Las voces de los libros y la pasión por la vida

       © Alberto Omar Walls

 

     Todo tiene un genoma, ese plano virtual y minúsculo del edificio que el Arquitecto Cósmico diseñara en nosotros con un destino expresivo para el futuro. Existen los genes culturales, los de las distintas locuras, o los del depredador y tantos miles más, y por supuesto los del habla, el lenguaje, la escritura…. Parece que la evolución no sea tan inocente ni aleatoria. Existirán genes que propicien y justifiquen todas nuestras actitudes y conductas, pero aún somos de los que creemos que la educación y la cultura tienen mucho que hacer en la manipulación e instrucción de nuestros actos. El futuro se conducirá más por la ingeniería médica que por los libros y la educación, aunque nos quedará el placer de la lectura y la fabulación.

 

      ¿Cuántos genes existen en el genoma humano? Ésta era una de las preguntas básicas que se hacían los científicos al principio, y aún ahora no tenemos una respuesta clara. Difícil está aún desentrañar el gran acordeón de nuestro ADN, pues se dice puede haber un máximo de 20.000. Pocos si pensamos que una mosca necesita para vivir sus pocas horas 13.700, un gusano, unos 19.000, el erizo de mar 23.300, el ratón 29.000. Entre los vegetales está la mostaza, que llega hasta los 25.500 genes, o el arroz, que tiene cerca de 50.000.

¡Un profundo misterio la vida!, ¿verdad?

 

      Conocemos por otras voces pasadas. A través de ellas se registran los resúmenes del transcurrir de esta raza bípeda sobre la epidermis de la Tierra. La síntesis de una época pudiera ser un simple aforismo, una sentencia, o un verso único extraído de la genial obra de un gran poeta [así lo creía de su propia obra Jorge Luis Borges]. Lo que queda del pasado será siempre la escultura intangible, de contornos imaginados, de aquellos viejos pensamientos hechos de nuevo voz y palabra: son las mejores formas que tenemos para comunicarnos.

 

     Se sabe que existen dos partes en el cerebro, una que inhibe y la otra que tiende a que nos expresemos creativamente: palabra, voluntad de ser, comunicación, paciencia, solidaridad... Si se rompen las fronteras de lo que nos inhibe, tenderemos a expresarnos con mayor creatividad, y pasaremos a permitir que nos entren las influencias externas. Muchas de estas vienen impresas en los libros o ancladas en las memorias de los más viejos. Aún recuerdo aquellos hermosos cuentos y romances de los atardeceres veraniegos, las puertas abiertas de par en par, la canícula acariciando los torsos sudorosos, y la tarde dejándose caer en brazos de la noche tibia...

 

      Una palabra es suficiente para hacer o deshacer la fortuna de un hombre, nos advierte Sófocles, y en un texto anónimo árabe se afirma que el hombre no puede saltar fuera de su sombra. Más adelante, Newton, deducirá que lo que sabemos es una sola gota de agua y lo que ignoramos es el océano. Y para cuando Einstein nos advierte que si nuestra intención fuera mostrar la verdad, deberíamos hacerlo con sencillez y que debemos dejar la elegancia para el desastre, muchas guerras siguen aún destruyendo etnias y aldeas enteras sin ninguna consideración ni elegancia.

 

     Frases que hacen de eslabones entre los hombres, conforman un hilo invisible que une perlas de vidas. El hilo no se verá jamás, mientras cada perla se mantiene en el aire pareciendo ingrávida, como quien va a ninguna parte, luchando siempre entre la realidad y el deseo con la búsqueda del amor y la pasión. Al fin, puede que sólo la poesía nos salve.

¿Pero de qué? Quizá de la ignorancia… ¿Cuál será el gen que nos salve?

 

     Un amigo utilizaba hace años las conversaciones con taxistas para instruirse con la sabiduría popular. Dejó de hacerlo cuando comprobó varios hechos: que quien conducía deseaba oír la radio a todo volumen, que despotricaba del tráfico, y que esperaba que le informara, quien detrás se sentaba, de algo que lo pudiera distraer. Miraba por el retrovisor como si fuera una pantalla de televisión, esperando que el cliente de turno le entretuviera de su angustia descubriéndole otra realidad más sugerente [recuerden a M. Macluham: Entramos en el futuro retrocediendo].

 

       La cultura no está solo en los libros, pero los libros sí que son imprescindibles para entender las culturas y saborearlas. Todo libro tiene su corazoncito que late silencioso entre la cuarta y quinta intercostales [ahora habría que buscarle el lugar del corazón en los libros electrónicos de Amazon, seguro que todos lo tienen].

 

    Acabemos: no hay libro grande o pequeño, sino libro auténtico, veraz, o hipócrita y advenedizo; pero todos tienen un corazón o espíritu y el afán de que lo amen. Como los humanos, el libro busca ser útil a su lector virtual, desea enamorar para poder darse a través de las palabras y sus voces a manos y páginas llenas…

 

    Como tampoco hay persona grande o pequeña, todo dependerá del observador y con quién comparemos. Recuerdo que fue un martes de Carnaval, un cuatro de marzo del dos mil, en un bar frente a la Ermita del Hermano Pedro en La Escalona de Arona, mi hermano Yamil dijo respecto de alguien a quien vio pasar: ¿Lo ves? Es la manera de llevar el cadáver. Al primer momento, me gustó la metáfora o el símil y le pregunté con la mirada y los hombros. Me aclaró: eso es cuestión ósea, ¿lo ves?, la postura del cuerpo, esa la arrogancia que no le pertenece... Es una manera de llevar el cadáver... Personas que tienen poco que contar, como si estuvieran muertas. Es una manera de adelantar, traer, el futuro al presente. E insistió: como si ya estuvieran muertos…

 

     Claro, entendí que se refería a la falta de amor, compromiso o pasión por algo de la vida. Recuerdo también haber oído a Maharaji decir en una intervención suya que no se debe jamás perder la pasión de la vida; por todo, por lo que se hace.

 

    Por eso insisto aquí en decir que un libro ha de tener corazón y transmitir pasión…

 

 

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