Lo que te mata...

© Alberto Omar Walls

 

 No es solo el tabaco o una copa al día lo que te mata. Si acaso la emoción atascada desde hace años que te lleva a fumar y beber de manera obsesiva, compulsa e incontrolada. A estas alturas del negocio de vivir, quien más quien menos sabe ya qué cosas sean las que, verdaderamente, le matan… Porque el día a día está hecho de pequeñas cosas cotidianas, y de millones de pensamientos reincidentes. Me refiero a esos asuntos en los que te ves inmerso o incrustada (sobre todo quienes no están atentos a lo que su inconsciente les devuelve), y se te encasqueta en la mente una de las varias admoniciones o advertencias que tienes a mano, creadas y pensadas por ti, claro está, a partir de tus viejas creencias aprendidas de otros. Por ejemplo: siempre me pasa lo mismo, esto no va a salir bien, todos son unos malvados, ¿viste cómo me miró?...

 

En las formas de expresarse a veces he oído barbaridades tan grandes como estas: no la soporto más; ¡este hijo me va a matar a disgustos!; vengo tan agobiado que tengo el hígado en la boca; el corazón se me va a salir del pecho; me dolió tanto lo que me dijo, más que si me hubiera dado con una barra de hierro en la cabeza; le quiero porque le quiero, pero sus impuntualidades me vuelven loca, ¡una y no más!...

 

No es cierto, nada de eso responde a la verdad más auténtica, pero el inconsciente no se anda con chiquitas, ¡se lo cree todo!... y, a veces, actúa literalmente. Así hasta el infinito. Nuestras capacidades de re-crear el mundo cotidiano también son infinitas, pero hay que ponerse a reciclar (cambiar, mutar, sustituir) tanto los pensamientos como la actitud que tenemos y usamos en el día a día, minuto a minuto… Porque no es el “otro” o “la otra” quienes te matan, sino la relación que mantienes con todos ellos y, sobre todo, contigo inmerso en tus propios pensamientos y subsidiario de las creencias que sostienen Nunca es tarde para el cambio...