El difícil arte de saber beber

 

     © Alberto Omar Walls

 

    Hasta para beber hay que tener arte. No basta con beber cauto o poco, lo importante es no empinar el codo a lo loco. Lo sabe uno por viejo y no ya por diablo, que de la juventud quien más quien menos ha hecho con sus astillas buenos fuegos en plazas, discotecas, festejos y playas de amanecidas en las carnestolendas.

 

   Eso sí, menos a las puertas de un altar y a punto de casarse...

 

   Hay que disculpar a quien sufre, porque la vida está llena de momentos inoportunos. ¿Quién no ha metido la pata cuando más estiradito estaba y confiaba a pie juntillas de que todo le saldría a pedir de boca? A la hora de celebrar alegrías ostensiblemente y con los camaradas de la farra a nadie le amarga un dulce, aunque, como todos sabemos, por la boca muere el pez y detrás de la demasiada alegría, llega la tristeza. Es cierto que el vino hace decir los secretos pero un beodo inteligente es un loco sobrio, y no pretenderá beber en la fuente del príncipe, ya que el arroz, el pez y el pepino, nacen en agua y mueren en vino.

 

     En fin, costumbre mala, nunca es dejada…

 

    Me estoy refiriendo a algo tan simple como beber en cada momento lo justo. Si quieres rajarte de arriba abajo o perder la consciencia, pues muy bien, tus razones tendrás para ello, pero hombre de Dios no vayas con el buche a tope al bautizo de tu hijo, o cargado como un piojo a la Misa del Gallo de la Navidad, o no bebas más de la cuenta cuando le vayas a decir el sí quiero a tu novia. Si en algo de esto estuvieras, recuerda que quien a la taberna va y viene dos casas mantiene, y que todos sabemos que la bebida moderada es salud para el cuerpo y alegría para el alma.

 

    O también recuerda, al decir de la filosofía popular, que quien mal anda mal acaba…

 

    El novio de esta historia del youtube debería saber que quien no se compromete en nada, disfruta de una paz total… ¿Para qué habrá bebido tanto antes de casarse? ¿Para olvidar las promesas? Por mi parte, al margen de dejar testimonio de esta curiosa y entrañable escena de boda, me gustaría recordar una verdad palmaria: que quien cree que no tiene más que virtudes, no por eso es mucho mejor que aquel que no tiene más que defectos.

 

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