RÁFAGAS DE VIENTO, LA VIDA PASA

 

 

 

                                               Por Alberto Omar Walls

 

 

        Vida hecha poema. No quiero ni puedo obligar a nadie a seguir mis líneas de divagación o pensamiento, pero yo sí he de estar consciente de lo que hago y de su continuidad. Ayer escribía en mi última novela que Sor María de Jesús, la llamada Siervita, había transformado su vida en una volumetría poemática a través del sufrimiento y la entrega. Se sabe que el cuerpo, esclavo o personificación del ego, es quien siempre se transforma como resultado de los avatares sensibles o espirituales del que se entrega a la evolución supramental y la autorrealización. Pero el cuerpo siempre lo dejaremos en el camino y será polvo y olvido [¿recuerdan al maestro Omar K’ayyam y sus Rubaiatas?]. Y como si hubiera sido un trapo viejo, se reciclará en el deambular infinito de la existencia cósmica. Unos lo llaman a esto muerte y otros lo denominan abandono de la forma. Nosotros, los occidentales, sólo entendemos las excelencias de la muerte, a través del llanto y la separación. Ahí nos hemos quedado y, ni siquiera, las primeras enseñanzas de Cristo hemos sabido asimilar. Después de esto, poco más sabemos del mundo y el universo que habitamos, ¡ni imaginar que se simultaneen otros mundos en otras dimensiones!

        El abandono. Como ejemplo excelso del abandono del cuerpo, puedo recordar el caso de Paramahansa Yogananda, autor de Autobigrafía de un yogui, pionero de la introducción en occidente de la mística oriental basada en el yoga [el Kriya Yoga] y, por tanto, discípulo del Mahavatar Babaji. Yogananda extiende en occidente, durante años, la práctica del kriya yoga, y el siete de marzo de 1952 hace voluntariamente, en un encuentro multitudinario, el abandono consciente del cuerpo. Veintiún días después, tiempo mínimo que se ha de esperar, su cuerpo permanece fresco e incólume, como recién dormido.

           La muerte. El tres de marzo de mil novecientos ochenta, se pintó de muchas voces el alba de la muerte. Ese día se pusieron de luto todos los oradores del mundo, y los picos de las águilas isleñas clavaron en tierra sus agujas, empecinadas en callar para siempre. Detuvieron sus vuelos y sobrevino la confusión durante tiempo. Porque se había perdido lo profundo de una voz y el alma de todas las voces. Las galerías de las islas borbotaron sus aguas a margullo y no hubo quien las detuviera. Pasó un día de rigor con su seca noche sin estrellas. Ese cuatro de marzo, parecía que se hubieran quedado sin tinta los periódicos isleños, porque sus páginas aparecieron totalmente blancas. Los ciegos sí que leían y lo entendieron todo, que el periodista y escritor Alfonso García Ramos se había callado para siempre de tanto que tenía que decir. Muchos guardaron sus secretos, como Alfonso se llevó los suyos trabados entre las pestañas y pobladas cejas. Se murió sin nosotros, hace ya tanto tiempo, que su voz sólo la reivindica el arte y la historia. Algunos aún lo buscan cuando suben a la planta alta del Ateneo, para allí escudriñar el silencio y, tras él, hallar su voz tonante, certera, reivindicativa, hondamente humana... Morir no cuesta nada, salvo el dolor en algunos cuerpos. ¿Es cierto eso? Hoy día ya no tenemos maestros intelectuales [¡ni pensadores, periodistas, escritores o profesores!], por eso nos cuesta acostumbrarnos a ser huérfanos permanentes de la palabra y el intelecto, porque también, en los días de viento, se han volatilizado otros cuerpos más que aquí éramos amigos y que, como él, dictaban cátedra viva en la Universidad de la Calle: Domingo Pérez Minik y Rosita, Eduardo Westerdalh y Maud, José Arozena, Pedro García Cabrera, Pilar Lojendio... ¡Y tantos otros!

       Se descubre pronto que toda tristeza cabalga sobre un caballo blanco, mientras sus crines tocan los hilos del arpa del viento. Nada nos trasciende, aunque hayamos fabricado una montaña de conocimientos con nuestras propias manos.

         La inútil literatura. A todo caracol solo lo saca de la carcasa la fuerza de garfio o la energía del sol que alimenta. Así es la literatura en esta tierra donde tantos se hicieron polvo, pero no aún olvido. ¿Seremos capaces de trasladar a las nuevas generaciones el alimento literario e intelectual de nuestros antepasados?, pan para otras generaciones serían, pero no hay proyectos, ni interés, ni conocimiento.  Falta un Plan Estratégico, y su puesta en marcha, que acabe de una vez por todas con tanta estulticia…

            Mas todo se hará polvo. ¿Recuerdan a Omar Khayyám y sus rubaitas?, él sí que sabía perfectamente qué cosa era esa de la belleza de los cuerpos y el polvo de los caminos... 

 

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