Anillos de humo

        Por Alberto Omar Walls

 

      Para cuando se lo encontrara como cliente le tenía preparada una buena sorpresa.  Lo había pensado muchas veces, por lo que se le transformó en una obsesión.  Aunque pasaron años no lo encontró antes hasta ahora mismito. Había pensado excitarlo al máximo como sólo ella aprendió a hacerlo, no como aquella tremenda vez en que sin tener idea de nada se quedó embarazada de su hijita Aránzazu. Porque ella apenas tenía edad para empezar a andar en la vida. Su madre, seca como una caña, echó a pedradas al padre a la calle y se encerró en la casa con la hija a cal y canto. La ocultó del mundo durante nueve meses. Como dejó el bachiller, cuando nació la cría tiró los libros a la basura y, casi a oscuras, se dedicó a amamantar a la cosita diminuta y llorona que le inspiraba tantos sentimientos de amor y odio, de entrega y rechazo. ¿Pero cómo podía ser tan fuerte el instinto donde nace la ternura, que se sentía incapaz de abandonarla?  Ejerció de madre durante tres años, después no pudo más y se la dejó a la abuela. La que parecía una escoba, casi la mató a golpes, pero ella estaba decidida a huir hacia delante. La otra se hizo cargo de la niña como si fuera suya. Sin esperar más, con diecinueve años, se lanzó en Madrid a vivir el río de la vida. Siendo de una provincia, en el centro nadie la reconocería. Y como no tenía oficio ni beneficio, se dedicó a lo que ya hacían otras.

       Por su cabeza pasan los recuerdos de esos años, pues mientras está en el wáter puede pensar a sus anchas y fumarse un pitillo. Eso lo aprendió con un cliente universitario que se masturbaba sobre ella y no dejaba que lo tocara. Con él descubrió determinados huecos donde se puede respirar. Y ahí estaba ella haciendo anillos con el humo del tabaco mientras el viejo deseo de venganza la urgía. Cuando entró en Madrid por la puerta de atrás se juró que si se encontraba al degenerado que la forzó por primera vez, lo caparía. Ella decía a veces, a la mejor amiga de turno, que se había echado a la calle para castrar al cabrón que la dejó preñada. Estaba segura de que tarde o temprano lo tendría entre sus manos, lo excitaría al máximo, luego metería en su boca jugosa el miembro desvirgador y, cuando lo sintiera bien prieto y envalentonado, le clavaría los dientes hasta juntar sus dos mandíbulas. Por eso practicaba comiendo tanto millo duro y el pan de cinco días lo roía como un ratón. Para fortalecer el marfil y mantener duras las encías.

        La espera valió la pena, pues por fin lo vio entrar y mirar para todas, como si estuviera ante un puesto de carne y se dispusiera a escoger la que mejor le iba según calidad y precio. Primero señaló para Luisa, pero esta arguyó que ya la había escogido un chico que estaba en la barra, luego miró para ella y le hizo una señal. Le dio un vuelco el estómago cuando comprobó que aquel rostro ajado y ollado por los años era el familiar rostro que la había seducido para descalabrarle el norte de la vida. Al darse cuenta que él no la había reconocido, apretó con rabia el culo hasta meterse las bragas en el ano. Tragó saliva con una boca que se le antojaba demasiado seca para su propósito, pero se fue a dar con su objetivo.

         Se lavó en el wáter y se sentó y fumó, y vio los anillos grises elevarse hasta el techo extendiéndose luego por la pared. Se tomó su tiempo recordando la fuerza antigua del viejo odio, aunque sin observar cómo la cadena emocional se disolvía con el humo. Salió al fin para ajustar cuentas. Cuando entró en la habitación ya estaba desnudo. Puesta ante él lo descubrió desnutrido, la piel triste y los ojos opacos. Contó los años y pensó que andaría por los setenta y algo. Él se le acercó y se puso a acariciarle el pelo con un gesto insípido, como si ella fuera aún la antigua niña. Ella llevó la mano derecha a las entrepiernas del hombre y comprobó sorprendida el peso de algo sin vida. Entonces, en vez de cagarse en su puta mala suerte, sintió por dentro un extraño dolor que le fraguó en un grueso nudo en la garganta. Al poco le devolvió la caricia. No supo por qué lo hacía, pero en medio de la mierda de su odio acumulado le surgió el ansia de, por una vez, sentirse hija y darle amor al viejo cuerpo de quien no supo ser padre.

 

 

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