Lo bello y lo monstruoso

 

 

© Alberto Omar Walls

 

¿Quién puede creer en el paraíso oculto de la bestia cuando se rinde ante la Belleza?

 

Todo ser viviente arrastra una sombra que le maldice de día por obligarla a seguirlo, mientras de noche se oculta entre sus sueños: ahí, ¿quién puede discutirlo?, es el gran dueño. Lo monstruoso, nacido siempre del mundo de las pesadillas, se contradice cuando se enamora de quien no se sabe bella.

 

Pero nadie es bello a secas.

 

Porque la belleza existe solo al contrastarla con la fealdad, ese monstruo que a veces sueña en el lugar de la hermosura. Así, lo bello transita en sueños astrales codeándose con las monstruosas bestias de la razón; y el producto terrible del desorden más inarmónico, el supuesto monstruo, se apropia sin saberlo de un corazón de oro donde, por instantes, le anidará la inocencia.

 

Quizá, por eso, el Amor se sustente en un profundo sinsentido: deambular entre el odio y el enamoramiento más fiero, imitando un balancín infantil que jugara a ganar y perder a un tiempo, o a ser dios y demonio en dos caras opuestas del mismo cuerpo, a dejarse apresar y, luego, ¡siempre!,  morir…

 

Ahí estará su venganza: desenmascarar la abyecta condición de la Belleza a costa de su propia destrucción. Y comprenderá, demasiado tarde, que no era otro su propósito, pues denunciará en medio de sus estertores finales que la perfección es por siempre un sueño inasible, y él, un juez esclavo que evidenciará  la suprema mentira.

                                               

 

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