literatura, el cine, la danza, la música, la pintura, las prácticas sexuales y, por supuesto, sobre el deseo y la atracción.
A medida que sus energías se acercan y se descubren, como ocurre con la magia de la isla, también se acercarán sus cuerpos. Ernesto tiene once años más que Alejandro, pero su inevitable función de cicerone no será pedante ni condescendiente, pues a su vez, él se contagiará de la visión de Alejandro sobre el arte, especialmente la danza, y sobre el amor. No obstante, se producirán momentos de tensión, como la técnica empleada por Ernesto para que Alejandro deje de moverse mientras duerme. Una decisión que derivará, con todo su exceso de confianza, en el primer estallido pasional entre los dos.
Lo que vendrá después será una intimidad tan poderosa y profunda que marcará sus existencias para siempre. La herida se cerrará, pero nada habría tenido sentido sin la herida. El tiempo volverá, porque nunca se fue, nadie lo perdió. Como lectores, seremos recompensados, porque la dureza del relato fílmico encontrará sosiego en la historia de Alejandro/Ernesto, que está repleta de aprendizaje y nos invita a deconstruir el modo en el que hemos sido educados en torno al amor, el sexo, el deseo, el placer y la amistad.
La novela nos hace pensar que, efectivamente, el dolor de quienes vivieron situaciones prácticamente imposibles de creer para muchos –aunque sigan vigentes idénticas violencias y ausencia de derechos en otros países– no cae en el olvido, no fue en vano, si mantenemos vigente su memoria y si vivimos la plenitud de nuestras vidas. Es fácil decirlo, es más ventajoso vivirlo para unas personas que para otras y, por supuesto, no hay que irse lejos para encontrar situaciones muy desfavorables para las personas disidentes de nuestro entorno. Alberto Omar Walls ha escrito esta novela para homenajear las heridas y para celebrar todas las vidas que nos preceden.
Pero en última estancia, después del drama que ebulle en torno a la existencia de Juan/Juanillo, de Angelina y de los personajes que rodean la espectral presencia de Tefía, nos espera lo inesperado. Decía que seremos recompensados, porque es cierto que nos merecemos relatos luminosos y finales felices que no acaban. Un esplendor en la arena. ¿Por qué no en Taiwán?
A lo largo de su placentera lectura, no he podido quitarme de la cabeza la maravillosa novela Araceli (1982) de Elsa Morante –una de mis escritoras predilectas–, y su reencuentro con el pasado, a través del narrador protagonista que intenta desandar el paradero de su madre en un pueblo remoto de Almería. Y, por otra parte, tenía presente Una vida anterior (2022) de Edmund White, a quien tanto amor profeso, donde el autor se convierte en personaje a través de las memorias que escribe su protagonista, con quien mantuvo una relación amorosa. Así, estos pliegues de la ficción y de la experiencia lectora, estas conexiones que se establecen felizmente y sin control, me llevan a pensar que si Elsa Morante y Edmund White hubieran hilado una historia a cuatro manos, sin duda sería esta novela.
Por último, la herida del título no solo resulta metafórica, en cuanto al dolor superado, sino que alude también a un oso de peluche, un elemento central, pero discreto, que activa la historia y que le dará un nuevo comienzo cuando creíamos que se acercaba el final. Pero además de este regalo, Alejandro recibe de Ernesto la novela Como dos lunas llenas, cuya autoría no se nombra en la ficción, pero que corresponde al propio Alberto Omar Walls, que la publicó en 1991. La escena entre los amantes transcurre en 1980, por lo que la obra Como dos lunas llenas «no existía», al menos como título publicado, pues apareció once años después, que es justo la diferencia de edad entre Alejandro y Ernesto.
Este detalle es uno de los emocionantes guiños que Omar Walls introduce en Herida y que nos invita al juego del tiempo, a la convivencia de situaciones acontecidas y por acontecer que sobrevuelan la ficción, el relato sobre la vida, el corazón de esa incógnita mágica y profunda que es la existencia. ¿Acaso no estamos ahora mismo en los dos lados del velo? ¿Leyendo y amando indistintamente?
Tenerife, verano de 2025
Aunque incompleta la relación, es de agradecer que la Biblioteca Pública de Tenerife tuviera hecho en 2014 un balance de mi obra literaria (la que está en su depósito, claro está). Descubrir hoy este documento en Internet me permitirá en su día acercarme a la Biblioteca situada en la calle Comodoro Rolín y hacerles entrega de los ejemplares de títulos que no tienen y me quedan aún a mí (algunos ya los he perdido). Estaré encantado de hacerles el regalo, pues, con visión cuántica seguro que mis potenciales lectores estarán agradecidos. La Biblioteca de La Casa Pérez Galdós de Las Palmas, tuvo la feliz idea hace ya cuatro años de invitarme a participar con una conferencia en la que hacía un recorrido autocrítico sobre mi obra de más de cuarenta años, y en aquella ocasión les hice entrega del escaneado completo del manuscrito de "La canción del morrocoyo", primer libro y que fuera en su día proclamado Premio Galdós de Novela. Todo un honor.
El documento que ahora adjunto se llama "Entre palabras", y lo paso aquí en pdf.
ENTRE PALABRAS 2014
BIBLIOGRAFÍA DE LOS AUTORES EN LA BIBLIOTECA
Alberto Omar Walls
