Cuando a Peter Pan le importa poco crecer o no

 

Por Alberto Omar Walls

 

En una de las sociedades más modernas de hoy, Japón, conviven en soledad perpetua más de un millón de jóvenes hikikomori. Esa extrema contradicción se produce porque han cambiado por completo las formas de relación familiar y social. Y sabemos que no se da sólo ese extremo caso en el Oriente de la economía a escala.

 

Habrá que volver a un nuevo humanismo, porque las cosas como van no parecen ir nada bien. No me preguntes, no sé qué humanismo necesitaríamos, sólo pretendo hablarle en alta voz al amigo que me escucha ahora para comunicarle mi desazón…

 

O quizá habría que ponerle a algún perro viejo un nuevo collar, o destruirlo todo para comenzar de nuevo. A pesar de los intentos destructivos, de todas formas seremos arqueología de estudio para los futuros pobladores de este planeta incansable.

 

A nadie se le oculta ya que un desasosiego sórdido recorre los territorios urbanos de la actual vida consumista. Y que hay una paloma sin paz muy enfadada, terrible y pragmática, que buscar venganza.

 

Muchos jóvenes sienten sobre sus cabezas el peso de esa sombra alargada de la paloma sin paz. Y se les ensombrece la vida, si la rabia contenida de la buchona les orada las circunvoluciones cerebrales o les inocula el mensaje depresivo de una existencia inútil.

 

Se ha producido un cambio en los últimos años con el tamaño de las familias, el de la relación de los padres con sus hijos y el tortuoso camino de sus independencias sociales. Recuerdo otras épocas insulares donde el primogénito era quien abría primero la puerta de la calle y se iba a buscar nueva vida por el anchuroso y ajeno mundo. No optimista, sí contenido en los orgullos y muy peleón. Luego, si en extraña tierra se estabilizaba, mandaba a buscar a los hermanos, la mujer e hijos. Era tónica general hacerse de profesión emigrante y, aunque el olvido venía a ser el riesgo que se podría correr, normalmente el primogénito tiraba de los familiares como el hurón de los escondidos conejos. La isla fue durante mucho tiempo una madriguera para el olvido y la miseria. Por eso se emigraba y la vida contumaz te expulsaba a fuera con la rapidez de un dvd del ordenador.

 

Me marché pronto, pero volví, luego salté para fuera del domicilio familiar algo tarde, hacia los treinta, aunque no me fui muy lejos, sólo a ocho quilómetros, a La Laguna. Bastante más arriesgado fui con menor edad cuando abandoné en Madrid la posible carrera de médico por las artes interpretativas, que me atraían desde niño con sus hermosos y engañosos cánticos de sirenas capitalinas. También es cierto que todo riesgo contiene sus arrecifes ocultos bajo el inconsciente, sólo es cuestión de ver o no las consecuencias de nuestros desplantes a la disciplina que te impone la vida. Simple relación de causa y efecto, ¡pero tamaño trabajo saber otear en el futuro, que aún ni ves ni imaginas, las consecuencias de nuestros actos día a día!

 

Muchos se arriesgaron con las consecuencias a lo largo de años en el gran esfuerzo de buscar mejoría social. Millones de jóvenes atravesaron el anchuroso, ventoso e inhóspito océano Atlántico, como si ellos fueran los descubridores de una nueva tierra, que de tan vieja no los permitió volver jamás.

 

Porque a las islas no se vuelve, salvo en algunas excepciones donde el amor filial se acomoda con los años. Si estás cerca, vienes de vacaciones; si estuvieras muy lejos, preferirás morirte y que lo hagan tus descendientes. La carne emigrante del primogénito canario era de fibra correosa. Prefería quemar las naves para no mirar hacia atrás. Cuando decidía salir, con la parsimonia y determinación de un suicida, el panorama de la nueva vida se le presentaba incitándolo a la acción. Era un proyecto que su mirada diseñaba como un esperanzado edén de holgura y abundancia. Se iban sin ostentar la morriña del gallego, ni los orgullos del vasco o catalán, quizá con el desafecto áspero del extremeño. Aunque, sí,  algunos volvieron...

 

Creo que alguna vez aconsejó el gran Goethe, escritor, pensador y director teatral, a alguien que había que darle a la vida lo que la vida nos exigía. Pero eso era en otras épocas, cuando se creía que la vida estaba formada por un territorio que había que conquistar con las monedas intangibles que una mano invisible nos depositó en los pliegues del primer pañal al nacer.

 

¿Pero cuál es el orden que habría de seguirse en las satisfacciones en este batíburrillo tribal donde los valores esenciales están mercantilizados y la mentira y doblez es moneda de cambio y andan mezcladas?

 

No es nueva la necesidad de adoptar el lema de la negación como expresión cultural. Muchos movimientos sociales, culturales, artísticos, se han dado las manos teniendo la nada como protagonista: el dadaísmo de Praga fue uno de los más representativos, y resultó ser luego padre putativo del surrealismo parisino que se extendió por todo el mundo. Como el nadaísmo de Medellín de los años sesenta, de carácter hondamente nihilista, pero rebelde y contestatario contra las instituciones sociales y el estatus quo. Seguidores de la generación beat, volvería a beber de las mismas fuentes de las vanguardias históricas.

 

Pero volvamos a nuestra idea de hoy, cuando se da la situación terrible de que a Peter Pan le importa ya poco crecer o no, pues paraliza sus posibilidades de comunicación y tanto se distancia de los demás que casi muere en vida… 

 

Son los hikikomori del Japón moderno unos jóvenes especiales que se aíslan voluntariamente del mundo y se quedan a vivir en una habitación de la casa paterna, donde apenas se relacionan con nadie. Encerrados en un cuarto como si esperaran que el aburrimiento los barriera de la vida. Así dejan pasar las horas con la única compañía de los muchos artilugios electrónicos que la industria del ocio ha creado para ellos. No esperan nada ni a nadie, y están dejándose morir con la misma parsimonia que una cajetilla de tabaco vacía tirada en el asfalto espera moverse para cuando un mal viento peregrino barra las solitarias calles al amanecer...

 

Es su manera tan especial de protestar. Sin ira, sin rabia, sin apenas hacerse notar, simplemente maldiciendo, con su silencio y distanciamiento, el momento en que sus progenitores los trajeron a este conflictivo mundo contradictorio y autodestructivo.

 

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