Sentir la vida

    © Alberto Omar Walls

 

    Me desperté esa mañana obsesionado por un ciego temor de lo cotidiano y pensando en las desgracias recientes de dos amigos, pues a uno le cayó encima una nevera de una mudanza cuando volvía del Juzgado de preparar los documentos para casarse, y al día siguiente, el otro, que se dirigía en busca de la comitiva para enterrar al primero, sufrió un accidente de circulación. Yo había acabado de desayunarme y miraba por la ventana sin querer ver nada concreto, sólo mirar, pero cavilaba sobre los hechos extraños, en lo difícil de vivir por encima de las limitaciones propias y de que cada día se complican más los aprendizajes, las competencias y salvar la vida entera o los pedazos de ella.

 

    Lo que ocurrió fue tan rápido que tardé en darme cuenta de lo que había visto. Observaba a lo lejos para descansar mi deprimida piel sobre el repecho del monte, y porque también necesitaba mirar a ninguna parte para que los sueños vanos no hallaran anclaje en la percha del ánimo, cuando el vecino estaba ya abajo sacando el auto del garaje. Mientras recogía la mesa de la cocina oí el encendido del coche, pero también escuché un extraño graznido impropio en los pájaros del vecindario, pero no le di importancia. Volví a la ventana y fui sacado de mi mirar embobado en el monte por la evolución rápida de algo menudo y ágil que saltaba, desde el borde de la azotea de la casa de enfrente, hasta la calle. Me alongué y vi un gorrión que caído daba aletazos contra el asfalto con deseos de retomar el vuelo. Era muy pequeño para subir sin ayuda aquella casa abandonada y elevarse luego hasta su nido del árbol situado en el patio interior.

 

    Constaté el hecho, pero aún no tomaba conciencia de lo que veía. El coche había arrancado y los ocupantes esperaban por partir a que el más pequeño de la casa volviera de fechar el garaje. Sólo por curiosidad, sin cerrar el grifo del agua, ni quitarme el delantal, volví a la ventana. Estaba aún allí, en el suelo, y cada vez más cerca del auto encendido.

 

    Vi que bajaba la acera de un pequeño saltito y comenzaba a caminar muy ufano y confiado por debajo del coche. Algo vibró al instante en mi pecho y se transformó en energía violenta. Le grité. Su peligro me lanzó fuera de mí. Sin saber por qué estaba decidido, a cualquier precio, a salvar la vida de aquel inocente ser que aún no había aprendido a volar. Grité de nuevo, pero los del coche no entendieron qué les decía y ni siquiera el porqué de tanto alboroto.

 

   Decidí ir a la calle. Olvidado de todo, corrí las escaleras abajo y detuve a los vecinos en el momento preciso que la máquina se echaba a andar. Pero el pajarillo no estaba allí. Les expliqué lo que pasaba y creyeron que los embromaba. Me tiré al asfalto de rodillas e indagué bajo el auto por si podía descubrirlo. Y lo divisé en el interior de la rueda delantera, pero todo negro, embarrado de hollín. Les pedí que por fin pararan el motor. Entre risas y aspavientos lo hicieron, y empecé a darle pequeños golpes con el puño de la mano a la rueda para que saliera por el lado contrario. Surgió al fin y voló, como si fuera un cangurito, dando pequeños saltos hasta la otra acera. Comencé entonces la destartalada tarea de correr a agarrar una cosa negra con pico que, dando trompicones, huía desesperado de mis manos.

 

   Pero lo atrapé y nuevamente grité, pero de alegría. Lo había salvado de morir, y al punto se me planteó la duda de cómo llevarlo hasta el árbol que se hallaba en el patio de la casa. Los del coche echaron a andar y me dejaron en mis cosas. Picoteándome la piel, ajeno a mis preocupaciones, el pequeño ser seguía rebelándose inquieto en el interior de mi puño. Recordé el viejo cuento de mi infancia en que alguien arrojaba al aire un pájaro haciéndolo pasar por piedra. Aunque este otro no fuera el caso, la similitud era evidente. Lo aventé contra el cielo y llegó hasta la azotea de la casa vecina, cerrada desde hacía tiempo. Subí a la mía y comencé a espiarle su pueril actividad, pues piaba y se movía a saltitos, yendo y viniendo, preso de la visión de su punto de vista, enloquecido de ignorancia, atrapado en un corto destino de plumas y hollín.

 

   Ellos debieron reconocer su estridente voz, ya que una pareja de adultos voló a su encuentro. Oí el amoroso orquestado de los piidos de los padres y su hijuelo. ¿Le estarían diciendo que le estaba bien empleado sentir ese susto para que no volviera a salirse antes de tiempo del nido, o aquí estamos, pase lo que pase, junto a ti? Miré el reloj y supe que había perdido la mañana, pero decidí seguir ayudando por entero a aquel niñato y de eso yo tenía que ser testigo. Estaba la bola ennegrecida andando de un lado para otro sin la posibilidad de elevar el vuelo, mientras más arriba, en las ramas o en el aire, se balanceaba la pareja de gorriones que piaban al unísono instruyéndolo en las clases del impulso y el remontar sobre el camino del crecimiento.

 

    Descubrí un cable de acero en la azotea por el que seguro, con el mínimo esfuerzo, podría ascender. Y se lo dije a gritos, pero ni me oyó y ni sabría qué cosa era un cable. Recordé que había dejado la llave del agua abierta y corrí a la casa temiendo que el piso estuviera ya inundado, sin embargo todo estaba en orden. Apresurado, dándome golpes en los brazos contra los malditos pomos de las puertas, pude cerrar el grifo y quitarme el delantal que se había hecho un nudo imposible de deshacer. Cuando volví, los representantes de mi temor de lo cotidiano habían desaparecido. Solo quedaba la presencia vacía de una lejana calma, semejante a la que deviene después de una tormenta. La calle enmudeció con la presencia de un sol nuevo y rutilante que me reveló la fotografía de esa mañana entregada a un pequeño ser que poseía, como media de vida previsible, algunas pocas horas.

 

   Sin poder verlos, y sin saber por dónde volarían, saqué los brazos bastante afuera de la ventana abierta y me puse a aplaudirles.

 

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