Entrevista que el escritor Javier Hernández Velázquez ("El eco de Cobain") nos hizo en su programa televisivo "Letras De-Generadas" con motivo de la reciente publicación de mi novela "Narrador de sombras".

Aquí les dejo el enlace a la campaña de Crowdfunding, que abre BunkerBooks, para la edición de mi nueva novela NARRADOR DE SOMBRAS. Libro que hace el número 44 de mis títulos publicados hasta ahora. Muchas gracias por la participación y  colaboración en este proyecto y por darle visibilidad entre sus allegados y amistades. Un fuerte abrazo amigo@s por vuestra colaboración de preventa:

 

https://www.lanzanos.com/bunkerbooks/proyectos/narrador-de-sombras/  


Rosa Galdona escribe sobre "Herida"

 

 

Rosa Galdona escribe sobre la novela titulada Herida,

de Alberto Omar Walls

 

Acabadas estas últimas navidades, quedé una soleada mañana con Alberto para tomar un café. Nos lo teníamos prometido hacía un tiempo y aquella mañana de sol tímido, pero cariñoso, que brillaba con la blancura del Teide de fondo, nos aderezó el café de una manera deliciosa. Al terminar, me volví a casa con su última novela, Herida. Tras leerla, he sentido la necesidad de compartir con ustedes la impresión (magnífica) que me causó. Y lo digo por si quieren asomarse y leer a una de las voces más paradigmáticas de la narrativa canaria contemporánea. Vale la pena, se los aseguro.

En la página 111 del nuevo libro de Alberto Omar me encontré con mi amado Principito en este diálogo:

“Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”

Como el amor auténtico, profundo… ¿Por qué sonríes, Alex, no estás de acuerdo?

Bueno, sí, me gusta la frase. Pero, antes, habría que saber qué entendemos por amor, ver con el corazón y qué es lo esencial.

He de confesar que llevaba sorprendida desde el inicio, con una sorpresa entre satisfecha y curiosa, porque leer a Alberto siempre es asomarse al mundo estrenando prismáticos. Y no me ha decepcionado. La nueva novela de Alberto Omar Walls, Herida, no deja lugar a dudas acerca de su magnitud literaria, así como de su macerada elaboración en buena barrica, de esas de madera añeja. En esta novela, el autor danza (el verbo es desinquieto aquí) entre el cine, la música clásica, la poesía, la filosofía, la meditación oriental, la bohemia urbanita, la flora y la fauna insulares, la mitología guanche, el costumbrismo rural… Danza tanto y de tantas maneras, que aseguramos al lector que, si coge en sus manos esta obra, pondrá ante sus ojos una escultura literaria de tal calibre que no podrá dejarlo indiferente.

Nos recuerda Daniel María, en el excelente prólogo de la obra, unas palabras de Fernando Delgado en las que afirma de Alberto Omar Walls que es un escritor complejo para el lector, desconcertante para el crítico convencional y sus cánones de maestrito, haciendo hincapié Delgado en que la rareza de Alberto Omar en su irracionalidad no ha sido debidamente entendida ni atendida.

Y es que es así. Estamos de acuerdo con María en que la generación narrativa de los 70 en Canarias tiene una deuda con Alberto Omar Walls. Porque su forma de narrar, su arrojo en los enfoques, sus juegos lingüísticos, su intertextualidad (pre)meditada y magistral, su oratoria fluida y su erudición vasta y desbordante hacen del acercamiento a su obra una aventura siempre insólita y atrevida, y también merecedora de un reconocimiento público que, a mi modo de ver, aún no ha tenido.

Con la jerga cinematográfica muy presente, y con la excusa, o no, del rodaje de una película, el diálogo, los encuadres, los figurantes, la fotografía, los silencios y los gritos, las caricias y los golpes, el conjunto de la puesta en escena se pone al servicio del relato. ¿Una película? Puede ser… A veces, uno parece estar viviendo dentro de un film… De lo que no cabe duda es de que el acertado paralelismo ejecutado entre el cine y la vida nos deja al descubierto una historia de silencios, de alejamientos, de amagos, de latidos furtivos del corazón, de represión del amor homosexual de la forma tan brutal que todos sabemos que se ejerció durante el franquismo (también en nuestras islas, aunque la memoria nos flaquee a veces…) Pero también nos obsequia con un ejercicio narrativo de un virtuosismo literario realmente destacado acerca de la entrega absoluta, de la generosidad, de la amistad, del querer y del amar, de la libertad, de la reconciliación con uno mismo cuando nos asalta la madurez y miramos hacia atrás para contemplar con serenidad las heridas (curadas) de la indómita juventud.

Herida nos sacude con una metáfora tremendamente hiperbólica y extremadamente hermosa. Con la metáfora de la vida, ¿hay algo más grande que eso? La herida de la que escribe Alberto Omar Walls es esa que duele como un moratón, como una lesión o una llaga y que cada uno de nosotros porta a modo de trofeo de existencia, por los motivos más exclusivos e intransferibles de nuestra propia realidad, pero a la que nadie escapa.

Eso es Herida. Por eso llegará al lector, porque a cada uno de nosotros nos ofrecerá una lectura personal y única desde la universalidad de su planteamiento .©Rosa Galdona

 

 

 

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Ramón Trujillo, hace veintinueve años

 

                             © Alberto Omar Walls

      Nuestro profesor Ramón Trujillo, de la promoción 1967-72, se ha ido de este plano de tres dimensiones y se entregó a la tierra (solo su cuerpo, porque sé que su energía sigue viva). He estado hoy releyendo mi conversación de hace muchos  años. Entre los dos, sobre la mesa, mi magnetófono. Por aquel entonces publicaba las entrevistas en la hoy desaparecida Revista Universitaria [1]. Con la relectura de aquella conversación se me han vuelto a plantear en el magín muchas cuestiones, como que el significado de las cosas no es el significado de las palabras, aunque tendamos en la vida diaria a confundir ambos juegos de comunicación y relación. Si las palabras apuntan a muchas más cuestiones que al corazón de la cosa que señala o la cosa misma ¿se sabrá dónde empieza y acaba la posibilidad de la auténtica comunicación a través de la palabra? El significado profundo de las relaciones lo marca tanto la actitud y los hechos como los gestos, aunque los seres humanos nos empeñemos en propiciar significaciones en un continuo tráfico de afectos y emociones conflictivas. Y desde luego, en una confrontación dialógica, preferimos desoír el valor auténtico que le da a sus palabras el interlocutor con quien hablamos, frente al que le imaginamos oculto o connotado. ¿Es sólo cuestión de saber escuchar y de tener asumidos los mismos mecanismos de re-interpretación de los significados de las palabras que usan y usamos para relacionarnos? En aquellas declaraciones de mi profesor y amigo Ramón Trujillo, en ella, entre otras cuestiones, afirmaba que cuando él hablaba de significados estoy hablando de la identidad de la palabra, y el problema es que el significado de una palabra no lo podemos describir, porque tiene que ver con todos los usos, que son infinitos...

Se supone que, en última instancia, cuando hablamos deberíamos tomarnos mucho más tiempo del que usamos para hablar y escuchar. Así podríamos ir poco a poco desgranando en nuestro interior el gran cúmulo de significaciones e interrelaciones que se nos pueden dar en una conversación mínimamente profunda. Aunque sabemos ya que para algunos las palabras no significan gran cosa, pues las usan en su mayoría para zaherir o simplemente defenderse, lo mismo que un arma.. 

¿Cuándo tornaremos al primitivo hallazgo de significado y significante, cuando aún no se habían producido las grandes interferencias de los múltiples significados o polisemias? En cualquier caso, si eso llegara a ocurrir, la literatura poco tendría ya que decirnos y es muy posible que tampoco pudiéramos leerla. ¿Para qué la poesía si la palabra no guardara ya la sorpresa y los dobles sentidos de la existencia? Quiero compartir con ustedes el texto completo de aquella entrevista de hace tantos años, donde Ramón, como siempre, se mostró muy ágil, inteligente y, sobre todo,  ¡sabio!… Aquí va: 

 

La otra cara de... 

Los diccionarios son un callejón sin salida; nunca llegan al significado final de la palabra.

Ramón Trujillo, catedrático de Lengua Española: Lo malo del hombre es que pasa la vida pensando en el futuro.

 

Ramón Trujillo es, desde 1981, catedrático de Lengua Española de la Universidad de La Laguna. Maestro de generaciones de lingüistas ha publicado, entre otros muchos títulos, El campo semántico de la valoración intelectual en español, El silbo gomero. Análisis lingüístico, Trescientos ochenta años de soledad y Principios de semántica textual. Poseedor de una personalidad tremendamente apasionada, conjuga sabiamente los precisos elementos que también lo definirían como estilista del pensamiento. De siempre admiramos en él su fino sentido del humor, teñido a veces de un sutil aroma de irónico distanciamiento, el profundo sentido de la amistad, y la inteligente capacidad de distanciarse de sí mismo y su entorno.

  Pregunta: ¿Dónde situaríamos el mundo del significado y el mundo de la metafísica?

  Respuesta: Hablar del significado es casi hacer metafísica. El significado de las palabras o el significado de los textos implican la hipótesis de que fuera del texto o fuera de la palabra hay algo. Como imaginarle a los objetos un alma, y eso científicamente no resiste una confrontación. Cuando hablo de significado estoy hablando de la identidad de la palabra, el problema es que el significado de una palabra no lo podemos describir, porque tiene que ver con todos los usos, que son infinitos... Por eso, los diccionarios son siempre un callejón sin salida, un diccionario bien hecho es útil, pero no llega al final.

P: Habría que hablar de una estructura que implicara un inventario universal.

R: Claro, es como el ADN de la lengua. También está el léxico, que carece de propiedades lingüísticas. Porque las propiedades del léxico son designativas y tienen que ver con la realidad. La variabilidad de usos del léxico es enorme, de un país a otro... un término cualquiera en Hispanoamérica nos obliga a cambiar muchas palabras porque resultarían obscenas. Y no es que sean otras palabras, son las mismas con otros usos, pues desarrollaron usos nuevos, aunque la palabra sigue siendo la misma. El verbo coger es un verbo prohibido en Hispanoamérica y es el mismo verbo que aquí, donde también se usa en ese sentido. Pero no es un uso tan insistente como allá; se trata siempre de uso. Por eso... hablar de significado, tanto de la palabra como del texto, la parábola literaria, es algo que se separa del referente. Si hablamos del significado de una novela, desde luego no se trata del argumento, ése es el gran error en la enseñanza de la literatura, enseñar argumentos. El argumento estaba antes de la obra literaria y sigue después. Yo siempre pongo el ejemplo de la obra literaria que me produjo mucha desazón cuando la descubrí, Macbeth, de Shakespeare. Resulta que es igual, exactamente, al argumento... ¡el argumento lo tomó Shakespeare de una crónica...!

 P: Como muchas otras obras, claro...

R: ¡Claro! Crónicas populares... eran los periódicos de la época, por decirlo así. Pero resulta que lo cuenta la crónica, la crónica Jollinger, esa crónica cuenta lo mismo que cuenta Shakespeare, ¿pero dónde está la diferencia siendo el argumento el mismo? Si el significado de la obra literaria fuera el argumento, sobra la obra de Shakespeare, y sin embargo no, la crónica es aburrida, no tiene ningún valor, es un relato histórico, y en cambio lo otro tiene una fuerza dramática... Es la forma idiomática, sólo idiomática, los dos están hechos con el idioma, uno es un texto que no es, que no tiene valor literario, y el otro sí, o sea, hay una significación que está por encima del referente, del argumento.

 P: ¿Y a Ramón Trujillo le preocupa también, le obsesiona -vamos a llevarlo hasta ese extremo- el significado en su gran sentido verbal de la vida?

R: El significado de la vida, en el supuesto de que la vida tuviera algún significado, es una vieja historia... Yo recuerdo que en una película de Chaplin se plantea ese problema. Hay una muchacha que está impedida, porque tiene un  problema de salud. El problema es que se pregunta siempre: bueno… ¿para qué? Para nada, se vive para vivir. No, la vida no tiene sentido, sólo está ahí, y si nosotros estamos aquí tiene el sentido que le queramos dar. La vida es hermosa si la queremos hacer hermosa y si no, pues no... La vida  solamente tiene un sentido, que es vivirla; fuera  de eso...

 P: ¿Qué significado tiene la enseñanza hoy día para usted, el concepto enseñanza y su aplicación?

R: La enseñanza está muy lejos de donde tendría que estar, ha olvidado sus objetivos fundamentales que son la igualdad humana, la felicidad humana, la formación estética, la formación ética. Todos los sistemas educativos están encaminados a otorgar títulos que no sirven para nada en el fondo; tanto, que los jóvenes que sacan un título universitario no tienen ni siquiera empleo. Por ejemplo, en lugar de enseñar tanta gramática, tanta literatura, lo que habría que enseñar a los chicos es a leer, es una cosa que no sabe ningún español, que no sabemos. No sabemos leer, ¡no sabemos leer!, a mí me asombra, me ha asombrado siempre cómo leen los actores ingleses... He visto aquí a una serie de personajes leyendo El Quijote y haciéndolo trizas. Leer El Quijote es muy difícil porque hay que saber leer de verdad, hay que saber leer como se lee una partitura, como lee un músico, que ha tenido que leer quinientas veces para lograr entender los entresijos no solamente de tipo semántico, sino de tipo rítmico, de tipo sonoro, de tipo textual, hay que... Es que una lengua lo es todo, una lengua no sólo es el significado, una lengua también es la expresión, es el ritmo de esa lengua...

 P: Como hecho integrador de toda una cultura…

R: Como danza, como gesticulación, y a su vez todo... Toda lectura implica todos esos factores y mientras todos esos factores no se unan no hay una comprensión del texto. Palabra a palabra, ritmo a ritmo, sílaba a sílaba. Yo estoy seguro de que eso se puede hacer con el español, por ejemplo, con las Coplas de Manrique, las buenas, porque en Manrique hay de todo, el Romancero mismo, San Juan de la Cruz...

 P: ¿La infancia de Ramón Trujillo… qué significado tiene hoy día en él, en su mente, en su recuerdo, en su corazón?

R: Es que en la infancia se forma todo. La infancia es la clave, la infancia lo determina a uno para bien y para mal. Yo, de esa infancia mía tengo cosas muy positivas, mi padre, por ejemplo, el recuerdo de mi padre, lo que es mi padre, lo que hace mi padre, las largas charlas con él...

P: ¿Recuerda algún libro en concreto?

R: Un libro de Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, ése fue mi primer libro. Dos años después ya estaba leyendo a Dostoievsky, con lo cual vemos que no hay literatura para niños. Yo no era un niño sabio, yo era todo lo contrario, un niño que estudié con malas notas, un desastre de niño que se fugaba de clase diariamente por las tardes. Logré convencer a mis padres de que por las tardes no había clase y me escondía en la azotea. Allí tenía un huequito adonde me llevaba libros y me ponía a leer.

P: ¿Para usted la infancia tiene el significado de un territorio que todavía subyace dentro del individuo?

R: Los recuerdos de infancia mediatizan mucho la vida. Hay recuerdos que son ininterpretables. Yo soñaba con unos caballos, unos cascos de caballos sobre la carretera en una noche de luna de verano, y eso lo he estado soñando toda mi vida. Ese sueño me produce una felicidad absoluta... ¿Y qué era? ¿Qué es eso en realidad?

 P: ¿Qué significado tiene el futuro?

R: No existe. Lo malo quizás del hombre actual es que se pasa la vida pensando en el futuro, el hombre... lo que pasa es que actuamos en función de un futuro. Nos engañamos con el futuro, construimos un futuro que luego no es. Desde luego, el futuro nunca es como lo hemos programado...

 

 

 



[1] Alberto Omar Walls, entrevista publicada en el nº 5 de RULL, Revista Universitaria de la Universidad de La Laguna, en mi Sección La otra cara de, el 5 Mayo-Junio 1997. 

LO ESCRIBIÓ PÉREZ MINIK HACE 53 AÑOS

                                              La canción del morrocoyo

                                                   de Alberto Omar Walls

 

                                                          Por Domingo Pérez Minik

                                   [Publicado en El Día, “Diario de un lector”, el 22 de Octubre de 1972]

 

            De la noche a la mañana. Alberto Omar, de tan contrapuestas actividades artísticas, todas muy suficientes, obstinadas y valiosas, se nos ha puesto a cantar la canción del morrocoyo, como si tal cosa, y ha escrito una novela. A primera vista, de cerca o de lejos, esta novela se nos aparece cargada con los más extraños contenidos, formas y actitudes, desde la incorporación de un morrocoyo a la narrativa, con su voz de tenor lírico y su fascinante aria melodramática.  Este pequeño reptil, sabio, gracioso y encantador, cuyo nombre no encontramos en los diccionarios corrientes, americanos e insular, pero que todos los canarios conocen muy bien. El inicial gran trabajo de los lectores de esta obra insólita es saber adecuar su oído a esta música con sus palabras reunidas en una partitura que Alberto Omar nos ofrece con la mayor desfachatez, inocencia y elegíaco humor.

 

              Es una novela de sorpresas, pero de sorpresa de verdad y no de mentiras. A pesar de todo lo dicho, su marcada originalidad, la gente en general ha recogido muy bien La canción del morrocoyo, se acostumbra pronto a su melodía y es fácil encontrar ya muchos aprovechados que la tararean con mucha soltura. Siendo una obra de carácter casi inclasificable, los críticos, con famosa unanimidad, han respondido con criterios muy semejantes, sin discusiones, sin conflictos domésticos.  Lo que ha dicho Eduardo Westerdahl ha coincidido poco más o menos con lo afirmado por el autor de la introducción, Femando G. Delgado, y lo escrito por Jorge Rodríguez Padrón, Armas Marcelo, Marcos Ricardo Barnatán, desde Madrid, y Juan Cruz Ruiz, en estas páginas de El Día. Lo que quiero decir: resulta raro que un morrocoyo cante, pero una vez entonada la canción todo el mundo la ha comprendido como el fenómeno más natural de este mundo. Hecho inconcebible en un libro que al parecer no tiene ni pies ni cabeza, está siempre insertado en el cuerpo desmadrado del absurdo menos convencional y las incompatibilidades de su composición se perciben inmediatamente.

 

         Estas incompatibilidades se manifiestan por esa mezcla osada, divertida o atrabiliario de la narración, con el guión cinematográfico y el diálogo teatral más sabido. Enfrentado con tantas antítesis, el lector sigue en sus trece y con la mayor cordura llega hasta el final que lo mismo puede reconocerse muy claro como muy oscuro.  Pero en este estado paradójico de cosas hay algo que lo ata todo, se facilita, hasta fundirse como una muy acabada historia tradicional, con su discurso lógico y su trayectoria regular. Este morrocoyo con su caparacho convexo, también rugoso y sus cuadros amarillos es Ezrael Román, el héroe de nuestra novela, un parentesco que descubrió desde 1a primera hora Alberto Omar, con su descaro de tan buena educación.  Este descaro está presente en 1a página número uno de la obra, en cada una de ellas, hasta el final esperado con su olor de queso metafísico. No creemos que nuestro autor se divierta cruelmente con todo lo que aquí pasa. Ignoramos si él mantiene alguna actitud moral.  Es más, desconocemos si esta gran juerga llega a ser verdaderamente seria, si sólo se convirtió en una enmascarada más o si a partir de ese ahorcamiento del protagonista, Alberto Omar no hace sino llorar a lágrima viva, sin que nosotros nos enteremos, debido a su muy tierna introspección. Cada personaje de La canción del morrocoyo Merece un capítulo aparte.  El espíritu de fabulación del narrador es ilimitado, lo mismo en lo que afecta a los relatos tipo «collage», que al orden de sus criaturas o a los ingredientes de la composición.  Parece una novela de un escritor poseído de una larga experiencia y también la producción del inocente descubridor de una nueva escritura.

 

             Ezrael Román está hecho con los detritus de los materiales de muy distintas procedencias, pero en la novela se verifica su ensamblaje personal al mismo tiempo que se desintegra para crear de forma ovípara muchos sucesores individuales, una herencia legítima, la familia mejor avenida, con sus cielos cumplidos y los «ricorsis» inexorables.  Cada cuadro se puede leer con mucha independencia, se sube y se baja el telón, empieza la nueva escena. Hasta que llegamos a la última página, se está percibiendo siempre una ausencia de unidad constructiva, antiaristotélica, la seguridad de un indiscutible manierismo que en todo momento nos va intranquilizando. Pero mejor, vistos los hechos, todo este mundo difuso, confuso y profuso, cuando la única heredad dejada por Laura, Ezraelín, aparece sentado en el Parque de los Cien Olores, con su padre, Ezrael, cumplida ya su misión, nos damos cuenta cómo la metafísica de la historia de Juan Bautista Vico ha presidido la conjunción de esta novela, la idea del retomo cíclico, desde los tiempos primitivos, la época heroica y la república popular libre, para empezar de nuevo, con el inexcusable orden de la Providencia. Pero sí debemos afirmar que nuestro autor, en el momento que escribe la postrera palabra del libro, se siente muy contento, como en un estado de pureza, desprendido de toda dialéctica, pero satisfecho de que el “ricorsi” del filósofo italiano le servirá para conservar la conciencia tranquila.  La conciencia tranquila de habernos inventado una escritura no corriente, una narración que se las sabe todas, el creador de un héroe significativo que enseguida cualquier lector puede señalar con el dedo sin ninguna vergüenza. Percibimos un indiscutible fatalismo, la desgarradura de la criatura humana, la importancia de ser para los demás, pero también se nos asegura que aunque perecemos sin realizarnos, mañana nos volveremos a recuperar para que la historia comience de nuevo.

 

               Se ahorca con una corbata, la ata a la primera argolla de la lámpara y se deja caer. Todo muy tradicional. Mientras todo esto sucede piensa en alta voz, el viento entra por la ventana y sacude el cuerpo inerte de Ezrael Román. Por fin el cuerpo queda detenido totalmente desnudo con un calcetín verde en su pie izquierdo. Lo establecido por la literatura anterior queda roto. El color morado le sienta muy a nuestro suicida. Llega doña Lucía, la señora de la pensión, más tarde se nos presenta el sortilegio, la conversión mágica y la resurrección. Una escena amorosa con la anciana trasmutada. Una novela gótica inglesa, el cuadro del disparatado Lovecraft, el de los Cuentos de Cthulhu, o la última incorporación del absurdo de Samuel Beckett.  Frente a todos estos nombres tan significativos, serios y macabros, Alberto Omar levanta su fábrica narrativa derrochando el mejor humor coloquial. Sin precedentes en los relatos españoles contemporáneos, sin influencias de los hispanoamericanos del “boom”, campando por su cuenta y riesgo como un buen europeo por los dominios de la imaginación, pero irreal, mágico, fantasmagórico. A pesar de todo, no pierde ni por un momento la inmediata presión de una realidad muy premiosa. Todos los personajes, desde Ezrael Román hasta Praxes Dato, Daniel Zujnglio, Renata, el Jefe, Doña Lucía, los niños, los soldados hasta llegar a Laura, la máxima revelación de una figura hermética, pero tan concreta, como inventada sobre los residuos criaturales de Ofelia, Margarita y Doña Inés del alma mía. Aquel humor fijado al comienzo del libro va abriendo sus arroyos, amplía su caudal de agua, humedeciéndolo todo, con sus hierbas, flores y frutos muy maduros. Un humor verde lechuga para componer la más sabrosa ensalada. Mientras escuchamos siempre detrás de las bambalinas la canción del morrocoyo, con su suspiro en lo profundo del mar y esa voz que nos dice, “con el tá, con el té, con el toma... “, paródica, absurda, totémica, inefable, al revés, para divertir, reprender y confundir a todos los lectores.

 

                 La verdad es que tiene mucho de ángel exterminador esta novela de Alberto Omar. Como si quisiera atemorizamos. Pero en el fondo el canto de los serafines termina por apoderarse de toda la partitura. Casi siempre lo autobiográfico no nos importa, la historia no nos importa, la moral no nos importa. Como si sólo nos preocupase la manera de hacer, de escribir, de componer tan incompatibles elementos bases. Un cubo que se ha llenado de los más extraños desperdicios. Al principio se ven desparramados en la calle sin orden ni concierto. La técnica de trabajo de Alberto Omar no es fácil de identificar. Nos tenemos que contentar con la realidad obtenida hecha de diapositivas, espectroscopias y radiografías. Allá quedan los maestros Beckett, Broch, Shehadé.  El lector ha de manifestar en toda esta tarea un largo espíritu de compromiso, buena voluntad y gusto de la aventura, para lograr el mejor revelado de cuerpo entero. La canción del morrocoyo nos presenta tres figuras, Ezrael Román, Laura y Praxes Dato, que no se encuentran en nuestra narrativa así como así, por su incitante mezcla de ternura, crueldad, salvación y exterminio, parodia y tragedia bien ayuntadas, todo montado con sutiles experiencias sobre un escenario donde la realidad y el sueño se contradicen, se deshacen y reviven para cumplir su inexorable primer lunático viaje de ida y vuelta, con su puerta abierta para empezar de nuevo.

 

             

"HERIDA", nueva novela

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Entrevista en "Letras De-Generadas" con motivo de la reciente publicación de mi novela "Narrador de sombras"

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Rosa Galdona escribe sobre "Herida"

 

 

Rosa Galdona escribe sobre la novela titulada Herida,

de Alberto Omar Walls

 

Acabadas estas últimas navidades, quedé una soleada mañana con Alberto para tomar un café. Nos lo teníamos prometido hacía un tiempo y aquella mañana de sol tímido, pero cariñoso, que brillaba con la blancura del Teide de fondo, nos aderezó el café de una manera deliciosa. Al terminar, me volví a casa con su última novela, Herida. Tras leerla, he sentido la necesidad de compartir con ustedes la impresión (magnífica) que me causó. Y lo digo por si quieren asomarse y leer a una de las voces más paradigmáticas de la narrativa canaria contemporánea. Vale la pena, se los aseguro.

En la página 111 del nuevo libro de Alberto Omar me encontré con mi amado Principito en este diálogo:

“Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”

Como el amor auténtico, profundo… ¿Por qué sonríes, Alex, no estás de acuerdo?

Bueno, sí, me gusta la frase. Pero, antes, habría que saber qué entendemos por amor, ver con el corazón y qué es lo esencial.

He de confesar que llevaba sorprendida desde el inicio, con una sorpresa entre satisfecha y curiosa, porque leer a Alberto siempre es asomarse al mundo estrenando prismáticos. Y no me ha decepcionado. La nueva novela de Alberto Omar Walls, Herida, no deja lugar a dudas acerca de su magnitud literaria, así como de su macerada elaboración en buena barrica, de esas de madera añeja. En esta novela, el autor danza (el verbo es desinquieto aquí) entre el cine, la música clásica, la poesía, la filosofía, la meditación oriental, la bohemia urbanita, la flora y la fauna insulares, la mitología guanche, el costumbrismo rural… Danza tanto y de tantas maneras, que aseguramos al lector que, si coge en sus manos esta obra, pondrá ante sus ojos una escultura literaria de tal calibre que no podrá dejarlo indiferente.

Nos recuerda Daniel María, en el excelente prólogo de la obra, unas palabras de Fernando Delgado en las que afirma de Alberto Omar Walls que es un escritor complejo para el lector, desconcertante para el crítico convencional y sus cánones de maestrito, haciendo hincapié Delgado en que la rareza de Alberto Omar en su irracionalidad no ha sido debidamente entendida ni atendida.

Y es que es así. Estamos de acuerdo con María en que la generación narrativa de los 70 en Canarias tiene una deuda con Alberto Omar Walls. Porque su forma de narrar, su arrojo en los enfoques, sus juegos lingüísticos, su intertextualidad (pre)meditada y magistral, su oratoria fluida y su erudición vasta y desbordante hacen del acercamiento a su obra una aventura siempre insólita y atrevida, y también merecedora de un reconocimiento público que, a mi modo de ver, aún no ha tenido.

Con la jerga cinematográfica muy presente, y con la excusa, o no, del rodaje de una película, el diálogo, los encuadres, los figurantes, la fotografía, los silencios y los gritos, las caricias y los golpes, el conjunto de la puesta en escena se pone al servicio del relato. ¿Una película? Puede ser… A veces, uno parece estar viviendo dentro de un film… De lo que no cabe duda es de que el acertado paralelismo ejecutado entre el cine y la vida nos deja al descubierto una historia de silencios, de alejamientos, de amagos, de latidos furtivos del corazón, de represión del amor homosexual de la forma tan brutal que todos sabemos que se ejerció durante el franquismo (también en nuestras islas, aunque la memoria nos flaquee a veces…) Pero también nos obsequia con un ejercicio narrativo de un virtuosismo literario realmente destacado acerca de la entrega absoluta, de la generosidad, de la amistad, del querer y del amar, de la libertad, de la reconciliación con uno mismo cuando nos asalta la madurez y miramos hacia atrás para contemplar con serenidad las heridas (curadas) de la indómita juventud.

Herida nos sacude con una metáfora tremendamente hiperbólica y extremadamente hermosa. Con la metáfora de la vida, ¿hay algo más grande que eso? La herida de la que escribe Alberto Omar Walls es esa que duele como un moratón, como una lesión o una llaga y que cada uno de nosotros porta a modo de trofeo de existencia, por los motivos más exclusivos e intransferibles de nuestra propia realidad, pero a la que nadie escapa.

Eso es Herida. Por eso llegará al lector, porque a cada uno de nosotros nos ofrecerá una lectura personal y única desde la universalidad de su planteamiento .©Rosa Galdona

 

 

 

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Ramón Trujillo, hace veintinueve años

 

                             © Alberto Omar Walls

      Nuestro profesor Ramón Trujillo, de la promoción 1967-72, se ha ido de este plano de tres dimensiones y se entregó a la tierra (solo su cuerpo, porque sé que su energía sigue viva). He estado hoy releyendo mi conversación de hace muchos  años. Entre los dos, sobre la mesa, mi magnetófono. Por aquel entonces publicaba las entrevistas en la hoy desaparecida Revista Universitaria [1]. Con la relectura de aquella conversación se me han vuelto a plantear en el magín muchas cuestiones, como que el significado de las cosas no es el significado de las palabras, aunque tendamos en la vida diaria a confundir ambos juegos de comunicación y relación. Si las palabras apuntan a muchas más cuestiones que al corazón de la cosa que señala o la cosa misma ¿se sabrá dónde empieza y acaba la posibilidad de la auténtica comunicación a través de la palabra? El significado profundo de las relaciones lo marca tanto la actitud y los hechos como los gestos, aunque los seres humanos nos empeñemos en propiciar significaciones en un continuo tráfico de afectos y emociones conflictivas. Y desde luego, en una confrontación dialógica, preferimos desoír el valor auténtico que le da a sus palabras el interlocutor con quien hablamos, frente al que le imaginamos oculto o connotado. ¿Es sólo cuestión de saber escuchar y de tener asumidos los mismos mecanismos de re-interpretación de los significados de las palabras que usan y usamos para relacionarnos? En aquellas declaraciones de mi profesor y amigo Ramón Trujillo, en ella, entre otras cuestiones, afirmaba que cuando él hablaba de significados estoy hablando de la identidad de la palabra, y el problema es que el significado de una palabra no lo podemos describir, porque tiene que ver con todos los usos, que son infinitos...

Se supone que, en última instancia, cuando hablamos deberíamos tomarnos mucho más tiempo del que usamos para hablar y escuchar. Así podríamos ir poco a poco desgranando en nuestro interior el gran cúmulo de significaciones e interrelaciones que se nos pueden dar en una conversación mínimamente profunda. Aunque sabemos ya que para algunos las palabras no significan gran cosa, pues las usan en su mayoría para zaherir o simplemente defenderse, lo mismo que un arma.. 

¿Cuándo tornaremos al primitivo hallazgo de significado y significante, cuando aún no se habían producido las grandes interferencias de los múltiples significados o polisemias? En cualquier caso, si eso llegara a ocurrir, la literatura poco tendría ya que decirnos y es muy posible que tampoco pudiéramos leerla. ¿Para qué la poesía si la palabra no guardara ya la sorpresa y los dobles sentidos de la existencia? Quiero compartir con ustedes el texto completo de aquella entrevista de hace tantos años, donde Ramón, como siempre, se mostró muy ágil, inteligente y, sobre todo,  ¡sabio!… Aquí va: 

 

La otra cara de... 

Los diccionarios son un callejón sin salida; nunca llegan al significado final de la palabra.

Ramón Trujillo, catedrático de Lengua Española: Lo malo del hombre es que pasa la vida pensando en el futuro.

 

Ramón Trujillo es, desde 1981, catedrático de Lengua Española de la Universidad de La Laguna. Maestro de generaciones de lingüistas ha publicado, entre otros muchos títulos, El campo semántico de la valoración intelectual en español, El silbo gomero. Análisis lingüístico, Trescientos ochenta años de soledad y Principios de semántica textual. Poseedor de una personalidad tremendamente apasionada, conjuga sabiamente los precisos elementos que también lo definirían como estilista del pensamiento. De siempre admiramos en él su fino sentido del humor, teñido a veces de un sutil aroma de irónico distanciamiento, el profundo sentido de la amistad, y la inteligente capacidad de distanciarse de sí mismo y su entorno.

  Pregunta: ¿Dónde situaríamos el mundo del significado y el mundo de la metafísica?

  Respuesta: Hablar del significado es casi hacer metafísica. El significado de las palabras o el significado de los textos implican la hipótesis de que fuera del texto o fuera de la palabra hay algo. Como imaginarle a los objetos un alma, y eso científicamente no resiste una confrontación. Cuando hablo de significado estoy hablando de la identidad de la palabra, el problema es que el significado de una palabra no lo podemos describir, porque tiene que ver con todos los usos, que son infinitos... Por eso, los diccionarios son siempre un callejón sin salida, un diccionario bien hecho es útil, pero no llega al final.

P: Habría que hablar de una estructura que implicara un inventario universal.

R: Claro, es como el ADN de la lengua. También está el léxico, que carece de propiedades lingüísticas. Porque las propiedades del léxico son designativas y tienen que ver con la realidad. La variabilidad de usos del léxico es enorme, de un país a otro... un término cualquiera en Hispanoamérica nos obliga a cambiar muchas palabras porque resultarían obscenas. Y no es que sean otras palabras, son las mismas con otros usos, pues desarrollaron usos nuevos, aunque la palabra sigue siendo la misma. El verbo coger es un verbo prohibido en Hispanoamérica y es el mismo verbo que aquí, donde también se usa en ese sentido. Pero no es un uso tan insistente como allá; se trata siempre de uso. Por eso... hablar de significado, tanto de la palabra como del texto, la parábola literaria, es algo que se separa del referente. Si hablamos del significado de una novela, desde luego no se trata del argumento, ése es el gran error en la enseñanza de la literatura, enseñar argumentos. El argumento estaba antes de la obra literaria y sigue después. Yo siempre pongo el ejemplo de la obra literaria que me produjo mucha desazón cuando la descubrí, Macbeth, de Shakespeare. Resulta que es igual, exactamente, al argumento... ¡el argumento lo tomó Shakespeare de una crónica...!

 P: Como muchas otras obras, claro...

R: ¡Claro! Crónicas populares... eran los periódicos de la época, por decirlo así. Pero resulta que lo cuenta la crónica, la crónica Jollinger, esa crónica cuenta lo mismo que cuenta Shakespeare, ¿pero dónde está la diferencia siendo el argumento el mismo? Si el significado de la obra literaria fuera el argumento, sobra la obra de Shakespeare, y sin embargo no, la crónica es aburrida, no tiene ningún valor, es un relato histórico, y en cambio lo otro tiene una fuerza dramática... Es la forma idiomática, sólo idiomática, los dos están hechos con el idioma, uno es un texto que no es, que no tiene valor literario, y el otro sí, o sea, hay una significación que está por encima del referente, del argumento.

 P: ¿Y a Ramón Trujillo le preocupa también, le obsesiona -vamos a llevarlo hasta ese extremo- el significado en su gran sentido verbal de la vida?

R: El significado de la vida, en el supuesto de que la vida tuviera algún significado, es una vieja historia... Yo recuerdo que en una película de Chaplin se plantea ese problema. Hay una muchacha que está impedida, porque tiene un  problema de salud. El problema es que se pregunta siempre: bueno… ¿para qué? Para nada, se vive para vivir. No, la vida no tiene sentido, sólo está ahí, y si nosotros estamos aquí tiene el sentido que le queramos dar. La vida es hermosa si la queremos hacer hermosa y si no, pues no... La vida  solamente tiene un sentido, que es vivirla; fuera  de eso...

 P: ¿Qué significado tiene la enseñanza hoy día para usted, el concepto enseñanza y su aplicación?

R: La enseñanza está muy lejos de donde tendría que estar, ha olvidado sus objetivos fundamentales que son la igualdad humana, la felicidad humana, la formación estética, la formación ética. Todos los sistemas educativos están encaminados a otorgar títulos que no sirven para nada en el fondo; tanto, que los jóvenes que sacan un título universitario no tienen ni siquiera empleo. Por ejemplo, en lugar de enseñar tanta gramática, tanta literatura, lo que habría que enseñar a los chicos es a leer, es una cosa que no sabe ningún español, que no sabemos. No sabemos leer, ¡no sabemos leer!, a mí me asombra, me ha asombrado siempre cómo leen los actores ingleses... He visto aquí a una serie de personajes leyendo El Quijote y haciéndolo trizas. Leer El Quijote es muy difícil porque hay que saber leer de verdad, hay que saber leer como se lee una partitura, como lee un músico, que ha tenido que leer quinientas veces para lograr entender los entresijos no solamente de tipo semántico, sino de tipo rítmico, de tipo sonoro, de tipo textual, hay que... Es que una lengua lo es todo, una lengua no sólo es el significado, una lengua también es la expresión, es el ritmo de esa lengua...

 P: Como hecho integrador de toda una cultura…

R: Como danza, como gesticulación, y a su vez todo... Toda lectura implica todos esos factores y mientras todos esos factores no se unan no hay una comprensión del texto. Palabra a palabra, ritmo a ritmo, sílaba a sílaba. Yo estoy seguro de que eso se puede hacer con el español, por ejemplo, con las Coplas de Manrique, las buenas, porque en Manrique hay de todo, el Romancero mismo, San Juan de la Cruz...

 P: ¿La infancia de Ramón Trujillo… qué significado tiene hoy día en él, en su mente, en su recuerdo, en su corazón?

R: Es que en la infancia se forma todo. La infancia es la clave, la infancia lo determina a uno para bien y para mal. Yo, de esa infancia mía tengo cosas muy positivas, mi padre, por ejemplo, el recuerdo de mi padre, lo que es mi padre, lo que hace mi padre, las largas charlas con él...

P: ¿Recuerda algún libro en concreto?

R: Un libro de Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, ése fue mi primer libro. Dos años después ya estaba leyendo a Dostoievsky, con lo cual vemos que no hay literatura para niños. Yo no era un niño sabio, yo era todo lo contrario, un niño que estudié con malas notas, un desastre de niño que se fugaba de clase diariamente por las tardes. Logré convencer a mis padres de que por las tardes no había clase y me escondía en la azotea. Allí tenía un huequito adonde me llevaba libros y me ponía a leer.

P: ¿Para usted la infancia tiene el significado de un territorio que todavía subyace dentro del individuo?

R: Los recuerdos de infancia mediatizan mucho la vida. Hay recuerdos que son ininterpretables. Yo soñaba con unos caballos, unos cascos de caballos sobre la carretera en una noche de luna de verano, y eso lo he estado soñando toda mi vida. Ese sueño me produce una felicidad absoluta... ¿Y qué era? ¿Qué es eso en realidad?

 P: ¿Qué significado tiene el futuro?

R: No existe. Lo malo quizás del hombre actual es que se pasa la vida pensando en el futuro, el hombre... lo que pasa es que actuamos en función de un futuro. Nos engañamos con el futuro, construimos un futuro que luego no es. Desde luego, el futuro nunca es como lo hemos programado...

 

 

 



[1] Alberto Omar Walls, entrevista publicada en el nº 5 de RULL, Revista Universitaria de la Universidad de La Laguna, en mi Sección La otra cara de, el 5 Mayo-Junio 1997. 

LO ESCRIBIÓ PÉREZ MINIK HACE 53 AÑOS

                                              La canción del morrocoyo

                                                   de Alberto Omar Walls

 

                                                          Por Domingo Pérez Minik

                                   [Publicado en El Día, “Diario de un lector”, el 22 de Octubre de 1972]

 

            De la noche a la mañana. Alberto Omar, de tan contrapuestas actividades artísticas, todas muy suficientes, obstinadas y valiosas, se nos ha puesto a cantar la canción del morrocoyo, como si tal cosa, y ha escrito una novela. A primera vista, de cerca o de lejos, esta novela se nos aparece cargada con los más extraños contenidos, formas y actitudes, desde la incorporación de un morrocoyo a la narrativa, con su voz de tenor lírico y su fascinante aria melodramática.  Este pequeño reptil, sabio, gracioso y encantador, cuyo nombre no encontramos en los diccionarios corrientes, americanos e insular, pero que todos los canarios conocen muy bien. El inicial gran trabajo de los lectores de esta obra insólita es saber adecuar su oído a esta música con sus palabras reunidas en una partitura que Alberto Omar nos ofrece con la mayor desfachatez, inocencia y elegíaco humor.

 

              Es una novela de sorpresas, pero de sorpresa de verdad y no de mentiras. A pesar de todo lo dicho, su marcada originalidad, la gente en general ha recogido muy bien La canción del morrocoyo, se acostumbra pronto a su melodía y es fácil encontrar ya muchos aprovechados que la tararean con mucha soltura. Siendo una obra de carácter casi inclasificable, los críticos, con famosa unanimidad, han respondido con criterios muy semejantes, sin discusiones, sin conflictos domésticos.  Lo que ha dicho Eduardo Westerdahl ha coincidido poco más o menos con lo afirmado por el autor de la introducción, Femando G. Delgado, y lo escrito por Jorge Rodríguez Padrón, Armas Marcelo, Marcos Ricardo Barnatán, desde Madrid, y Juan Cruz Ruiz, en estas páginas de El Día. Lo que quiero decir: resulta raro que un morrocoyo cante, pero una vez entonada la canción todo el mundo la ha comprendido como el fenómeno más natural de este mundo. Hecho inconcebible en un libro que al parecer no tiene ni pies ni cabeza, está siempre insertado en el cuerpo desmadrado del absurdo menos convencional y las incompatibilidades de su composición se perciben inmediatamente.

 

         Estas incompatibilidades se manifiestan por esa mezcla osada, divertida o atrabiliario de la narración, con el guión cinematográfico y el diálogo teatral más sabido. Enfrentado con tantas antítesis, el lector sigue en sus trece y con la mayor cordura llega hasta el final que lo mismo puede reconocerse muy claro como muy oscuro.  Pero en este estado paradójico de cosas hay algo que lo ata todo, se facilita, hasta fundirse como una muy acabada historia tradicional, con su discurso lógico y su trayectoria regular. Este morrocoyo con su caparacho convexo, también rugoso y sus cuadros amarillos es Ezrael Román, el héroe de nuestra novela, un parentesco que descubrió desde 1a primera hora Alberto Omar, con su descaro de tan buena educación.  Este descaro está presente en 1a página número uno de la obra, en cada una de ellas, hasta el final esperado con su olor de queso metafísico. No creemos que nuestro autor se divierta cruelmente con todo lo que aquí pasa. Ignoramos si él mantiene alguna actitud moral.  Es más, desconocemos si esta gran juerga llega a ser verdaderamente seria, si sólo se convirtió en una enmascarada más o si a partir de ese ahorcamiento del protagonista, Alberto Omar no hace sino llorar a lágrima viva, sin que nosotros nos enteremos, debido a su muy tierna introspección. Cada personaje de La canción del morrocoyo Merece un capítulo aparte.  El espíritu de fabulación del narrador es ilimitado, lo mismo en lo que afecta a los relatos tipo «collage», que al orden de sus criaturas o a los ingredientes de la composición.  Parece una novela de un escritor poseído de una larga experiencia y también la producción del inocente descubridor de una nueva escritura.

 

             Ezrael Román está hecho con los detritus de los materiales de muy distintas procedencias, pero en la novela se verifica su ensamblaje personal al mismo tiempo que se desintegra para crear de forma ovípara muchos sucesores individuales, una herencia legítima, la familia mejor avenida, con sus cielos cumplidos y los «ricorsis» inexorables.  Cada cuadro se puede leer con mucha independencia, se sube y se baja el telón, empieza la nueva escena. Hasta que llegamos a la última página, se está percibiendo siempre una ausencia de unidad constructiva, antiaristotélica, la seguridad de un indiscutible manierismo que en todo momento nos va intranquilizando. Pero mejor, vistos los hechos, todo este mundo difuso, confuso y profuso, cuando la única heredad dejada por Laura, Ezraelín, aparece sentado en el Parque de los Cien Olores, con su padre, Ezrael, cumplida ya su misión, nos damos cuenta cómo la metafísica de la historia de Juan Bautista Vico ha presidido la conjunción de esta novela, la idea del retomo cíclico, desde los tiempos primitivos, la época heroica y la república popular libre, para empezar de nuevo, con el inexcusable orden de la Providencia. Pero sí debemos afirmar que nuestro autor, en el momento que escribe la postrera palabra del libro, se siente muy contento, como en un estado de pureza, desprendido de toda dialéctica, pero satisfecho de que el “ricorsi” del filósofo italiano le servirá para conservar la conciencia tranquila.  La conciencia tranquila de habernos inventado una escritura no corriente, una narración que se las sabe todas, el creador de un héroe significativo que enseguida cualquier lector puede señalar con el dedo sin ninguna vergüenza. Percibimos un indiscutible fatalismo, la desgarradura de la criatura humana, la importancia de ser para los demás, pero también se nos asegura que aunque perecemos sin realizarnos, mañana nos volveremos a recuperar para que la historia comience de nuevo.

 

               Se ahorca con una corbata, la ata a la primera argolla de la lámpara y se deja caer. Todo muy tradicional. Mientras todo esto sucede piensa en alta voz, el viento entra por la ventana y sacude el cuerpo inerte de Ezrael Román. Por fin el cuerpo queda detenido totalmente desnudo con un calcetín verde en su pie izquierdo. Lo establecido por la literatura anterior queda roto. El color morado le sienta muy a nuestro suicida. Llega doña Lucía, la señora de la pensión, más tarde se nos presenta el sortilegio, la conversión mágica y la resurrección. Una escena amorosa con la anciana trasmutada. Una novela gótica inglesa, el cuadro del disparatado Lovecraft, el de los Cuentos de Cthulhu, o la última incorporación del absurdo de Samuel Beckett.  Frente a todos estos nombres tan significativos, serios y macabros, Alberto Omar levanta su fábrica narrativa derrochando el mejor humor coloquial. Sin precedentes en los relatos españoles contemporáneos, sin influencias de los hispanoamericanos del “boom”, campando por su cuenta y riesgo como un buen europeo por los dominios de la imaginación, pero irreal, mágico, fantasmagórico. A pesar de todo, no pierde ni por un momento la inmediata presión de una realidad muy premiosa. Todos los personajes, desde Ezrael Román hasta Praxes Dato, Daniel Zujnglio, Renata, el Jefe, Doña Lucía, los niños, los soldados hasta llegar a Laura, la máxima revelación de una figura hermética, pero tan concreta, como inventada sobre los residuos criaturales de Ofelia, Margarita y Doña Inés del alma mía. Aquel humor fijado al comienzo del libro va abriendo sus arroyos, amplía su caudal de agua, humedeciéndolo todo, con sus hierbas, flores y frutos muy maduros. Un humor verde lechuga para componer la más sabrosa ensalada. Mientras escuchamos siempre detrás de las bambalinas la canción del morrocoyo, con su suspiro en lo profundo del mar y esa voz que nos dice, “con el tá, con el té, con el toma... “, paródica, absurda, totémica, inefable, al revés, para divertir, reprender y confundir a todos los lectores.

 

                 La verdad es que tiene mucho de ángel exterminador esta novela de Alberto Omar. Como si quisiera atemorizamos. Pero en el fondo el canto de los serafines termina por apoderarse de toda la partitura. Casi siempre lo autobiográfico no nos importa, la historia no nos importa, la moral no nos importa. Como si sólo nos preocupase la manera de hacer, de escribir, de componer tan incompatibles elementos bases. Un cubo que se ha llenado de los más extraños desperdicios. Al principio se ven desparramados en la calle sin orden ni concierto. La técnica de trabajo de Alberto Omar no es fácil de identificar. Nos tenemos que contentar con la realidad obtenida hecha de diapositivas, espectroscopias y radiografías. Allá quedan los maestros Beckett, Broch, Shehadé.  El lector ha de manifestar en toda esta tarea un largo espíritu de compromiso, buena voluntad y gusto de la aventura, para lograr el mejor revelado de cuerpo entero. La canción del morrocoyo nos presenta tres figuras, Ezrael Román, Laura y Praxes Dato, que no se encuentran en nuestra narrativa así como así, por su incitante mezcla de ternura, crueldad, salvación y exterminio, parodia y tragedia bien ayuntadas, todo montado con sutiles experiencias sobre un escenario donde la realidad y el sueño se contradicen, se deshacen y reviven para cumplir su inexorable primer lunático viaje de ida y vuelta, con su puerta abierta para empezar de nuevo.

 

             

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