Piedras

     © Alberto Omar Walls

 

    Son rocas anónimas, como la mayoría de la gente. En ese sentido, somos rocas anónimas que formamos, sin saber exactamente hasta dónde, un tejido social. Son útiles las rocas por sus grandes propiedades fisicoquímicas o por el poder energético que contienen o por sus elementos químicos, como el petróleo o el carbón.

 

   Pero estas rocas sencillas y sin pretensiones han sido utilizadas para entullecer, para detener el posible embate del mar. Tomé la foto en el sur de la isla. A la derecha hay una playa y a la izquierda, está el mar abierto. Se trata de millones de piedras de mediano tamaño que bien encajadas forman una escollera que posiblemente ayude al encallado de alguna barca. Como las personas en la sociedad están bien encajadas, o encajonadas, según se mire, porque todas ellas están detenidas. Ahí, tan empastadas o compactas, ninguna osará encabritarse, porque de tan sujetas unas con otras parecen encadenadas. Quizá haya rocas más grandes y seguras en primera fila, encabestradas por tanto al enarenado del fondo, encajadas desde la cabeza a los pies en el cabestro que quizá sea alguna argamasa de hormigón armado, oculta y segura. Como para los humanos lo son las costumbres, normas, ideologías y creencias.

 

    Y sorprende comprobar que a pesar de la pasividad estoica, hay belleza en ese estático comportamiento. Ahí, en la foto, las vemos, son simplemente, rocas anónimas…

 

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