La maldad de la poesía

 

 

         © Alberto Omar Walls

 

            No lo digas a nadie, cuando creas que tienes una respuesta genial. Cállatela, cierra la boquita y espera a ver qué te dice tu intuición más interna. Me pasó hace muy poco, después de que nos permitieron compartir algo en alguna cafetería. Llevaba tiempo aislado y quizá había perdido la capacidad de relacionarme con el mundo y con la gente que en él habita. Como todos, ¡qué voy a decir!

           Yo tomaba un cafecito arábigo y quien me acompañaba, un gin tonic. Me había estado hablando de sus incertidumbres, desajustes y tantas dudas de cosas en los últimos tiempos. Escuché tranquilo y lo dejé hablar, pues creí que para eso habíamos quedado, pero en un momento dado se me quedó mirando y me espetó:

-              ¡Creo que tengo el alma apuntalada…!

-       ¡Jó, tío, qué frase más poética -le dije-, creo que en el fondo tienes un punto de vista creativo! 

      Para qué fue aquello. Por supuesto, debía haberme estado calladito. Que si yo entendía de la vida solo lo que estaba en los libros, que si esos Octavio Paz o Miguel Hernández eran unos pirados que miraron la vida de lado, como los loros… Ah, mira, pues eso también te salió poético, insistí. Pero se levantó de la mesa, empinó hasta el final el gin y me dijo: Vete por ahí…, y se fue sin más. Me quedé, en verdad, apuntalado. Es que aquello fue un auténtico choque energético que no me lo esperaba. Caray, no sabía que hoy día nombrarle a alguien la poesía podía llevarle a ese estado de crispación. Supongo que tenía que comprender el estado de ánimo en que nos encontrábamos todos. Pagué la consumición y me marché. Mientras me iba cavilando, recordé las pequeñas figuras de los tres monos sabios, que se tapan los ojos, los oídos y la boca. Es decir, no ver, no oír y no decir, o lo que es lo mismo, como nos pedía Confucio, no veas lo malvado, no escuches lo malvado, y no hables con maldad.