El mirlo y el gato

 

 

El mirlo y el gato

 

© Alberto Omar Walls

 

           

Me gusta mi jardín, me lo cuida el bueno de Nino. Me asombra cada vez que le  que veo resurgir nuevas plantas y flores; es un milagro esto del eterno retorno o renacer permanente. Estaba haciendo algunos ejercicios de Chi Kung en el pequeño jardín Tao cuando el Negri, es decir, Negrito, mi gato negro con una mota de pelo blanco en el pecho, estaba como siempre en el jardín a mi lado, casi pegado a mis pies, por lo que a veces si voy a hacer algún movimiento seguido he de tener cuidado de pisarlo.

 

Quítate de entre las piernas, que me puedes hacer caer, le digo y acabo, como mínimo, pisándolo una o dos veces. Él protesta cuando, sin querer, lo piso pero vuelve pronto a la carga. Lo considero poco agresivo, como si hubiese olvidado su ancestral condición felina y haya aceptado que no hay manera de que cambie sus costumbres sedentarias y pacíficas. Por eso creo que es un buda-gato o gato-buda, que tanto montará.

 

Pero cuál fue mi sorpresa hoy, cuando al punto de oír el tímido piar de un mirlo bien negro, saltó al frondoso árbol Jacaranda y se encaramó en sus ramas más altas. Me quedé tan sorprendido que inmediatamente corrí a buscar el móvil y me puse a grabar la operación de su extraño enamoramiento. El pájaro se pasó todo el tiempo provocándole de aquí para allá, y Negri, impávido, se mantuvo escondido al socaire de las ramas altas del árbol. Tardé en comprender que no había enamoramiento, sí quizá un ansia felina depredadora.

 

Así puede ocurrir con algunas relaciones que, mientras dura el acercamiento, se confunden las intenciones. Y luego descubres que quizá solo se buscaba al otro para destruirlo o destruirse. ¡Ah, las relaciones humanas, cuánto hay que aprender de la naturaleza…!

 

 

-          Él tiene alas, tú no…-le dije imitando un tanto la voz de la Viejita, que tanta gracia le hace a mi amigo Eduardo- Te lo perdiste, ¿creías que el pájaro te iba a esperar? Já, él tiene alas…

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