Gente de una mano


    © Alberto Omar Walls



      Lo hacemos casi todo con dos manos, con el yin y el yang. A veces con la fuerza junto a la diplomacia; con la mano de hierro pero bien forrada de guante blanco; y, como hoy se entiende, con los acuerdos, los pactos, las negociaciones, el diálogo y la comunicación… Y, sobre todo, adelantándonos a los acontecimientos. El mayor problema de gobernar, ya lo sabemos todos, es que se alejan los gobernantes de la gente, acabando por creerse que gobiernan en su casa y para quienes les deben pleitesía, adulación y obediencia.


     Al margen de las corruptelas, ni escuchan, ni oyen, ni ven, ni sienten… a las gentes.


    Mientras se gobierna a la gente, no hay nada seguro. Porque vivimos sobre el volcán de lo eventual, posible-imposible, azaroso-improvisado, probable-improbable, circunstancial-aventurado. Y no se puede gobernar a la gente solo con una biblia constitucional y jurídica en la mano, sobre todo cuando de manera accidental o imprevista le surge al gobernante gente que quiere cambiar las rutas de navegación comunitaria.


    Sabemos, por dolosa experiencia, que hay diri-gentes que no entienden de economía y por eso pierden elecciones; pero aún los hay que, como indi-gentes, se pasan el tiempo con la mano pedigüeña levantada empecinados, intransi-gentes, en modelos anticuados…


     En síntesis: está claro que a la derecha le falta mano izquierda, porque no está preparada para solucionar cualquier tipo de circunstancia contin-gente por sí sola. Y es que con una mano…


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