Cuando mi Teide se traviste...

     © Alberto Omar Walls

 

    Cambia. Se transforma y traviste a cualquier hora del día. Asume sus múltiples personalidades con total indiferencia. Aunque siempre nos sorprenda, ninguna es igual. Durante un tiempo lo llamé La dragona. Por su formato o inclinación única, arregostada sobre la dorsal pétrea que recorre de parte a parte la isla, como si fuera un espinazo de animal antediluviano, y por su símbolo femenino. Mírese como se mire ostenta ese magnífico e ineludible o amenazante pecho con un pezón que se proyecta mirando al cielo a miles de metros del nivel mar.

 

    No deja de ser una bobedad hoy día empeñarse en dotarle de una sexualidad al Teide. Pero a veces los símbolos surgen desde las propias formas y, por supuesto desde las utilidades culturales que les concedamos. Si creyéramos que desde su silencioso pezón surge el maná tormentoso que arrasa, pero amplía nuestras tierras, quizá miraríamos su imagen y símbolo como una madre castigadora y propiciadora, según fuera el caso. Yo lo veo muy a menudo, o él/ella me mira a mí, lo cierto es que tengo cientos de fotos de dudosa calidad, hechas con el móvil. Estoy esperando que los reyes magos me regalen una canon y, mientras, sigo con el teléfono en ristre.

 

   Es sólo un símbolo mucho más allá que una amenaza, porque la altitud de nuestro silencioso Teide convierte a Tenerife [Nivaria o Ninguaria] en la décima isla más alta del mundo. Si esto nos importara mucho, quizá lo sabríamos usar, pero estamos tan acostumbrados a nuestro padre Teide que…

 

  Llámese como se le quiera llamar, esta inmensa dragona acostada sobre la dorsal de la isla, también Echeyde, como decían nuestros antepasados, se eleva nada más y nada menos que a sus 3.718 metros sobre el nivel del mar, y a 7.500 metros sobre el lecho oceánico. Por lo que hemos de observarlo con sobrado respeto a sabiendas de que es el pico más alto de España, el de cualquier tierra emergida del Océano Atlántico, y también el tercer mayor volcán de la Tierra desde su base en el lecho oceánico [claro está, después del Mauna Kea y el Mauna Loa, de la isla de Hawái].

 

  Dadas estas tremendas características, ¿por qué habría de extrañarnos que nuestros antepasados, los guanches, le concedieran unos valores propiciadores o intercomunicadores como en muchas mitologías se les conceden a determinados árboles, obeliscos naturales o montañas? ¿Sentir que el Teide es un axis mundi o eje del mundo, sería tan disparado hoy si los propios guanches lo consideraron el espacio donde se refocilaban los adeptos de los infiernos y se llevaban a cabo las terribles luchas entre los dioses?

 

  ¡En absoluto, todo él/ella es tremendamente excepcional se mire por donde se mire! Según nuestra mitología, que alguna tenemos, el demonio del mal, llamado Guayota o Wa-yewta el destructor, tuvo un día la terrible habilidad de secuestrar al Dios de la luz y el sol, el gran Magec. Posiblemente con argucias y mentiras lo condujo al interior del Teide donde él residía con sus diablos, y allí lo encerró dejando a todo el mundo en la oscuridad [me pregunto si esta narración hará referencia a las posibles nubes negras de polvo lávico que deja el cielo a oscuras en medio de una erupción]. Los guanches tuvieron que ir a las más altas instancias espirituales a pedirle clemencia a Achamán, el Dios supremo. Como se verá también eran binarias las creencias, dios del bien y dios del mal, o simplemente yin y yang. El Dios supremo, Achaman, se vio obligado a penetrar hasta el corazón mismo de Echeyde, residencia habitual de Guayota, y luchar encarnizadamente contra él como solo los dioses saben hacerlo.

 

  Tras la lucha, que nunca sabremos lo que duró, Achamán sacó al luminoso Magec de las entrañas de Echeyde y taponó el cráter encerrando antes en su interior a Guayota, con el tapón llamado Pan de Azúcar, el último cono de color blanquecino que corona nuestro santo volcán. Se supone que desde entonces Guayota permanece encerrado en el interior del Teide…

 

  Aquí van algunos pequeños testimonios hechos con el móvil, de Mi Teide diurno, Mi Teide véspero y Mi Teide nocturno…

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