Una perla


           © Alberto Omar Walls

 

       Claro está que los libros, por mucho que lo intentaran, no podrían darte el conocimiento que crees hoy necesitar. Por otro lado, los escritores no podemos dejar de escribir, aunque sepamos que eso que quizá busques conseguir no va a depender de nosotros. Recuerda, no salvan de nada los libros, pero son unos fantásticos acompañantes para el viaje de la Vida. También pudiera ser que la auténtica perla que buscas, esté dentro de ti…


Casi todos los seres somos instrumentos, inspiradores o protagonistas de las ideas, la comunicación, y la recepción de extensos conocimientos que están en el inconsciente colectivo. Cierto que Freud y Jung les dieron un gran vuelco a la manera de mirar todas las cosas por dentro: tu propia psiquis dolorida, la familia y sus limitaciones, los pueblos y sus destinos, los movimientos migratorios buscadores del placer…. Ayer mismo recordaba con Marcela que de vez en cuando vuelvo a leer determinados libros: El Principito de  Antoine de Saint-Exupéry, le dije, por ejemplo, tiene guardadas enseñanzas para quien lo relea de manera metafórica. Solo desgranando las primeras capas de las apariencias se puede entender en toda su dimensión. Cada vez que lo relees, aparecen nuevos o ignotos contenidos que se te habían ocultado. Igual ocurre con muchos otros libros sustanciosos que, como comidas exquisitas, te graban el paladar con un bouquet especial que se te revivirá siempre que los releas.


Un sabor añoso situado en la memoria a veces tiene más valor que todo un cúmulo de conceptos y palabras. Si lo dudas, recordemos juntos al gran Marcel Proust que escribió su maravillosa saga A la búsqueda del tiempo perdido entre 1908 y 1922 utilizando uno de los sentidos kinestésicos más atávicos del hombre, cuando paladeaba el sabor de una magdalena mojada en el té. Ahí, el recuerdo involuntario junto con el sabor guardado en la memoria infantil, jugó un papel demiúrgico o mágico, inmerso en el autohipnotismo, que le permitió luego escribir toda su extensa obra. Desde ese encuentro mental de sensaciones gustativas, fue extrayendo Proust toda una pléyade de escritos que componen sus siete libros magistrales. Recuerdo aún que en 1968 leía con suma admiración a Proust en español, mientras mi amigo Aurelio Pérez Giralda lo hacía en francés. Por aquella fecha, él aún andaba por la isla y se preparaba para entrar en la carrera diplomática. Para mí era admirable que él pudiera leer la obra en el idioma que había sido creada, y, andando aún en el recuerdo, él, Aurelio, me ayudaba en esas fechas con la puesta en escena de mi libérrima versión del Don Juan Tenorio de Zorrilla, en la que me atreví a interpretar a doña Brígida, bastantes años antes que don Ismael Merlo hiciera de Bernarda [1976] en La casa de Bernarda Alba de García Lorca.

            Al parecer, me toca la época de volver sobre viejas lecturas, y cada vez que lo hago, experimento nuevos sabores; paradójico, ¿verdad? Otro libro mágico, sublime, este, compuesto de poemas místicos, titulado El jardín amurallado de la verdad, que el poeta persa Hakim Sanai escribiera en el siglo XII. Termino con una estrofa del poemario, pues bien me vale para poner en el frontispicio del comienzo de todo nuevo proyecto de existencia cuando, a diario, te echas a andar en busca de lo ansiado:

Si deseas una perla,

debes abandonar el desierto,

vagar en busca del mar,

y, aunque nunca encuentres la brillante perla,

habrás llegado a conocer qué es el agua.

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