Cuando la memoria sangra

     © Alberto Omar Walls

 

  Cuando vio que le sangraba la memoria, se dijo, como si asistiera a una revelación, una vez puesto ahí, el exilio ya no es posible. ¿Quién podría decirlo a ciencia cierta si estaba equivocado o no? Durante casi siempre no supo quién era en realidad. Pudo haberse dicho alguna vez soy una trapera gomera hecha con los desechos de los otros, caso de haber sido sincero consigo mismo. Pero ni lo pensó siquiera.

 

     Es que fue tan raro todo y a veces tan absurdo: le pasó la infancia tan veloz, le descueraron la juventud como si le quitaran la piel a un conejo en una cocina, ¡de un solo golpe!; y le cayó encima la madurez, aparentemente lenta y rebelde, queriéndose imponer sin fuerzas al destino que todo lo cuadraba a su manera. Y en una insípida vejez que duraba, ¿cuánto ya?, que estaba repleta de actos a destiempo, se preguntaba boquiabierto: ¿por qué no se había separado a los tres años de casarse si el amor les duró lo que los deseos?, ¿por qué siguió la carrera universitaria de su padre y su abuelo, si le hubiera gustado ser payaso de circo?, ¿por qué siguió viviendo empecinadamente en la isla de sus exilios? En resumen, ¿por qué le mintió a la Vida… si siempre le dijeron que mentía tan mal?

 

     Sabía que estaba al borde del final, en la penúltima curva de la vida, y miraba hacia el infinito con ese miedo abisal que solo dan las simas insondables. Pero no se había vuelto atrás como tantos otros, jugando al olvido. Por tanto, en esa obligación de vivir la experiencia final, sin saber cómo ni por qué, se descubrió en una revelación primigenia: que ya no era un exiliado o un emigrante de su ser primordial, que ahora descubría, como una sublime inspiración, que la experiencia del último salto duraría lo mismo que todos y cada uno de los actos de su vida pasada: un solo Instante…

 

    Y, además, empezaba a descubrir que él era su propio destino.

 

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