¡¿DÍA DEL LIBRO?!

        © Alberto Omar Walls

 

    Un libro es un milagro social. Si un libro es un milagro, a estas alturas de la historia lo será tanto porque su difu­sión y alcance estén sobradamente democra­tizados, si es que la gestión política del lugar lo permi­te, junto a las editoriales y libreros. Porque su estratifi­cada elaboración ­­con­lleva toda una suerte de pasos inter­medios que si faltara alguno de ellos, podría llegar a abortarse antes de ver la luz.

 

    ¿Pero quiénes están detrás de todo libro, impreso o digital, aunque sólo veamos al autor? En medio de este juego globalizado, la industria del libro, en plena transformación hoy, es tan estratégica como cualquiera otra: sea la armamentis­ta, nuclea­r, automovilística, religiosa, maderera, cultural, eléctri­ca, pesque­ra...

 

   ¡Reconozcamos que vivir en estos momentos hecho libro en Canarias, surgiendo de su maltrecha industria artesanal es, en el mejor de los casos, un auténtico milagro o simple purgatorio para masoquistas! El autor es un marginado y no goza de ninguna presencia vital, ¡vamos, no solo marginado también ninguneado! Pero en este asunto todo va muy rápido: un libro recibe un calificativo, justo o no, que la industria que instruye al público le quiera conferir. Si no es respaldado por la armazón industrial, un libro se trans­forma en olvido en cualquier librería y ana­quel de biblio­teca en veinte días.

 

   Pero aunque así fuera, seguirá siendo siempre aquel ser irrepetible que una vez fue fabri­cado, dignidad y mila­grería, con las bellas formas de un libro. Todo libro tiene su corazoncito en medio de la cuarta y quinta páginas, sin mos­trarlo demasiado, y puede que hasta se mantenga por siempre oculto. Pero un libro nace desde la mano de su autor para ser leído. Los hay, una vez publicados, para el dolor y la violen­cia, el enfren­tamiento y la confronta­ción, porque a nadie se le oculta ya que hay libros de todas las clases: pacifis­tas, tier­nos, beli­geran­tes, iróni­cos, bellos, incendiarios o bombas de relo­jería: pudorosos, inútiles, vengativos, aprovechados, pusiláni­mes... Como las personas.


    Recuerden que siempre habrá un cora­zón, de variado peso, que de­sde el co­mienzo de un libro les acom­pañará en la lectura. Desde mucho antes de Cervan­tes se pueden formular las eternas preguntas: ¿qué es bueno y qué lo malo?, ¿cuál podrá ser el baremo que nos ayude a catalo­gar un libro como obra de arte?, ¿por qué son leídos unos y otros olvidados?

 

    El intrincado y lacerante mundo del libro es sobre todo una industria. Y esto lo ignoran los responsables políticos del libro en Canarias. No basta con permitir que existan y mal vivan escritores, es imprescindible crearles vehículos de comunicación para que sus obras lleguen a los receptores virtuales y sean leídas No hay que esperar a especializarse sólo en la celebración de los centenarios para hacer un trabajo digno de difusión. Mi editor, a quien aprecio vivamente, me dijo un día, Alberto cuando te mueras se venderá y leerá tu obra. No es que niegue morirme, dije, es que no lo haré para darles satisfacción a unos comerciantes.

 

    Claro que es difícil calibrar la bondad de un libro, pues pasará como con las per­sonas, que todo depen­derá del obser­vador, pero un libro recibirá la ben­dición de un público si puede competir en igualdad de condiciones con los libros de los creadores de otras latitudes.

 

   No habrá nunca identidad cultural si se abandonan premeditadamente a los escritores y sus obras al azar. Debe apostarse voluntariamente por dar a conocer nuestra literatura fuera de la reducida y fragmentada frontera, aislada zona del archipiélago. Desconfiemos de los modelos importados, debemos crear nuestros propios sistemas, erradicando las envidias, nepotismos y limosnas institucionales.

 

    Si el editor fuera auténticamente independiente, reivindicaría nuevos espacios en nombre de los otros. Si acaso se sabe que es esclavo del poder, estará amaestrado, y en ese estado no se es ya libre y poco o nada podrá hacer por la buena literatura.

 

     El Día del Libro no debería seguir siendo una farsa: porque hay que hacer algo auténticamente eficaz durante mucho tiempo por los libros que se editan en Canarias, para que los lean los canarios y se den a conocer al ancho y ajeno mundo peninsular, europeo, africano, americano... propiciando entrar en ferias, negociar traducciones, reivindicando la presencia de nuestra hermosa literatura canaria en todas las latitudes. Es necesaria la confección de un plan estratégico, con vista a largos años, para que ayude a situar a la literatura canaria en el lugar que le corresponde en el territorio de la expresión escrita hispana.

 

     Debe recordarse una verdad palmaria: lo que se desconoce no se puede amar. Así las cosas, desde fuera sólo se nos seguirá viendo como una sociedad  aparentemente amable y con muchas horas de sol durante el año, pero con una densa carga de estupidez pendiendo sobre nuestros creadores. Nuestros editores y libreros deberían quitarse el complejo de que los escritores pertenecemos a una raza excomulgada del paraíso literario occidental, ¡porque aquí poseemos calidad literaria suficiente para exportarla durante años a todos aquellos que, sin saberlo aún, están hambrientos de paladearnos a través de nuestros libros!

 

       ¡¿Pero qué día de qué libros celebramos?!

 

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