Observar cómo se va...


           © Alberto Omar Walls

 

       No espero que me entiendas, porque solo pretenda observar cómo se va el último día del año 2014. No quiero hacer balance, ni falta que hace. Ni de mi vida, ni de la vida de los otros. Tampoco me detendré en levantar acta de su día a día de podredumbres, ni de las margaritas que hayan surgido en medio del estiércol. Porque así han sido siempre las cosas en el territorio de lo humano: de la destrucción surge la nueva vida.

 

      Bueno, he venido hoy a recordar que no hay nada inmóvil, quieto o detenido… por eso es necesario observar de continuo. Observar, no analizar, y dejar pasar sin examinar. Porque cada vez que examinamos nos volvemos enjuiciadores. Por eso no me gusta ser jurado de ningún premio literario. Lo he hecho algunas veces por compromiso y, supongo, que en casos donde para nada se arriesgaba la sensibilidad de nadie. Aunque nunca lo sabré con exactitud…

 

    En realidad estoy hablando de esa tendencia de nuestra inteligencia que propende siempre a dividir, a separar lo supuestamente bueno de lo que creyó como malo. Enjuiciar es uno de los peores errores que cometemos desde que somos niños, porque es de las primeras ideas que se empeñan en enseñarnos. Cuando el niño dice su primer ¡NO! a voz en grito, está decidiendo lo que exige de sus padres, aprendiendo con ello a escoger directamente el camino de su placer. No sabrá por qué elige una cosa u otra, pero su tremenda voz de negación le llega desde el miedo que sienten los grandes maestros de las dependencias y la manipulación, sus propios progenitores. No diré nada del cariño surgido de los sentimientos primigenios, sino que es preferible menos babosería y más conciencia. Es difícil educar, pero la palabra ¡no! es de lo primero que escucha el ser que se asoma peligrosamente al borde de la cuna; y por eso la aprende y la repite…

 

      Es decir, cada vez que enjuiciamos a otro nos hacemos más dependientes del rechazado aspecto que le afeamos. Ser consciente de una situación no implica ningún vínculo. Es decir, ser observador de un conflicto de manera instantánea no crea dependencia; solo se acabará dependiendo en cuanto uno se mete a enjuiciar, que jamás será un proceso objetivo. Porque lo objetivo no existe, es inaprehensible, como el hipokeimenon de los griegos antiguos o aquello de lo esencial, permanece invisible a los ojos [como le hizo decir al Zorro el gran Antoine de Saint-Exupéry en El Principito].

 

      Es preferible sentir la compasión en el corazón, pues cuando ahí metes al ego con sus atributos pronto entrarán en juego el orgullo, la ira, el odio u otras lindezas.

 

       Pero si se vive en este mundo, no se debe pasar de todo y, ni siquiera, dejar de tener una voz o mirada críticas sobre la realidad; claro, no se trata de hacerse el tonto y dejar que todo ocurra o nos pase por encima como un rodillo. Mas también es cierto que cuando nos dedicamos solo a alimentar críticas y perfeccionismos, nunca se estará en paz. Observa que si buscas la paz no debes huir de ella. ¿Quién sabe cuál es su misión en la vida?  


     Observa, obsérvate; observa a quien observa…


     Piénsalo detenidamente: se puede observar algo con atención, pero sin intentar cambiarlo. Puedes estar atenta, observando sin ojos enfermos por la crítica, pero sí lo habrás de hacer mirando mientras comprendes los hechos desde una investigación total. Entonces puede surgir la luz de la observación.

 

    Con la inteligencia y nuestras condicionadas facultades no se puede crear un orden válido en medio del desorden, que la propia mente ha ido creando desde la infancia. Mirarse la mente a sí misma, sin ningún esfuerzo, sin nada que hacer, sin nada que enjuiciar ni nada que examinar, sin la obligación de justificar lo injustificable, ni culpabilizar a otros por nuestras fantasías u horribles pesadillas de vida.

Simplemente, observar.

 

      Vivir observando la vida, no solo aquello que crees externo a ti, sino observar los propios actos, sabiendo a tiempo descalificarlos o aceptarlos, pero sin estridencias ni culpabilidades… antes de que ellos se te vuelvan en contra y te posean y acaparen. Pero atento a cómo se robustece la Conciencia.  Uf, es de las cosas más difíciles que hay, esto de irse construyendo uno día a día la Conciencia que no engaña nunca: la que te mantiene despierto y observa al observador y lo observado. ¡Qué extraño!, ¿verdad?, ¡mantener la quietud y la observación en medio del caos que nos rodea!

 

     Hay quienes ahogaron su conciencia en la bañera ya desde niños. Y si presintieras que la has matado, has de re-crearte otra, porque el humano tiene el don de la creación; siempre ha sido así. Cierto que muchos de nuestros actos están condicionados no solo por las influencias culturales y de educación, sino también por esas leyes invisibles que nos localizan desde el infinito y que las llaman karmáticas o registros akhásicos. Pero hay que seguir trabajándose como si nada de todo eso existiera. Porque en la ley general de la vida, está la acción como capacidad primordial, el Actuar en cada momento, y la renovación. Cuando actúas, te mueves, y si te mueves, todo cambia… ¡Observemos ese detalle!

 

     Último día del año, y siguen cayendo los granos de cada instante con la parsimonia infinita que caracteriza la gran paciencia cósmica. Ahora cierro los ojos y veo en mi interior algo que se parece a la nebulosa aquella que explosionó antes del big-bang y que diera lugar a este mundo. No hay ahí emociones ni recuerdos, solo un simple estar siendo. Ahora se trata de ser consciente y observar cómo se van las últimas horas del año… Ah, y respirar, claro está. 

 

 

 

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