Los cambios de verano

© Alberto Omar Walls

 

   De siempre sabemos que hay que dejar salir para poder entrar: en los metros, las guaguas, los tranvías, los camarotes, los cines y teatros, los amores nuevos y los abandonos, en las muertes de quienes amamos, y hasta en el conocimiento intelectual de las cosas. Sabemos que en alguna parte de nosotros hay que dejar un vacío para que entre y lo llene la auténtica sabiduría. Hace años, cuando el maestro Shin nos enseñaba la manopuntura, decía siempre que una vez estudiadas las técnicas había que tirar todo lo que se sabía, olvidar, para que así pudiera entrarte el verdadero conocimiento.

 

    En este verano no dejo de pensar en la vieja máxima latina solve et coagula, disolución y coagulación: por tanto el yin y el yang, el día y la noche, el sol y la luna, lo masculino y lo femenino. Los mágicos cambios de las estaciones, primavera, verano, otoño e invierno, nos hablan siempre de limpiar y renovar. Todo verano es una nueva puerta que nos abre el inmenso universo para adentrarnos en la antesala de los cambios. Claro está, todo dependerá de la importancia que le demos a la necesidad de que haya cambios dentro y fuera de nuestra vida cotidiana.

 

   En esta y otras cuestiones ciertos poetas centenarios seguirán aportándonos conocimiento, como el caso del poeta persa Omar Khaayyam [1048-1131], pues con un simple repaso a su poesía se observa el peso que para él poseía lo contingente, aquello que podía o no suceder. Y lo señala con la misma fuerza que se sufre lo pasajero, abriéndonos a sentir tanto el placer como el dolor de lo efímero. Recuerdo de siempre el contenido de una de sus Rubaiitas, que reproduzco aquí a mi manera: Caminante, no sacudas con la mano los bajos de tu sayal para quitarte el barro del camino, porque quizá estén ahí ahora, hechos polvo, los hermosos ojos de aquella mujer que una vez robó tu corazón. No es un poeta sufí Omar, pues no contiene esa búsqueda mística de Dios, ya que cree que la religión no ayudaba a resolver los miedos del hombre, porque además como hedonista le interesaba todo lo que le ofrecía la vida con sus permanentes cambios. Aunque le obsesionaba el destino y, por supuesto, la libertad del hombre para poder tomar el camino de vivir su presente, de instante en instante, como así lo afirmaría Jiddu Krishnamurti siglos después [también tauro como Khaayyam].

 

    Por el contrario, no contiene desesperación humana la poesía del místico Hakim Sanai [1070-1150], contemporáneo de Omar Khaayyam, como vemos en su magnífico libro El Jardín Amurallado de la Verdad, porque su panteísmo lo lleva a asumir una entrega absoluta a Dios. Aunque también se nos revelará muy humano cuando le dice al lector que si su empeño fuera ir en busca de una ansiada perla y, tras largo camino y esfuerzo, llegara ante el océano y no la encontrara, que no se decepcione pues al menos ha podido gozar y contemplar la gran hermosura del mar.

 

  Leamos rápido, sin escalofriarnos metafísicos, pero con justeza, este esclarecedor poema de Sanai:

 

El ego es un sirviente en su desfile,

la razón un niño nuevo en su escuela.

¿Qué es la razón en esta posada,

salvo un torcido garabato

de la caligrafía de Dios?

 

 

    Solve et coagula es una reveladora y conocida frase de la alquimia medieval con la que se pretendía dar a entender que nada nuevo se podría construir en nuestras vidas si antes no le hacemos sitio para que entre, deshaciendo lo viejo. Se trataría, en definitiva, de que recordemos la gran metáfora china del cuenco, que con su forma contiene el vacío que habrá de ser llenado. Quizá como el caldero o marmita mística de los taoístas. Todo se mueve, nada quedará en pie, porque la existencia reclama cambios. Así, a la muerte seguirá nueva vida, pero mientras vivimos hemos de dejar lugar a los cambios. 

 

     Recordemos aún otra de las Rubaiiatas de Khayyam que más se acerca al sentir de Sanai:

 

El vasto mundo: un grano de polvo en el espacio.

La vana ciencia de los hombres: palabras.

Pueblos, bestias y las flores de los siete climas: sombras.

El fruto de tu continua meditación: nada.

 

   Lamentamos que en tiempos de los poetas persas Omar Khayyam y Hakim Sanai no existiera aún el cine, pues con el espíritu abierto y cosmopolita de Omar quizá hubiera descubierto el valor profundo de un humor que lo liberara de su angustia vital de la que solo, al parecer, se veía libre a través del buen vino y la Belleza de los cuerpos.

 

    ¿Y puestos ya en esta tesitura de afrontar los cambios con humor, qué mejor ejemplo para mostrar la gran importancia de los dos conceptos primordiales, lo lleno y lo vacío, que visionar por millonésima vez esa magistral secuencia de El camarote de los Hermanos Marx de la película “Una noche en la ópera”?

 

     Ya saben… si aún no se encuentran decididos a afrontar por las buenas los cambios deseados para este verano, intenten verse bien hartos de algo que los incomoda en sus vidas, o… ¡pidan dos huevos duros!...

 

     ¡¡¡O, muac muac, tres!!!

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