El peso de la duda

     © Alberto Omar Walls

 

   Aunque pudiera parecer lo contrario, los jóvenes esposos vivían aún su luna de miel. El joven Guillermo se había casado con la hermosa Laura apenas un mes atrás y, casi sin saber bien por qué, estaban experimentando su tercera pelea de enamorados. Siempre los mismos asuntos: la carencia de comodidades en la vieja casita de madera y lo lejos que se habían ido a vivir.

 

- Laura, sabes que me gusta después de comer tomarme una tacita de café, al menos una… Pudiera ser que me apeteciera la segunda, pero una sí que me la bebo como si fuera gloria divina.

- ¡Si aquí, en casa de tu abuela, no hay casi de nada! No hemos ido al pueblo a traer provisiones más que una vez en las dos semanas últimas, ¿y todavía quieres que tenga café para ti en la alacena? Ya te dije que no era muy buena idea venirnos tan lejos de todo… De la familia, de los amigos, de la gente, de la ciudad…

- Pero estaba la casita de la abuela libre. Sí, es cierto, está muy cerca del bosque y para ir al pueblo siempre hay que coger el coche o la bicicleta, pero no tenemos que pagar nada por ella. Es como nuestra… ¡en realidad es nuestra, porque me la ha dejado en herencia!

- Te parecerá que no hago nada, pero estoy todo el día liada, que si limpio este suelo o aquel armario grande y profundo… ¡Me da mucho trabajo, Guillermo!

- ¿Pero qué trabajo especial te dará hacer café?

- ¡Tostarlo, Guillermo, eso es lo primero! ¡Y no es nada fácil, no creas…! Luego hay que dejarlo enfriar, más tarde molerlo dejándolo en su punto y luego, hervir agua, y ponerlo a colar… ¿Te parece poco?

- ¡Laura, que estamos en el siglo veintiuno!, ¿por qué me dices eso ahora?

- ¡Pues porque aquí todo está pasado de moda! ¡Me has traído a vivir a un museo! ¿Entiendes lo que te digo?... ¿Es que no me escuchas?

- Pues no te preocupes, mañana será otro día. Pensaremos en una solución y actuaremos…

Guillermo se levantó de la mecedora donde había estado balanceándose y se dirigió lentamente a la puerta de la calle.

- ¿Y adónde vas ahora?

- Voy a salir, Laura –dijo algo meditabundo-. A que me dé el aire un rato…

- Por aquí no hay vecinos, no creas que vas a encontrar quien te ofrezca tu tacita de café… No tardes, porque podríamos acercarnos a la tienduca de Raúl. Pero llévate algo de abrigo, no te vayas a enfriar.

 

   Guillermo arrancó su todo terreno y emprendió el camino a ninguna parte. Salió sin rumbo fijo, sólo para dejar de discutir por algo tan nimio, ¡una simple taza de café! Aunque reconocía que Laura tenía razón, la verdad es que habían sido los dos meses más felices de su vida y eso le confería a la casuca de la abuela un valor intangible que seguro sus hermanos no reconocerían. Ninguno los envidiaban, pero él sabía lo que se perdían. Y es cierto que antes de haberse venido a vivir, debió haberla dotado de lo necesario. Pero, bueno, todo se andará…

 

    Llevaba mucho tiempo que no conducía por el pueblo de los abuelos y era lógico que no reconociera muy bien los caminos, que a veces le parecían haberse trastocados. No había señales ni indicaciones de ninguna clase y, aunque suponía que para las gentes de la comarca no sería un problema, para él ese hecho lo confundía. Ah, sí, le pareció reconocer una roca grande en forma de estrella, la que se mostraba de frente una vez pasada la última curva que conducía al faro del arrecife. ¿Pero qué estaba él haciendo allí, si hubiese preferido acercarse a la tienda del pueblo? ¿Es que había estado conduciendo en dirección contraria? Eso sí que era un fastidio, porque si se volvía para atrás tendría que desandar todo el trecho recorrido; llegar a la bifurcación donde se encontraban los cinco caminos de tierra y luego descubrir cuál llevaba al pueblo. Era temprano aún con lo que no le llevaría mucho tiempo dar con él, pero de pronto se le abrió el paisaje mostrándole el faro de piedra negra al fondo columbrado sobre el acantilado. Claro que al estar dándole vueltas a la cabeza y sin conocer bien el camino, el propio auto le había conducido hasta allí. Paró el motor y se bajó. Recordaba que desde aquel montículo de la derecha era desde donde mejor se divisaba el mar. Dejó el coche bajo los castaños centenarios que recordaba de su niñez en los veraneos, y se dispuso a andar el tramo empinado que le separaba del faro. La costa estaba embravecida y el oleaje bramaba allá abajo. Tanto sería que hasta lo alto llegaban algunas briznas de rocío del agua de mar al romper contra los arrecifes.

- ¿Busca a alguien, joven?

- Oh, perdone, señor, estaba por aquí recordando mis veranos de cuando niño… ¿Sabe?, veníamos mis hermanos y los primos… que éramos en total diez chiquillos, a sentir como se estremecían las rocas rompiendo contra ellas el mar y oír sus rugidos desde aquí arriba.

- El mar no ruge, mozo, habla… Exacto, el mar dice cosas, lo que ocurre es que la mayoría de la gente no escucha, no interpreta las melodías y los ritmos de las olas. Todas las cosas que nos rodean, a poco que nos detengamos, nos hablan. ¿Pero vive usted por aquí?

- No muy cerca; bueno, sí, para usted no será lejos… La verdad es que me extravié.

- No hay casas por los alrededores…

- La mía está como a un par de kilómetros de aquí.

- ¡Ah, entonces usted vive en la casa de madera que está cerca del cruce de la piedra en forma de estrella!

- Exacto, en esa… No llevamos mucho tiempo.

- Soy el farero. ¿Quiere entrar?, estaba haciendo café… Si gustara de tomar una tacita.

- ¡Oh, por supuesto, muchas gracias! Aunque no quisiera molestarle.

- No molesta. Hago suficiente, por si mi hijo columbrara hallar el camino de vuelta…

 

   Una blanca estancia espaciosa abría paso a una escalera de caracol y una puerta de madera. Guillermo siguió al farero que abrió la puerta, dejó que entrara y luego cerró. Dentro encontró una amplia habitación muy acogedora, pues parecía que estuvieran en el salón de una casa del siglo dieciocho, con sus alfombras de grueso pelaje, cómodas de caoba y un espejo grande de estilo neoclásico que dominaba todo el aposento. Lo que la hacía muy singular era no tanto la distribución y la mucha luz que entraba por los ventanales, como los objetos antiguos que la adornaban. Eso maravilló a Guillermo y dijo por lo bajo:

- ¡Qué sitio más hermoso!

- ¿Le gusta?

- Sí, mucho, aunque me recuerda a otro tiempo…

- La decoró mi mujer trayéndose en mil setecientos ochenta todos los utensilios, cómodas, espejos, lámparas, alfombras y tresillos, cuando siendo sus padres aún jóvenes decidieron emigrar a la isla de Cuba, pues allí tenían familia bien acomodada y porque decían que aquí andaba todo el mundo en guerras. ¿Qué le parece?, ¡y veintiocho años después la cosa ha empeorado! Yo digo que la humanidad no tiene arreglo… Pues nos enamoramos siendo aún muy jóvenes y ella, una muchacha de bien, casó temprano con este hombre que usted ve. He hecho de todo en mi vida y he servido con grandes señores, mas terminé aquí hecho un solitario amante del mar. Pero de eso hace ya años, y todo está como debe estar…

 

  Se acercó a una cómoda, tomó dos livianas tazas de porcelana con sus respectivos platos y las colocó sobre una linda mesa rococó, luego se acercó a la cocina que estaba ante la ventana oeste y retiró del fuego un cazo de cobre con agua hirviendo. Guillermo pudo observar que aunque la cocina fuera de carbón y leña, las paredes estaban limpísimas.

- ¿Y su esposa?

- Debe estar por ahí, atendiendo a los animales. Tenemos de todo, gallinas, gansos, liebres… ¡Hasta un corderito estamos criando para cuando llegue la Navidad! A ver si tenemos la suerte de que nuestro hijo pueda venir…

- ¿Dónde está él ahora?

- ¿Ah?, ¿no se lo he comentado?... pues lo llamó la devoción por la patria y los reyes. Se fue a la guerra y no ha vuelto. Tampoco hemos recibido noticias, aunque alguien comentó que estaban luchando en…

- ¿A qué guerra se refiere?

- ¡Pues a la guerra en la piel de nuestro país! ¡Cuál otra iba a ser! ¡Está todo el mundo rompiéndose el pecho en Valencia, Valladolid, en Zaragoza…contra los franceses! ¿Es que usted no se ha enterado?

- Ah, sí, claro…

- ¿No sabe lo de Napoleón?

- Sí, sí… Por supuesto.

 

   Guillermo se cayó del guindo y por prudencia o respeto calló, al tiempo que levantaba la vista a la pared y descubría colgado en ella un calendario impreso en Coruña, donde se podía leer Calendario para las provincias de Galicia y Asturias, correspondiente a el año de 1808. Durante varios minutos no pudo quitar ojo de su lectura y la cifra histórica, hasta que la voz del farero lo obligó a concentrarse en sus palabras.

 

- A ver…, no quiero que se le enfríe. ¿Cuánto de azúcar?

- Perdón, estaba distraído… No, gracias, no tomo azúcar.

- ¿Amargo? Ah, qué curioso, como nuestro hijo… En realidad es como debería beberse. ¿Conoce usted la historia del café?

- Algo, bueno… no mucho.

- Los árabes son los primeros en comercializarlo y custodiarlo para que el mundo no se enterara del embriagador secreto que contenían sus bayas, pero sepa que el primer hallazgo es originario de Abisinia. Y desde ahí pasa a Arabia y a la India, pues los peregrinos musulmanes que viajaban a La Meca tenían en alta estima esta bebida negra tan especial que a todos nos anima el ánimo, calienta el cuerpo y sustituye perfectamente al alcohol.

- Es mi bebida preferida, y este de usted es sin duda el mejor café que he tomado.

- Su madre siempre le decía, hijo mío el azúcar es buena para el cerebro… ¡y mírelo ahora, metido en una guerra de resistencias y escaramuzas para salvarles los pellejos a los reyes, tanto al padre como al hijo! Aunque tuviera de bueno fraguar con sangre joven la identidad de nuestra patria, ¿adónde queda el dolor de los padres?

 

   Le extrañó lo exquisito del sabor amargo del café, cuajado de unos retrogustos que lo transportaron a lugares que jamás había imaginado. Por su mente circularon rápidas y brumosas unas plácidas imágenes que se superponían unas sobre otras.

 

- ¿Un poco más?

- Oh, gracias… está fuera de lo común. Un café que jamás antes había paladeado…

- Yo tuesto con el café unas vainas de cardamomo y luego lo trituro todo, pero cuando lo cuelo en el maguito de gamuza le dejo caer el agua caliente gota a gota… ¡Es todo un arte y cada persona lo hace a su manera! Hubiese querido hervirlos juntos como lo hacen algunos pueblos árabes, pero quizá contenga un sabor muy fuerte para usted. No se lo diga a nadie, pero estas semillitas realzan el sabor del café que trastorna los sentidos, y confiere al final la comprensión de la duda.

- ¿De la duda, dice?

- Sí, quien paladea lo profundo del cardamomo, resuelve las dudas de los sentidos… ¡Ese es mi secreto! Me manda de vez en cuando un saquito mi primo desde Egipto. Tenga, tenga usted, llévese estas pocas semillas en el bolsillo. Pesan muy poco…

- No es necesario, se lo agradezco mucho. Y ahora me he de ir, me espera mi esposa.

- Me gustaría que conociera a mi hijo Guillermo…

- Yo también me llamo Guillermo.

- ¡Ah!, ¿sí? Todos los Guillermos son valientes… A él lo cogió hace seis años, sin esperarlo, el terrible dos de mayo de Madrid. Un buen estudiante. Yo le había conseguido una carta de recomendación para don Agustín Argüelles, pues estuve sirviendo con su padre don José Antonio de Argüelles y Uría, aquí en Asturias. Mi hijo participó valientemente como un madrileño más contra los franceses en el levantamiento popular y, al saber del fusilamiento brutal acaecido al día siguiente, decidió irse a Valencia con otros mozos pues se hablaba que allí se estaban organizando. Pero no sé por dónde anda… ¡Ah, créame, desde aquí las cosas se ven tan distintas! ¿Hace otra tacita?

- No, no… con dos basta. Tendré que irme ya, pues me esperan. ¡Discúlpeme!

 

   Sin más contemplaciones se despidió del farero, corrió hasta el coche, prendió el encendido del motor y salió raudo del lugar. Sin mirar atrás… Mientras volvía, repasaba en su mente la experiencia en el faro de la costa. Llegó a la casa y la expresión que observó en el rostro de Laura no le dejó lugar a dudas de que estaba muy enfadada.

 

- ¿Pero sabes todo el tiempo que te has estado por ahí?

- Se me ha ido volando. Estuve en el faro, y el farero me invitó a tomar un par de tazas de café.

- ¿Tomaste café? ¿Y para qué me molesté en ir al pueblo en bicicleta? Mira, te compré una cafetera italiana y café molido.

- Lo siento, Laura, se me fue el tiempo en un periquete… y, además, me extravié y no sé cuántas cosas más.

- Pero aún no se puede tomar café. Hay que preparar antes la cafetera nueva. Por cierto, ¿de qué farero me hablabas?

- Pues que no sé qué me pasó en la carretera, que me extravié y fui a dar al faro.

- ¿Qué dices? ¡Si ese faro desapareció hace ya más de veinte años! El que le sustituye está un kilómetro más allá, es autónomo y no necesita farero.

- ¿Y tú cómo lo sabes?

- Lo dicen en el folleto de turismo…

- ¡Pues yo estuve en el faro, hablé con el farero y me entretuve tomando con él un exquisito café con cardamomo!

 

  Laura lo miró fijamente, pero con benevolencia y ternura amorosas. Y a Guillermo, en ese preciso momento, le vino a la mente el gesto del farero cuando le dejó caer dentro del bolsillo de su chaqueta un puñadito de semillas de cardamomo. Y dudó, con la fuerza poderosa que el miedo a perder la razón le asalta alguna vez a quien haya entregado para vivir todas sus cartas a la cordura. Y dejó quieta la mano en el aire, sin atreverse a introducirla en el bolsillo, no fuera que allí no hubiera nada que sacar ante la vista de su esposa. No obstante, se quitó la chaqueta y la puso en el respaldo de una silla, dejándola a buen recaudo, que él la pudiera observar desde lejos.

 

- Lo siento, cariño, quizá lo haya soñado todo, ya sabes que cuando no tomo mi tacita de café después de comer, me pongo un poco rarito…

- Y algo impertinente, ¿verdad, mi amor?

- Sí, Laura, cariño, así es…

 

  Más tarde, sin siquiera intentar palpar por fuera la tela del bolsillo, guardó la chaqueta en el fondo del viejo armario de la abuela, sabiendo de antemano que con aquel gesto la estaba condenando a no usarla ni tocarla jamás.

 

 

                        ***

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Comentarios: 8
  • #1

    zenaido hernández (jueves, 11 septiembre 2014 10:28)

    La magia del café "resuelve las dudas de los sentidos". Pienso en el síndrome de abstinencia impuesto a tantos, cuando en años duros de Guerra y consencuencias, se vieron privados de tan exquisita bebida y tuvieron que sustituirla por la achicoria. Luego vendría el cafe venezolano-colombiano, como preciado regalo a las familias que se habían fragmentado por razón de la emigración. Recuerdo verlo en latas, con color grisverdoso y el proceso de tostarlo en la azotea. El olor adelantaba los mejores despertares. El molinillo de madera y manual, luego el eléctrico, el cazo y el calcetín, la innovadora cafetera italiana...
    Ahora, por prescripción y/o moda llegan los cafés de cereales...

  • #2

    Javi Marrero (jueves, 11 septiembre 2014 12:59)

    La historia, como el café... deliciosa. Me ha gustado mucho Alberto. ¡Gracias por el regalo!

  • #3

    Francisco (jueves, 11 septiembre 2014 22:16)

    Gracias por estos momentos de placer donde se saborea el ingenio expresado de forma sencilla y misteriosa, dejando elucubrar intensamente al lector ante una historia pura como el café sin azúcar y bella como la mujer amada...

  • #4

    Alberto Omar Walls (viernes, 12 septiembre 2014 14:47)

    Gracias amigos, por vuestros comentarios y estar en el territorio de la lectura, además de hacer de lo labor del escritor (¡ustedes lo saben bien!) un camino de ida y vuelta. Con mis abrazos más afectivos, Alberto.

  • #5

    Javier (viernes, 12 septiembre 2014 23:06)

    Ayyyyyy! Esa Laurita, tan presente siempre... Y tan adulta ya! Enhorabuena, Bertito.

  • #6

    Alberto (sábado, 13 septiembre 2014 02:08)

    Jajaja, ¡qué gracioso eres, Medi, y qué razón tienes! Para mí, después de haber impartido Literatura del Siglo de Oro, comprendí que los nombres de los personajes están al servicio del autor, por sus símbolos o referencias, y serán siempre nuestros fieles compañeros a lo largo de los muchos escritos. Como sabes, yo tengo la costumbre de usar algunos que fonéticamente me suenan mejor, de manera constante o pertinaz, así es el caso de la insistente Laura, sobre todo para salirme de esos nombres que usaba tanto Lope de Vega como cualquier otro de su época; fueran las Aurora, Leonor,Inés y los menos agraciados nombres para hoy día, como Casandra, Lucinda, Porcia o Serafina. Eran nombres que se le encasquetaba a la gran pléyade multicolor de tipologías femeninas que, al decir de algunos personajes, había en la época. Así podremos deducir e imaginar los muchos nombres de mujeres posibles por unos versos que el pícaro, y machista, Tello decía:
    habiendo treinta mundos de mujeres:
    morenas, pelirrubias, gordas, flacas,
    unas mudas de lengua, otras urracas,
    discretas, mentecatas, bachilleras,
    airosas en las burlas y en las veras;
    hay enanas, hay largas como trampa,
    unas con pie de apóstol, consoladas
    del ponleví que imprime poca estampa,
    y otras, que vez pudieran de arrancadas
    traer las zapatillas,
    hay lazara mujeres de amarillas,
    que salen del sepulcro de las camas,
    y otras, que de clavel parecen ramas;
    hay romas, hay pioquintas,
    unas que se contentan con dos cintas,
    y otras como tarascas de dineros,
    que engullen mayorazgos por sombreros;
    unas piadosas, y otras socarronas,
    tales severas, tales juguetonas;
    unas mudables por andar más frescas,
    y otras firmes de amor como tudescas
    pero en siendo mujeres, sean morenas,
    sean blancas o no, todas son buenas.

  • #7

    Patricia (viernes, 03 octubre 2014 00:06)

    Me ha encantado!
    Gracias por tan hermoso regalo para mis sentidos.
    Ha sido como un descanso dominical para mi mente.
    Muchos éxitos! :D

  • #8

    Alberto Omar Walls (viernes, 03 octubre 2014 01:01)

    Muchas gracias a tí, por leerme, Patricia. Es decir, por leer mis escritos. Y me alegro mucho de haber podido contribuir a que tu mente parara un poquito del estrés diario de la vida. Es un gran piropo y te lo agradezco de corazón. Para un apartado escritor de provincia ultraperiférica contar con un buen lector como tú, es todo un lujo. De nuevo, gracias. :D