Ángeles negros

    © Alberto Omar Walls

 

    Hadi estaba que se caía de sueño. De verdad que no podía más. Sentía molidas sus carnes. Estuvo todo el día de aquí para allá fregando suelos, haciendo la comida y cuidando a Jorgito que amenazaba cada dos por tres con salirse de la cuna y caerse al suelo. Por eso, cuando la niña Lucita le pidió que le contara un cuento, se echó a llorar con total desconsuelo. Era lo último que hubiese esperado que le pidieran, que contara un cuento. ¿Cómo iba a estar ella para cuentos, si ya no creía en nada ni nadie?

 

- Cuéntame un cuento, anda cuéntamelo, y me quedaré calladita.

- ¿Un cuento sobre qué cosa? ¿A cuento de qué empezar ahora con un cuento? ¡Imaginas que estoy para cuentos...!

 

    Además, Hadi ya no se acordaba de ningún cuento. Mientras lloraba con lágrimas silenciosas, seguía oyendo a Lucita insistirle en que le contara un cuento, que le daba lo mismo el que fuera o lo que ella hiciera con cualquier cuento… Angustiada miró hacia la ventana y se sorprendió de ver a un muchachito muy pequeño, con su carita negra y reluciente, que de detrás de los cristales le hacía múltiples muecas. Tanta carantoña la hizo reír a carcajadas. Nunca antes había conocido a ningún muchacho con tamaño desparpajo ni capacidad para hacer reír sin hablar. En un momento dado, él le hizo señas para que se le acercara hasta la ventana. Después de dejar de llorar, le sobrevino la extrañeza. Dudó si llegarse hasta los cristales de la ventana o frotarse los ojos para obligarlo a desaparecer, pero un impulso la hizo levantar de la sillita donde había estado sentada y anduvo cuatro pasos hasta ponerse bien cerca de aquel muchachito menudo. De verdad que era pequeñito y frágil.

 

   Cuando Hadi, llena de curiosidad, se decidió a abrir la ventana, el muchacho de la cara tan simpática había desaparecido. En su lugar se proyectaba más allá del hueco de la ventana la imagen de uno de los mantos más hermosos que le había visto antes a la noche. Miles de estrellas brillaban con rutilantes destellos sobre el fondo oscuro e inmenso del cielo nocturno. Volvió el rostro hacia atrás para contarle a la niña Lucita el descubrimiento que había hecho, pero observó que se hallaba recostada sobre la colcha de la cama y parecía haberse dormido.

 

    Entonces le sobrevino el recuerdo de una pequeña historia que le había contado su abuela Fata, y que a ella le contaron cuando era niña y vivía en la región de Thies, allá en Senegal. A su abuela Fata se la contó el viejo Benoit, uno de los más conocidos griots que tocaban la cora y contaban los cuentos en su bella lengua wolof. El cuento decía que algunas noches salían ángeles para salvar a las jóvernes de sus penas y melancolías del corazón, o para dormir a aquellas que no tienen sueño, o también para equivocarles los caminos a las gentes malas metiéndolas en un laberinto del que no pueden salir; pero que sólo son capaces de verlos aquellas seres que aún conservan la mirada limpia.

 

    El haberse detenido en el recuerdo de la abuela Fata, de su pueblo y lo mal que lo estaban pasando todos, la hizo de nuevo llorar, pero sintió que ya no estaba sola, que no había desconsuelo en su pecho, pues quiso imaginar que cada una de aquellas lucecitas que se proyectaban en el firmamento eran otros tantos angelitos que cualquier noche de estas, si se sentía demasiado triste, podían tocarle en su ventana y hacerla reír con sus gracias y alegrías.

 

    Cerró con mucho respeto la ventana y dejó del otro lado, en los dominios de la noche, el valor de la evocación a través de los cuentos. Comprendió el gran poder de aprendizaje que tienen los cuentos en el territorio de los niños y se prometió contarle aquel mismo cuento al día siguiente a la niña Lucita. Después de haber metido entre las sábanas el cuerpo dormidito de la niña, apagó la luz y cerró la puerta de la habitación.

 

    Supo entonces que miles de estrellas-angelitos estaban en el cielo pendientes de ella. Y escuchó dentro de sí, mientras bebía un vaso de su refresco favorito azucarado y con mucha vainilla, hecho con pétalos de la flor del bisaps rojo, que algún viejo grióts en la noche senegalesa tañía el cora acompañando su hermoso cántico melancólico. Y que no era otra cosa que uno de los cuentos que aligeran los pesados sueños de todos los niños que sufren en el mundo, y también los de las jóvenes negras que están fuera de su país y creen que han olvidado cantar y contar historias...

 

                                      ***

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