¿Gatito o león?

     © Alberto Omar Walls

 

 

   Recuerdo un relato de Pérez Galdós cuyo personaje comenzaba la mañana mirándose al espejo y comprobando un día, para su espanto, que no tenía cabeza. También me viene a la memoria el caso de un amigo que hace muchos años me comentó que había quitado de su casa todos los espejos. He de hilvanar estas dos premisas con una de las tantas técnicas que aprendí y que se hacía entre espejos: encendías una vela, con lo que la profundida se hacia infinita, y te ponías relajado a mirar tu propio rostro. Al rato de mantener tu propia mirada, ojos con ojos, lógicamente surgían los miedos internos y, si la inquietud era mucha, ya no te atrevías hacer el experimento hasta pasados varios días; y de eso se trataba, reconocerte en tu mismidad más primigenia.

 

     Tengo una fotito muy sencilla, pero que nos abre a múltiples reencuentros. Porque sabemos que no somos tan cobardes como a veces lo hemos sido y nos creemos, ni tan peleones, ni tan crueles, ni tan estúpidos o inteligentes, o astutos, fracasados o trinfadores… Esta foto de aquí, El gatito y el león, la uso solamente para los casos en que me he creido que he llenado el cubo de mi Yin y vaciado las esencias de mi Yang; para hablar más claro, cuando presiento que me falta el coraje que creo he de necesitar para determinadas acciones o, simplemente, para vivir a diario siendo más y más Testigo de mí mismo. También cuando los reaños, que se decía antes, se te han quedado colgados en la percha, o cuando crees que el mundo da demasiadas vueltas a tu alrededor y tú no sabes ya como seguir la noria.

 

   Tengo otras técnicas para navegar, porque mis fallos son muchos, pero mirar esta foto durante media horita, me surte efecto…

 

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