Los límites del personaje

© Alberto Omar Walls

 

Quizá alguien se está doliendo ahora mismo de estar vivo. No se aprende así como así, sino practicando. Día a día, hora a hora, hay que mantenerse con los ojos bien abiertos, para que no te llegue el embustero por la puerta de atrás y te haga caer de nuevo en la desesperación. Yo les digo a mis personajes que se dejen de protestar y que vivan sus vidas con dignidad. Pero, como en nuestro caso, cuando parece que no se ha nacido como personaje, lo mejor es entregarse a indagar qué puntos positivos tienes en tu haber, para luchar o equilibrarte, y con cuántos otros, negativos, vienes o usas en tu contra.  


-       Yo no lo sabía...- es la expresión normal con lo que protesta un personaje.

 

Son como niños, aunque, la verdad, es que… como nosotros estamos improvisando a cada rato, minuto a minuto, y no conocemos el guión escrito de nuestras vidas, entendemos que un personaje proteste. Qué interesante, ¿verdad?: algunos personajes se esfuerzan en tenerlo todo controlado y previsto, pero siempre les falla lo más nimio. En eso se parecen a veces a los humanos. Un personaje está hecho de carnes de drama, tragedia o comedia y de esos límites no puede salirse; a lo sumo quejarse, dolerse, hasta protestar airado contra la mano que lo creó. De acuerdo que nos parecemos a veces, pero da la impresión de que nunca será lo mismo... Un personaje está aferrado, sin saberlo, al binomio acción-reacción; y en el humano no siempre un acto realizado ha de devenir necesariamente en un efecto o una reacción conocidos de antemano.

 

Se dice que el humano puede intervenir con su voluntad en los resultados de sus actos, pero hay que reconocer que cuando la vida se le transforma en un viejo hábito se comportará como un personaje. Un ser humano que actúe espontáneamente, dará respuestas; y cuando actuamos con los viejos hábitos o patrones, nos adentramos en el terreno donde pervive el modelo de reacción tipo personajes de ficción.

 

Cuando estamos mecanizados, habituados a nuestras reacciones y hábitos, nos comportamos como unos personajes de novelas, ya que, como ellos, no se puede, ni se sabe, salir solos de la zona de ficción. A veces nos empeñamos en hacer de nuestra vida lo que le correspondería a un personaje, que no puede escapar de los límites de un libro, de unas simples páginas impresas. Como escritor de otras vidas de papel, cuando observo que un personaje se da cuenta de que podría ser libre, le abro la puerta de mi estudio y lo echo a la vida, lo expulso de la zona de confort que le proporciona lo reconocible de su historia que he redactado de principio a fin. Si ha aprendido a tomar decisiones por sí mismo, lógicamente ese personaje, como tal, ya no me vale, porque con su propuesta comprendo que no quiere ser escrito por otro, pues ha escogido el riesgo del azar y las contingencias. Ha entrado por sí mismo en el territorio donde se improvisa de instante en instante y, aunque conlleva sus muchos riesgos, comprendo que es una de las decisiones más gratificantes que se pueden adoptar. Lo observo mientras se aleja de mí, y me pongo a jugar a los dados, o al ajedrez, con otros personajes y otros dramas, mientras reflexiono sobre el extraño milagro de la voluntad de ser…

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