Los intelecturales en la política

 

© Alberto Omar Walls

 

Estuve viendo algunos reportajes sobre los tremendos desajustes sociales, y me acosté con la obsesiva sensación de que un viento de intranquilidad reinaba en el mundo. Aunque caí rendido en las cama, mi mente no paraba de trabajar. Estaban reunidos en la misma mesa, y yo, en esos momentos, les escanciaba vino en sus copas. Ni siquiera era un buen sumiller, solo sabía que estaba allí y tenía la extraña fortuna de poder oírlos departir amigablemente sobre tantos asuntos.

-     Quien procura asegurar el bienestar ajeno, ya tiene asegurado el propio.

Eso dijo Confucio, mientras me observaba derramarle el líquido color de rubí en su copa, por lo que creí que estaría hablando de política. Buda, con una sonrisa placentera e infantil, aseveró que Uno de los peores  recursos del vivir diario es aferrarse a la ira, pues la ira es como agarrar en la mano un carbón encendido para tirárselo a otra persona, y quien eso hace termina quemándose. Y esa lucha no es nada inteligente…

Al pasar al lado de Sócrates me incliné para preguntarle si quería vino en su copa, pues la hallé vacía, y me señaló afirmativamente con un simple gesto de la mano, mientras siguió hablando en total armonía, diciendo:

-       Sólo el conocimiento que llega desde dentro es el verdadero conocimiento. El malo lo es por ignorancia, y por tanto se cura de ello con la sabiduría. Se sabe que el orgullo divide a los hombres, la humildad los une…

-       El más elevado tipo de hombre es el que obra antes de hablar, y practica lo que profesa –dijo Confucio, como si hablara consigo mismo, pero mirándome a los ojos mientras le llenaba la copa, por lo que derramé parte de vino sobre la mesa.

 

Desde el otro lado de la mesa, Lao Tsé me hizo un gesto para que fuera a verter vino rojo en su copa ambarina, por eso pude oírle decir muy suavemente a Beethoven, que lo tenía a su lado:

-          El sabio no enseña con palabras, sino con actos.

-          Estoy de acuerdo, Maestro, yo nunca rompo el silencio si no es para mejorarlo – le respondió el creador de la sinfonía Coral.

Interpuso Aristóteles su mano diestra sobre la copa, impidiéndome que le escanciara vino, y un tanto severo, comentó:

-    La inteligencia consiste no sólo en el conocimiento, sino también en la destreza de aplicar los conocimientos en la práctica…

-        Pero no se puede enseñar nada a un hombre, sólo se le puede ayudar a descubrirlo en su interior -comentó con rictus de decepción Galileo.

 

Había cenado berberechos y visionado aquellos tremendos reportajes de conflictos e injusticias, era lógico que tuviera una pesadilla, por eso, cuando me desperté sobresaltado lo primero que hice fue ir a la cocina a tomarme un vaso de agua con una punta de bicarbonato bien disuelto. Como ya estaba insomne, me senté a cavilar sobre el extraño sueño en el que reuní alrededor de una misma mesa a Buda, Lao Tsé, Confucio, Sócrates, Aristóteles, Galileo Galilei, Beethoven… y alguno más habría, pues muchas eran las figuras o contornos que aún se sostenían en mi memoria. De lo oído, mientras ejercía de sumiller, me rebotaba en el recuerdo con eco persistente lo que creí oírle decir al austero y equilibrado Aristóteles, respecto de la puesta en uso de la inteligencia humana. Pues de ese asunto tan delicado discutían. Por eso, viendo perdida la noche y clarear el día, me senté a escribir sobre el papel del intelectual en nuestra sociedad actual...


El término intelectual deriva del latino interlego o intellego, que quiere decir leo entre o distingo. Su símbolo más evidente, emparentándose con la razón y el intelecto en la Antigüedad clásica [siglos V a. C. al siglo II d. C.], se halla en Esquilo, en su Prometeo encadenado, de autoría aún en discusión, donde se muestra que, al parecer, el titán, cometió un gran error con Jupiter al beneficiarnos a los mortales con la capacidad o virtud del percatarse distinguiendo, conduciéndonos a la posibilidad de dominar lo bestial del hombre y sus emociones desatadas en el ejercicio fluctuante de su propia vida; por eso Prometeo dijo: A los torpes di la razón y la fuerza de espíritu..., ya que de otro modo no veían con los ojos abiertos, no percibían lo oído, semejantes a los fantasmas del sueño.

 

Nos regaló Prometeo, con demostrada clemencia y generosidad, la posibilidad de ejercernos y controlarnos con la razón y el intelecto y expresarnos a través del logos, el Verbo. Ya desde el Renacimiento apuesta Occidente por utilizar estas virtudes prometeas en haras de la renovación, acrecentando la conciencia espiritual junto al desarrollo científico, lo que sin duda facultó el gran despegue comercial. No obstante este esfuerzo de superación y perfeccionamiento se desvía y, los humanos, acabamos cayendo en una de las grandes paradojas que el dramaturgo Dürremant planteó en su drama Los físicos. Porque uno de los primeros grandes fracasos de nuestra clase intelectual, tanto de los científicos como los pensadores, junto a los políticos, se produjo con la terrible experiencia del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero sumemos paradojas: ese terrorífico acto de creación científica utilizada en la Segunda Guerra, catapultó hasta la máxima potencia el prestigio económico y social de los científicos e intelectuales.

Ah, un viento de gran intranquilidad rodea al mundo desde hace años…

 

Pero entremos en nuestro país y veamos referirnos a sus claves: cuando en 1898 muere Ángel Ganivet, y nacen Federico García Lorca y Bertold Brecht [los recordaremos después por La Barraca y el Berliner Ensemble], se produce en lo español el cambio a una nueva era, y si tomamos como base el desastre colonial, se comienza a gestar en lo internacional una bancarrota que determinó la primera Gran Guerra del pasado siglo XX. Continuando con las paradojas, y si tomamos las dos excelsas referencias de Lorca y Brecht, tendremos que reconocer, por un lado, el amplio margen de tiempo que la sociedad se tomó para robustecer las personalidades de sus artistas e intelectuales, además de propiciar, cayendo en el mundo de las contradicciones, a  los fascismos reverdecidos con el nuevo siglo, para que los aniquilaran y ostraran. Al  parecer era lógico cualquier tipo de reacción contraria hacia los nuevos elementos seguidores de la responsabilidad intelectual, grupo que algunos investigadores dio en llamar, no hace mucho, quinta clase. Es cierto que ningun estado totalitario, ninguna política orientada dictatorialmente, aceptaría efectivamente al intelectual [v. W. Kraus, 1968]. Hace ya más de cien años, la acción del intelectual como compromiso social e intervención política en la vida de la nación contenía una referencia de comienzos con el desastre de las colonias y el enfrentamiento con los EEUU [1885-1898].  El primero de diciembre de 1898 la delegación española, con Montero Ríos a la cabeza, se reunió en París con los representantes americanos, firmándose el tratado de paz dos días después: el gobierno renunciaba a su soberanía sobre la isla de Cuba y cedía a Norteamérica las islas de Puerto Rico, Guam y el archipiélago filipino. Por este asunto, más que en los políticos debemos pensar en los escritores o artistas que en un momento dado se incorporaron a la vida social a través de airados manifiestos públicos suscitando un nivel de reacción y lucha frente al orden u opinión establecidos.


¿Por qué la presencia del intelectual tiene relación con el desastre de las colonias? ¿Siempre ha de haber un desastre por medio? Azorín acuña el término La Generación del 98 por primera vez en 1913, y Andrés González-Blanco la subtitula generación del desastre. Si Echegaray, Campoamores y Galdós son los auténticos antecesores de esta generación, la promoción literaria de la regencia compuesta por los Tres [Azorín, Maetzu y Baroja] expresaron sus aspiraciones novedosas en un Manifiesto donde recogieron sus ideales basados en el poder de la razón y la conciencia social, en la formación y el estudio, en las nuevas ideas y el encuentro de algo sustancial que canalizara los esfuerzos dispersos, porque estaban seguros que un viento de intranquilidad reina en el mundo.

Lo cierto es que un grito de renovación social recorrió Europa y, como era costumbre, provenía de Francia. El juicio contra Dreyfus obligó a los jóvenes intelectuales a comprometerse públicamente  y a reivindicar la profesión del intelecto y el compromiso de la cultura frente a hechos que consideraban injustos. Lo testimonia así el canario Juan Marichal: Esto es, profesores universitarios, escritores, abogados, libreros y un número crecido de franceses que se consideraban personas cultas y partidarios de mantener la tradición humanista de las repúblicas francesas desde 1789. Y los jóvenes intelectuales españoles expresaron cosas como éstas: Es un espectáculo deprimente el del estado mental y moral de nuestra sociedad española... Es una pobre conciencia colectiva homogénea y rasa. Pesa sobre nosotros una atmósfera de bochorno; debajo de una dura costra de gravedad formal se extiende una ramplonería comprimida, una enorme trivilialidad y vulgachería. (...) No hay Joven España ni más protesta que la refugiada en torno a las mesas de los cafés, donde se prodiga el ingenio y se malgasta vigor [Unamuno, La España moderna, 1895].

 

     Cuando esto escribo, aún insomne, y ante un tazón humeante de café, me sigo haciendo algunas preguntas: ¿qué se hizo de ese viejo intelectual de finales del XIX y principios del siglo XX?, ¿tiene algo que ver con el intelectual de hoy, de 2015? ¿ha dejado de existir? ¿Qué pueden comunicarle los escritores, pensadores, los sabios universitarios a esta descarriada sociedad nuestra en el primer cuarto del siglo XXI? ¿Conforma, realmente, el intelectual, si lo hay porque se ejerciera, una clase social?


      Aún está por verse que se produzca la unión de los intelectuales de todo el mundo. En los últimos cien años se han vivido momentos en que el poder cultural llegó a ser más fuerte que la política, pero la balanza se ha vuelto del lado del poder económico-político fagocitando iniciativas y posturas intelectuales.


   A los posibles  intelectuales futuros se les plantea un difícil y bello reto: equilibrar la balanza de influencias, para contrarrestar los desmanes de los desatados poderes políticos y económicos...


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