Doña Amparo  Walls  Hernández

 

 

© Alberto Omar Walls

 

Tal día como hoy, 7 de enero de 2.011, se marchaba de este plano de vida nuestra madre, Amparo Walls Hernández, dos meses antes de cumplir los 97 años. Era muy señora, aunque sus amistades la llamaran Amparito, con o sin el doña por delante. Me gusta recordar a quienes quise, amé o admiré, con los mejores dones de su alegría, creatividad y claridad mental. Y ella, no porque fuera precisamente mi madre, estuvo siempre ocupando el mejor nivel que la época le permitía a las mujeres. Le brindo aquí un sencillo recuerdo, testimoniado en su creatividad, a través del enlace que mantengo en mi web. Soy de los que dicen, y creen, que la energía ni se crea ni se destruye, y que somos energía en acción de vida física; porque la vida universal continúa con o sin cuerpos orgánicos. La última canción que escuché de sus labios se titula Como la abeja a la flor, del maestro Francisco Ferrer.

            No soy muy partidario de celebrar la muerte de un escritor o un artista, sea quien sea, porque me parece más creativa la celebración de su nacimiento, al menos en nuestra tercera dimensión (que, en realidad, es cuarta si contamos el tiempo). Pero depende, ¿verdad? del lugar en que te coloques.  Son los famosos e imprescindibles puntos de vista, que en la literatura, la plástica y el cine son tan esenciales. Si se está de este lado, el nacimiento en la Tierra es celebrado con alegría. Si se está del otro, sea cual sea el lugar donde se desemboca, y se espera o ansía el reencuentro, la congratulación se producirá igualmente, aunque aquí se llore, añore o mitifique persona y obra.

 

¿Y quién podría afirmar que el nacer aquí, no implique una especie de muerte del otro allá? Aunque cualquier día sea bueno para nacer o morir, tenemos aún demasiadas incógnitas, en ambos aconteceres, que ninguna religión nos ha resuelto definitivamente. ¿Hay, en verdad, un allá? Claro que sí, de la catadura que sea, porque somos energía…, y esto parece que no para.

   Un 3 de enero de 1920, muere Benito Pérez Galdós, aunque haya nacido el 11 de mayo de 1843. Umberto Eco nace el 5 de enero, pero don Ramón María del Valle-Inclán muere cuatro años después. El 6 de enero nace Khalil Gibran, pero el 7 muere Juan Rulfo, y Amparo Walls Hernández (aunque nació el 1 de abril de 1914). Un 8 de enero mueren Galileo Galilei y Paul Verlaine, en siglos bien distintos, veinte años después. Simone de Beauvoir nace un 9 de enero, pero el 10 muere Gabriela Mistral, cincuenta años después…

 

Madre Amparito siempre se mantuvo joven de mente, aunque el cuerpo le fallaba en algunos extremos (sobre todo las piernas), y en todo momento tuvo muy claro que quería estar entre los vivos, como mínimo su familia y amigos, y no entre los que se preparan en los asilos a morir, o a empezar a morir, porque estaba siempre activa y optimista; tenía proyectos que llevar a cabo, escribía sus memorias (¡dos libros publicó!), atendía llamadas y estaba al tanto de los familiares y amigos fuera de las islas, leía y veía muy poco la tele, y practicaba el don del mando y la organización familiar, que no era poco... Ser anciano no es una condición irreversible, salvo que la mente esté amaestrada por completo para declinarse hasta la tumba. A este respecto, apunto aquí el interesante vídeo de un doctor, Adolfo Pérez Agustí, que propone unos claros objetivos que recuerdo bien mi madre ya ponía en práctica. 

 

En este trasiego de vidas y muertes, no parece que el tiempo sea muy pertinente. ¡Ah, el tiempo, qué gran invento humano del que Einstein no quiso separarse! Puede que nada sea pertinente en nuestra existencia, porque el sol (el nuestro) sigue su danza casi infinita con sus planetas en órbita, agarrados por la gravedad a los talones, pero nunca, por ahora, llegan a encontrarse.

 

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