Bombonera de oro: el Teatro Guimerá de Tenerife

 

 Por Alberto Omar Walls

 

         Hablemos un poquito de nuestro Teatro Guimerá. No crean que se trata de un simple edificio más o menos hermoso, pues ni siquiera la ciudad llamada Guimerá, en Catalonia, tiene un teatro como este, tan bello. Lo llamamos durante algunos años, las gentes del teatro de Santa Cruz, La bombonera, porque eso era lo que nos parecía, una pequeña y vistosa caja donde se paladeaban las exquisiteces teatrales. Aunque quizá lo que hacíamos verdaderamente era remedar a la actriz catalana María Palau cuando en 1926 actuó con su compañía aquí, e impresionada por el ambiente de la sala encendida llamó al teatro bombonera de oro. Bien sabemos, no obstante, que todo en teatro puede transformarse en una caja de sorpresas y contener chocolates que te sentarán unas veces mejor y otras peor. Así es el teatro cuando se abre al público...

Me apetece hacer recorrido histórico sobre este edificio teatral para tratar de desvelar algunos de sus significados figurales, o como se decía antes su sustancia de contenido... Hacia la mitad del siglo XIX, Santa Cruz de Tenerife experimentó un importante desarrollo urbanístico. Los nuevos proyectos incluyeron la construcción de Casas Consistoriales, un teatro, un mercado, una cárcel, un matadero, y nuevas plazas y calles... Se abriría la ciudad a la modernidad que culminaría con la expansión urbana de principios del XX. El teatro fue el primer proyecto que se abordó, aprovechando la llegada del arquitecto Manuel de Oraá a la isla[1]. Para su construcción se eligió el solar que ocupó el antiguo convento de Santo Domingo que, como muchas otras edificaciones religiosas, se vio afectado por la conocidísima desamortización de Mendizábal. Si bien la política liberal de la desamortización pretendía, entre otras cuestiones, desinflar el volumen del estado y la iglesia, lo hizo, sobre todo, a costa de la segunda y sacrificando para las generaciones futuras un legado artístico e histórico difícilmente recuperable.[2]

         La medida resultó tener consecuencias muy oscuras, más bien deberíamos recordarlo como un auténtico despropósito mal pensado de tremendo y dilatado latrocinio con el único y aparente objeto de recabar fondos económicos para el Estado. Se disolvieron las órdenes religiosas, dos mil conventos y 25 mil religiosos fueron expropiados, más de diez millones de hectáreas subastadas, y el riquísimo patrimonio artístico español fue saqueado, mal vendido y abandonado… Vamos, que con sólo el anticlericalismo de algunos no se podría justificar tanta falta de previsión. Se pretendía llenar las arcas de la hacienda pública, en principio para afrontar los gastos de las guerras, pero en realidad se beneficiaron los burgueses, comerciantes, banqueros, prestamistas, gente del ejército y algunos aristócratas que no andaban en la ruina, por lo que apoyaron sin duda la causa liberal y la nueva teoría de la Economía Política con sus drásticas medidas[3].

           Y, dada la gran especulación sobre los suelos, no sólo se detruyeron edificios para crear solares en las capitales, sino que en el campo se aumentaron los latifundios, perdiendo los campesinos su relación con el terruño por lo que muy pronto se convirtieron en doble asalariados de los grandes propietarios pues no se abolieron la vinculación y el diezmo. Desde que en 1836 se les enajenara a los dominicos el Convento de Santo Domingo, como fue el caso también con los franciscanos, todo el conjunto medio deshilachado y vejado, su casona y huerta, pasó primero por la triste experiencia de convertirse en cárcel pública antes de alcanzar la dignidad social de llegar a ser teatro municipal en 1851.  Aunque mi admirado profesor don Alejandro Çioranescu no creyera que fuera totalmente cierto, él mismo en su magnífica Historia de Santa Cruz,  cuenta una posible  intervención del capitán general en 1848 en apoyo de la demolición del convento de los dominicos representando una auténtica puesta en escena tipo teatro de calle, protagonizada por dos bandos: los que reprochaban que se fuera a construir un teatro encima de las antiguas sepulturas del convento y los que apoyaban la construcción de un imprescindible y auténtico coliseo para la ciudad, ávida al parecer de teatro estable desde hacía ya años[4].

        Lo cuenta el insigne profesor como historia falsa, aunque fue mantenida por la tradición oral de entonces que el capitán general recibió la esperada orden de derribar el convento el día mismo que celebraban en capitanía la fiestas en honor de la Reina. ¡Y hete aquí que él mismo, ni corto ni perezoso, pasó  invitación a los asistentes a la regia fiesta para que le siguieran a pie por las tortuosas calles de Santa Cruz en dirección hacia el convento! ¡Puestos allí, a una orden suya, y ante la mirada atónica del público congregado, se vino abajo, con todo el aparato y estrépito imaginables, el balcón de madera del antiguo convento! Lógicamente la gente tuvo que dar por supuesto que el mismo capitán general había mandado aserrar previamente la madera de la balconada, pero dada la situación, o la puesta en escena mágico-espectacular, unida al poder esgrimido por la autoridad, surtió sus efectos deseados: …los santacruceros iban a tener, por fin, un edificio para llevar a cabo la creación de un teatro que reúna el ornato y elegancia del arte, la cómoda capacidad de los espectadores.[5] Verdadera o falsa la anécdota, al menos interesa imaginarla como puesta en escena del adelanto de la creación de los muchos happenig que tendrían lugar en Europa a finales de los sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado, y como dato de bienvenida a las funciones teatrales que en el futuro nuestro teatro subiría a su escenario. 

         Sabido es que también había sido antes testigo silencioso esa desaparecida fábrica religiosa, donde hoy se levanta el Guimerá, de la acción heroica de los santacruceros contra los invasores británicos capitaneados por Nelson, cuando en la noche a la madrugada del 25 de julio de 1797, una columna de tropa británica compuesta por 340 hombres pretendió hacerse fuerte dentro de los muros del convento e iglesia de los dominicos. Es decir, ahí mismo donde nos congregamos los tinerfeños para asistir a las representaciones teatrales 215 años después. Claro está, se hicieron fuerte en el convento pero a la desesperada porque no imagino cómo iban a remedar ninguna Numancia por muy amurallado que estuviera el conjunto. Aunque supongo que lo hicieron para ganar tiempo y darles espacio de lo mismo a sus compatriotas, que andaban callejeando con la técnica de las escaramuzas nocturnas dirigidas por el capitán Troubidge, con la esperanza de incorporar al reino británico una nueva colonia bien situada en el mapa. Pues Canarias fue durante mucho tiempo un área stadis muy significativa en la ruta americana por su importancia estratégica en el comercio y la piratería. Que al fin, una cosa los llevaba a la otra. Pero en esa técnica del ataque por sorpresa, les anduvo más presto y eficaz el General Gutiérrez y la muchachada chicharrera, quienes en su defensa dejaron en tierra tinerfeña para siempre a un teniente coronel y un subteniente, cuando alguno quizá tenía previsto casar a la mañana siguiente. Cosas del teatro de la vida, hoy novia y mañana viuda. Pues bien, los que componían el cerco armado de la gente de santa cruz estaba decidido a todo, y apiló maderas, estopas y materias combustibles para prenderle fuego al conjunto del convento, en aquellos momentos aún lugar sagrado, a fin de obligar la salida de las tropas invasoras a la calle. Qué extraño destino, se salvó del incendio para luego ser derribado.

       Por supuesto, todo tinerfeño sabe ya cómo acabó la invasión, rindiéndose el más fuerte, descalabrado y mal herido de muerte, tras repetirse la inusual historia del pequeño David contra Goliat. Es curioso que esa heroica historia, al parecer, no se la reconocieron al Convento de Santo Domingo y su conjunto, pues cuarenta años más tarde se transformaría en solar.

            Vistos esos hechos con distancia histórica, y aunque las circunstancias eran distintas, te alegras que al menos Carlos V mandara erigir su edificio renacentista inscrustándolo en la Alhambra y no que la arrasara previamente por completo para construir su palacio sin dejar rastro alguno de ese gran monumento de la humanidad. Es que todavía hay clases…

            Conté estas anécdotas porque tienen un gran valor metonímico, muy significativo teatralmente hablando[6]. Porque el Teatro Municipal de Santa Cruz de Tenerife, proyectado en 1849 por Oraá y Arocha en un estilo clasicista romántico, que iría a inaugurarse el domingo 26 de enero de 1851, como todo espacio escénico que se preciaba iba a estar fundando sus cimientos sobre unas raíces que se comunicaban con el intramundo de lo más profundamente teatral... Por un lado la batalla contra Nelson le comunica al lugar un sentido de participación heroica en la contienda, por haber aguantado el embate de los enemigos y haberlos expulsado salvándose de las amenazadoras llamas; también contenía un significado mágico-sagrado, por lo más evidente, porque sirvió de base a un lugar para el culto religioso y sirvió de enterramiento. Y no debería escapársenos el último elemento metonímico que abunda en la superposición figural y que se refiere al elemento transgresor que se lo confiere los años dedicados a servir de cárcel pública de hombres y mujeres.

            Las prisas fueron tantas que el teatro, aún no acabado del todo[7], se inauguró con una sinfonía de José Martí y con la representación del drama Don Guzmán el Bueno, no el de Tomás de Iriarte sino de Antonio Gil y Zárate, quien sería más conocido en España por  la implantación de las Institutos de Segunda Enseñanza. Los sucesivos arreglos y modificaciones del teatro ocuparon muchos más años, quizá más de los deseados por la población y sus autoridades, lo cierto es que el primitivo edificio proyectado por Manuel Oráa se pudo ir perfeccionando a trancas y barrancas hasta que intervino el granadino Antonio Pintor con un trabajo meticuloso y concienzudo que le duraría más de doce años. 

           Otros nombres tuvo el edificio hasta llegar al de Guimerá, entre otras cuestiones por la lógica temporal, ya que Angel Guimerá[8] muere en 1923 y a nadie aquí del mundo de la farándula y la escritura, que sepa, se le pone su nombre a cosa alguna si no es que se haya ido de esta vida o esté a punto de hacerlo. Durante casi 70 años el teatro no tendría bautizo oficial sino a través de la denominación que le quisiera encasquetar la sabiduría popular; unos lo llamaron simplemente "el teatro"; otros Teatro Isabel II, Teatro Municipal o Teatro Principal. Cuando muere Ángel Guimerá, se determina que el teatro lleve el nombre del ilustre dramaturgo del nacionalismo catalán nacido en Tenerife. No se realizarán, después de 1913, nuevas obras de importancia hasta 1989, a través de un magnífico proyecto de restauración que fue diseñado por el fotógrafo y arquitecto Carlos Schwartz, perteneciente a la generación de los setenta, en la que entraban escritores como Juan Cruz, Alberto Omar Walls, Fernando Delgado, J.J. de Armas Marcelo, Luis Alemany, Carlos Pinto Trujillo, Luis León Barreto, Víctor Ramírez[9]

          Está por hacerse una recopilación de las historias lejanas y cercanas, individual y social del Teatro Guimerá, aunque muchas aportaciones sustanciales han hecho determinados estudiosos del acontecer teatral insular, como  es el caso de Francisco Martínez Viera (Anales del teatro de Tenerife), Domingo Pérez Minik, Manuel Perdomo Afonso, Sebastián Padrón Acosta, Luis Alemany, Alfonso Morales y Morales,  Jorge Rodríguez Padrón o Rafael Fernández, entre otros... Mi amigo, el gran actor Tito Galván Tudela -otro muy preocupado también por el pasado del teatro-, me recordaba el otro día que Gregorio Chic, a quien memorizo muy bien porque estuvo de Primer Portero en el teatro desde 1930 hasta el 61, recopiló y dejó generosamente para la posteridad un legado de valor incuestionable reunido en 23 volúmenes de programas y que se halla depositado en el Archivo Municipal esperando una utilidad mejor que el de simple archivo.

           Con todos sus avatares, noches de gloria y días de penurias, desde su construcción,  en este teatro han actuado algunos de los más famosos actores y actrices, así como compañías musicales, orquestas, zarzuelas, ballets....  Podemos traer aquí a algunos nombres que a algunos no les dice ya nada, pero hay que decirlos: Estrellita Castro, Marcos Redondo, Enrique Borrás, Mariano Ozores, Alfredo Kraus, María del Carmen Prendes, Carlos Lemos, Alejandro Ulloa, Antonio Machín (quien debutó el sábado de gloria 8 de abril de 1950), Guadalupe Muñoz Sampedro, (fueron sus hijos los intérpretes Luchy Soto y Luis Peña), Analía Gadé, Pastor Serrador, la tinerfeña de voz de oro Matilde Martín; tres veces actuó la legendaria actriz dramática María Guerrero, quien impusiera definitivamente en España que las luces de sala se mantuvieran apagadas durante toda la representación, supongo que hasta que llegamos los experimentales de los años sesenta, y las volvimos a encender para obligar a participar al público en los juegos de provocaciones… Maruchi Fresno, Amparo Rivelles, Pepita Serrador y su hijo Narciso Ibáñez Serrador, Adolfo Marsillach, Nuria Espert, José Bódalo, Berta Riaza, y, como es lógico, muchos más ... Y ha sido ese lugar especial en el que también se ha acogido la producción teatral generada en la isla, donde muchos  de nosotros, cuando asumíamos la actividad actoral, nos movimos en su escenario y, aunque sólo sea por el cariño personal al teatro, me tienen que venir a la memoria nombres de algunos de los que tuvieron mucho que decir en un momento dado sobre las tablas del escenario del Guimerá: Teresita Corbella, Manuel Escalera, Eloy Díaz de la Barreda, Emilio Sánchez Ortíz, Yamil Omar, Paco Álvarez Galván, José Luis Maury, Maite Acarreta, Vicente Fuentes, Jacinto del Rosario, Fabry Díaz, Francis del Rosario, Domingo Velázquez, José Luis Cervino, Fernando H. Guzmán, Ignacio García Talavera, Eduardo Camacho, Marisol Marín, Agustín Paredes, Tito Galván, Pascual Arroyo, José Luis Fajardo, Sabas Martín, Celia Castro, ... Estos son sólo algunos nombres de mi generación y de la inmediatamente anterior, quedan muchos por reseñar porque la lista es casi interminable, y lo será cuando se levante el acta de generación por generación, incluyendo de manera necesaria a directores, críticos y autores, escenógrafos, iluminadores, figurinistas, programadores, responsables de las políticas teatrales y los públicos...

         Ahí está tan campante y bella nuestra bombonera.

      Claro está, mientras no se vuelvan a producir extrañas especulaciones como se produjeron en 1971, cuando vivimos la experiencia desagradable de la amenaza de su demolición, además de la Recova Vieja aledaña, para construir aparcamientos. Me recuerda ese hecho a esta nueva y terrible manera de hacer hoy las guerras étnicas, en que los centros artísticos y de la cultura son objetivos prioritarios de la guerra psicológica contra el enemigo: por ejemplo, el recuerdo de Yugoslavia, los Budas de Bamiyan o los ataques a los pilares de las creencias. Lugares, símbolos u obras de arte colectivas que son atacadas y destruidas porque forman parte de la identidad inviolable de los pueblo.



[1]Llega a la isla en 1845, siendo el primer arquitecto titulado en Canarias por la Real Academia de San Fernando. Algunas de sus obras principales, como arquitecto municipal de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, son el Teatro Guimerá, la Plaza del Príncipe, el Mercado de Abastos, el Antiguo Hospital Civil (actual museo de antropología), o el Parlamento de Canarias.

[2] Para sufragar la costosa Guerra carlista, Mendizábal, el presidente liberal del gobierno de la reina María Cristina, perteneciente a la emergente clase capitalista y especuladora española, decretó la disolución de las órdenes religiosas y la venta de las tierras y propiedades de la Iglesia española. María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878) fue Reina de España por su matrimonio con Fernando VII en 1829 y regente entre 1833 y 1840, durante una parte de la minoría de edad de su hija la reina Isabel II de España.

[3] B.Pérez Galdós: Carlos VI en La Rápita. Episodios Nacionales. Madrid. 1925, págs. 125-126: “¿No sabes que ha venido de fuera una moda horrible, una tromba, un huracán, una cosa pedestre y asoladora que se llama Economía Política? ¿No sabes que ahora el buen tono está en ser uno economista y en predicar el fárrago de las ideas económicas...”

[4] Despropósito sobre despropósito: ¡cómo si el Santa Cruz de mediados del XIX no tuviera  suficientes terrenos disponibles para construir un teatro!

[5] Según manifiesto público del gobernador civil, Bartolomé Velázquez Gastelú.

[6] Tropo que consiste en designar una cosa por el nombre de otra, tomando el efecto por la causa o viceversa; el signo por la cosa significada: la figura por el significado profundo contextualizado en la puesta en escena.

[7] Maderas traídas de Garafía y Arico, palcos sin terminar y arreglos de remates, butacas y enseres...

[8] Nacido en Tenerife en 1845,  Angel Guimerá Jorge viaja a Cataluña a los siete años de edad donde transcurre el resto de su vida.

[9] En otro lugar, cuando me refiero al movimiento novelístico de los 70, el llamado “boom” de la narrativa canaria, hago la observación de que a partir de 1972 se concita el encuentro de varias generaciones de escritores en torno al fenómeno narrativo, por lo que esta relación está pronto aumentada con autores que en esos años tendrían los cincuenta, cuando nosotros estábamos aún viviendo los primeros veinte y tantos años.

 

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