Me amonto en el caballo del dolor

 EL DÍA DE LA MUJER[1]

 

© Alberto Omar Walls

 

        Esta mañana estuve en el encuentro que los alumnos de La Escuela Montessori dedicaron a este 8 de marzo de 2013, Día de la mujer trabajadora. Precioso acto, no sólo porque estuviera llena la Plaza de Isabel II de Santa Cruz de niños y mayores, sino por los poemas escuchados, las pequeñas obras de teatro que representaron, cuajadas de hondo contenido, y porque se inauguró la escultura de María Belén Morales que ella dedica a la mujer, con el título tan sugerente de Andoriña.

 

      Evidente sentido tradicional y reivindicativo que conlleva la celebración, mujer trabajadora, pero creo que, salvo el necesario recordatorio histórico, y la reivindicación obrera que aún está pendiente hasta alcanzar el cien por cien, el adjetivo que acompaña a la palabra base, mujer, está hoy día sobreentendida. ¿Por qué? Pues porque desde niño recuerdo a todas las mujeres que veía a mi alrededor ¡trabajando sin parar!, sin pausa, trabajándose un lugar en la sociedad. ¡Trabajando siempre, en la casa, en el campo, en la ciudad!

 

     Mi madre, Amparo Walls Hernández, cuenta en su libro de memorias Mariposas de papel [p:102] el caso de marginación y suspicacia social que sufrió una joven de Santa Cruz que decidió trabajar de contable en Santa Cruz de Tenerife…

Nosotras somos quienes en toda familia reunimos el conocimiento de muchos años y merecemos tanto la atención y cuidado, como el que nos presten buenos oídos a los consejos. ¡No es normal en este mundo llegar a viejas!, ¡y ese arte deberían estudiarlo los jóvenes! Mi mamá siempre nos inculcó buenos consejos, como el hacer bien y no mirar a quién, y que había que resguardarse, por el qué dirán… Pero ese qué dirán cubría nuestras vidas de aquellos tiempos. Si eras mujer, con más razón para cuidar tanto tu honor como la apariencia de tenerlo. Hasta tal punto ocurría eso, que estaba muy mal visto que la mujer se empleara para trabajar, si no era dentro de su casa. En este sentido, recuerdo que en la plaza de la Constitución, donde está el monumento del Triunfo a la Candelaria, cerca de los cafés Cuatro Naciones y La Peña, desde donde mi hermano dio voces llamando a papá, pegado al comercio de doña Petra Sanjuán, estaba la Droguería Espinosa. Allí trabajaba como contable doña Conchita Mesa. Era tal la novedad que una mujer trabajara, que no entraba ni salía por la puerta principal, sino por la pequeña que daba para la calle de atrás, pues hasta el portero vigilaba para que no la descubrieran, porque estaba muy mal visto por la gente de Santa Cruz que una mujer estuviera trabajando como contable…

 

        Aunque lo sorprendente es comprobar que hasta hace muy poco la mujer debía también ¡trabajarse sus propios partos! Recuerdo el caso de doña Mercedes, una señora que venía a trabajar a casa durante muchos años y que me contó un día que, siendo muy joven, cuando tuvo a su primer hijo, bajaba caminando desde El Tablero con una cesta a la cabeza. Ya la barriga le llegaba hasta la boca por lo que… en medio del descampado le sorprendieron los dolores, buscó una acequia con agua, se acurrucó en la tierra como pudo, parió, cortó el hilo umbilical con la boca, lavó la vida al niño, lo envolvió haciendo jirón de su propia falda, se lo enrolló al cuerpo y se echó la cesta de nuevo a la cabeza, y… ¡tiró para Santa Cruz al mercado!


      Comentándole este caso a Belén Castro, aún en la misma plaza con los ecos de la inauguración de la escultura de su madre, me contó lo que decía la mujer de un señor de Tacoronte: …cuando empiezan los dolores de parto, yo me agarro de los pies de la cama…y me amonto en el caballo del dolor…

 

      ¡Fantástico lo de me amonto en el caballo del dolor! Toda una genial síntesis y definición histórica del sentir abnegado y sacrificado de la mujer en nuestra sociedad. Está totalmente cuajada la expresión de profunda filosofía y psicología de la vida, le dije a mi amiga, porque cada vez que luchamos contra la existencia, ella se nos encona cada vez más como una uña rebelde. Cuando surge el dolor, es mejor diluirse en él…


      Pero saber defenderse ante las adversidades, usando el supersexto sentido femenino, o la intuición universal, no disculpará jamás ni los malos usos o maneras de quien ostenta el poder que, normalmente, ha sido y es, aún hoy, el hombre.

 

       Una mañana de estas, acérquense a la pequeña placita de los chorros de Isabel II, y deténganse a admirar un rato la bella escultura en bronce de María Belén Morales, homenajeando a la mujer. Y, mirándose hacia adentro, recuerden y recuerden, ¡o imaginen!, años, siglos de abnegación, lucha, dolor, silencios, oprobios y, para sobrevivir, el permanente esfuerzo de amontarse en el caballo del dolor…




[1] El Día Internacional de la Mujer Trabajadora o Día Internacional de la Mujer conmemora la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona.

 

 

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