Pedro González o el genio

Dos Pedros especiales se fueron hace muy poco. Casi al tiempo que Pedro González también el gran poeta y narrador Juan Pedro Castañeda Febles se marchaba de este plano casi sin avisar. Uno, el pintor, pertenecía a la generación que llegó después de la guerra, algunos la llamaron escachada en clara alusión a que le habían cortado los machos de libertad que hubiesen podido heredar de los intelectuales y artistas de la República del 31; vamos, que le habían pasado el rodillo por encima. El grupo anterior, el de Gaceta de Arte, Westerdalh, Pérez Minik, los poetas García Cabrera, López Torres, Gutiérrez Albelo,  el narrador Espinosa o José de la Rosa... todos ellos, aunque muy jóvenes en el 36, los de la generación de la república, tuvieron un pasado literario, mas pronto los diseminaron, expulsaron y, literalmente, masacraron. Cuando yo conocí a algunos de ellos en el curso 1964-65 la mayoría de los vivos tendría ya los 59 o 60 años, y tuve la sensación de que vivían en la clandestinidad de la resistencia, en medio de una bien cinchada calma social y una escueta pero relajada economía, lo que les confería en general una bonhomía y aparente entendimiento cordial con la burguesía y el resto de poderes fácticos, incluida la prensa. Alguien decía que las dos generaciones anteriores se llevaban mal o andaban siempre crispados (en medio de los muchos güiskis), por el aquello quizá de que no pudieron matar al padre (para superarlo), porque ya se había encargado de matarlo el régimen imperante. Lo cierto es que las dos generaciones estaban compuestas por unos magníficos tipos que derrochaban creatividad a manos llenas y transmitían rebeldía, espíritu crítico y deseos de renovación. En medio de sus atentos entusiasmos, irrumpimos los más jóvenes. Y allí, a mangonear con la literatura, nos colamos los nietos literarios, aprendiendo a escribir entre líneas... 

 

En el caso de la otra sentida marcha, Juan Pedro Castañeda pertenecía a los escritores que los llamados críticos nos aunaron en torno a la injustamente denostada Generación de Narradores de 1970. Yo me había imaginado a un Juan Pedro fuerte y resistente, ¡cuán engañado estuve!, pues se me descubre ahora como un gorrión herido, tan dolorido por fuera y por dentro, incapaz de soportar los duros embates de una estúpida civilización que se ha devorado a sí misma infinitas veces. Tenía que haber recordado no solo sus magníficos poemas y su entera y recia narrativa, sino aquel color de sus ojos de un mirar lejano con el que quizá pretendía ocultar su intenso padecer de especie.

 

Aunque era un buen actor -¡fue el magnífico personaje del Culí, o cargador, en la pieza didáctica de Brecht, de 1930, titulada La excepción y la regla, que representamos en el Paraninfo en 1968!-, ahora me viene a la memoria una imagen casi intemporal, que contaré como el recuerdo me la engañe y devuelva ahora mismo. Me había presentado al Premio de Relatos del Ateneo de La Laguna (principios de 1980). Por aquel entonces acababa de hacer con Bontempi el Fisher Hoffmann y me hallaba viviendo en el Barrio lagunero de Jardina. Era una casa que, al decir del escritor  Juan Cruz, había más frío dentro que fuera. Pero donde se sucedían los encuentros poéticos, literario, artísticos… allí recitaron, en medio de velones, sahumerios, muchos vinos y tapitas miles, todos los viejos escritores de la época y los nuevos que se iban incorporando, desde Arturo, Rafael, Mariano o María Belén, a Agustín, Cecilia o Domingo… Aquella noche a la que quiero hacer referencia, me acosté temprano porque había frío y el cielo húmedo comenzaba a querer llover. Sonaron unos golpes firmes en la puerta de madera. Cuando la abrí me encontré con dos rostros amigos pero que no esperaba encontrar allí a esas horas; eran Juan Manuel García-Ramos y Juan Pedro Castañeda, creo que entonces presidente y secretario respectivamente de la entidad lagunera. Me traían la noticia de que mi libro de relatos, que titulé Papiroplexia, había ganado el premio Ateneo de Relatos 1980 ex aequo con Rafael Soler Medem [el suyo era Cuentos de ahora mismo]. Recuerdo la sonrisa limpia, como un hilo, y la mirada lejana de Juan Pedro. Ambos venían contentos y gustosos a comunicarme tan buena nueva. Sé que a pesar de ser muy expresivo, en esas situaciones me quedo parado como un tótem, no recuerdo siquiera si los invité a pasar o si, como dos fantasmas de la noche, se volvieron para donde habían venido, dejándome a mí (¡eso sí!) despierto ya durante toda la noche.

 

Vamos con Pedro González: estando en la revista universitaria RULL, hice algunas entrevistas a distintas personalidades vinculadas con el quehacer universitario. Qué duda cabe que una de esas personas obligadas debía ser el pintor Pedro González. Y es que de siempre admiré a Pedro, no sólo por ser uno de los artistas más relevantes de Canarias, o por tener una personalidad indomable, ni tampoco sólo por su tremenda entrega política a la ciudad de La Laguna desde que fuera elegido primer alcalde democrático, o por su infatigable y proverbial voluntad de trabajo, sino, también o sobre todo, porque me sorprendía el gran contraste que mostraba con su talante dandy al tiempo que se expresaba abiertamente, sin andarse nunca con medias tintas. Bueno, quizá también hubiera algo de emocional en el recuerdo que le guardé en el baúl de mis agradecimientos juveniles, pues fue quien me hizo la portada de mi primera novela La canción del morrocoyo, y cuidó su edición con la Imprenta Católica. Era un bello collage a partir de un cuadro de Marc Chagall, aún vivo. Había regalado todos los ejemplares y no me quedé ninguno, ni lo hallaba en libros usados ni en agotados, ni en nada de nada… Qué extraño, ¿no?, hasta que hace poco mi amigo Santy Ríos, gran cineasta e inteligente hombre que alumbra grandes historias, me dio el enlace de una librería de segunda mano de Madrid. Allí estaba y, mi sobrina Margarita, tuvo la amabilidad de traérmelo de regalo; un gran detalle. Gracias a ambos.

 

En esta sencilla entrevista de 1998 se queda la rica personalidad de Pedro González a la mitad de los caminos. Creo que constituye una mediana aportación para el posible conocimiento de su pensamiento artístico, pero también es cierto que el texto debía adaptarse a la doble página que me permitía la RULL. Además había que incluir las dos fotos obligadas de Emeterio, quien siempre me acompañó en mis encuentros con los entrevistados.

 

    Debajo de estas líneas va el texto de la entrevista publicada [el completo de la grabación no sé dónde andará y si seré capaz de encontrarlo después de tantos años, aunque nunca se sabe]. También aporto otro texto más que le escribí para el catálogo de su exposición dedicada a los cementerios y la muerte. El mismo Pedro me lo pidió expresamente, me dijo quiero que escribas para mi catálogo, pero escríbeme sobre Om Mani Padme Hum. En verdad que, cuando lo oí, me dejó en suspenso, mejor diría que helado, pues no sabía yo que él supiera de mí que debiera conocer este o cualquier otro mantra tibetano.

 

     Varias veces me he preguntado, ¿por qué esa tarde el pintor Pedro González me pidió que escribiera en el catálogo de su exposición sobre Los cementerios algo que se refiriera a Om Mani Padme Hum? Estaba claro que él sí sabía lo que me estaba solicitando, ¿pero por qué me había lanzado el reto de que me basara en el famoso mantra que nos abre al lenguaje de la compasión? Pedro no me dijo nada nunca. Es decir, no me lo aclaró. Alguien se lo habría pasado, o había asistido en India a algún tipo de rito donde un monje se pasó la noche velando a un moribundo mientras rezaba el Om Mani Padme Hum, o tuvo la inspiración mientras pintaba sus geniales cuadros… No he resuelto esa duda, pero sí conservo el texto que en aquella ocasión le escribí para su catálogo de los cementerios.

 

 

    También tengo de Pedro otro escrito sobre sus guaches que publiqué en la prensa tinerfeña hace ya muchísimos años, pero no sé dónde tengo ese documento gráfico aunque sí que conservo el original escrito a mi puño y letra en la misma libreta donde escribí el original autógrafo de La canción del morrocoyo hace ya cincuenta años [depositado está ese texto autógrafo, hace cuatro años, en La Casa Museo Pérez Galdós]...

 

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