El escritor a favor de la infancia

© Alberto Omar Walls

 

                             Recordando a Mikita, Amparo y Sulaimán

           

 

     Un artículo editado en la prensa diaria del investigador en asuntos africanos Brice Payen, me hizo recordar un pequeño relato mío que publiqué en La Opinión hace ya un par de años. El magnífico trabajo de Payen se titulaba La tradición oral, un patrimonio común, donde planteaba muchísimos asuntos que nos abren sugerentes líneas de indagación.

           

     Reconozco que soy simplemente un escritor y que no tengo ni idea de África, lo digo porque nuestra calaña tiende a re-inventarlo todo. No obstante también he de aceptar que este continente y sus gentes han estado presentes en algunas narraciones mías y, sobre todo, en mis sueños. Y en mis preocupaciones. Y he sabido de hace años que su narración oral forma parte de un verdadero patrimonio cultural de nuestra humanidad. Sin tiempo.

 

     Yo sí tuve quien me contara cuentos. Todas las noches, antes de dejarme dormir, Mikita nos contaba cuentos. Adoraba a mi tía Mika, Micaela o Miquita, y mi amor por su bondad no ha desmerecido en todos estos años después que muriera en 1960. Le dediqué mi primerísima novela La canción del morrocoyo y aún recuerdo, siendo niño, de cuando se sentaba por los pies de la cama y se lanzaba, durante horas, a contarme cuentos interminables. Cuando terminaba un cuento yo la urgía a que siguiera contando, y, como accedía a continuar lo hacía inventándose personajes y situaciones, por eso las historias se hacían maravillosamente interminables… De ella adopté mi gusto por el cuento y el relato corto, también por la fabulación y por aquellos elementos atávicos que subyacen en toda narración oral maravillosa.

 

    Tití Mika era ciega y contaba con su natural forma de hablar de la mujer nacida a principios del siglo veinte, pues exponía una extraordinaria capacidad que había desarrollado para poder ver más allá de la apariencias y, sobre todo, hacértelo ver y sentir a ti mientras la oías contar. Era una verdadera y extraordinaria cuenta cuentos. Su sensibilidad era tan exquisita y  la situaba en un nivel tan superior que le permitía comprender a todos los seres sufrientes por igual. Ese aspecto le confería la dotación de esgrimir a diario un genial sentido del humor.

 

   Reconozco que ella fue para mí el sabio grióts que me narraba fabulosas historias, me tranquilizaba las noches antes de dormir, y me instruía a través de aquellas historias interminables. Mi madre, Amparo Walls Hernández, habla de ella, su hermana mayor, de manera detenida y especial, como una mujer muy singular, en sus dos libros: Mariposas de papel y Párrafos de la memoria.

 

    Escribí Angelitos negros en cierta medida en homenaje a mi tía Mikita, pues ella fue, en aquellos años cincuenta de mi infancia, una permanente enamorada de la voz de Antonio Machín, en la radio o en los discos de vinilo. Y aquella popular canción suya, cantada con una voz gangosa e intransferible, su Angelitos negros, era una de sus preferidas. ¿Por qué razón?, nunca lo supe. Ella era blanca como la leche y no creo que hubiese tenido la más mínima oportunidad de conocer a una persona de otro color durante los pocos años que gozó de su vista. Pienso que era por un instinto de solidaridad y de protesta que se plantea en la letra de la canción. Bien, aquí al lado en pdf va por fin Angelitos negros (sonando siempre, de fondo, como es lógico, la melodía de Machín).

 

    Si hiciera ahora mismo un pequeño y rápido recorrido, a todas luces incompleto, por algunos de mis relatos, con el fin de recordar cuál fue la fuente de creación de cada uno, diría cuestiones un tanto vagas o, al menos, algo abstractas. Por ejemplo, que Mapa de soledad es el rito de iniciación que todo amor en pareja ha de experimentar.  Siempre la pareja se está enseñando en el ejercicio continuo de fabricarse un camino hacia el conocimiento. El otro ser en el que te ‘miras’ diariamente es la parte otra de la ‘unidad’ que buscas. Pero el encuentro del otro ha de hacerse con responsabilidad y consciencia.

 

     En Otra pietá quise sólo plantear que tras el odio también se oculta el amor. En Cuerpo de silencio  quería dejar constancia de la extraña confesión pública de quien ama tan especialmente la presencia del otro ser, pero le exige tanto al mismo tiempo, por divinizarlo, que acaba por rechazarlo y rechazarse. En Cuando el tedio... quise mostrar el contrapunto del humor, a veces la carcajada, con el estado de ánimo ensombrecido del protagonista. Aquí entraría la consideración de los puntos de vista y cómo el lector está impelido a enjuiciar y rechazar con su sonrisa el estado depresivo del personaje. Uno dice no  y, el otro, por contrapunto, dirá sí.

 

     Disyunta es el tiempo en espiral sobre un mismo espacio, también las experiencias kármicas que se repiten... En Último travelling pretendí decir que las huídas no son necesarias y que tampoco son posibles porque todos los caminos conducen al encuentro con uno mismo. En Sentir la vida dejé la presencia de que siempre me ha interesado lo diminuto en manos del Universo y, cómo, milagrosamente, halla cabida y se expresa. En Ángeles caídos he querido mostrar la filosofía en la que creo y que se refiere al poder universal de nuestra conciencia, que se halla aún durmiendo sueños egóticos: todos somos ángeles caídos, que nos podemos levantar… si quisiéramos.

           

      En Arrégleme el alma muestro que el mal siempre acaba por encontrarse con el bien, y que se necesitan o complementan. Los otros relatos largos, novelas o relatos cortos o cuentos, también tienen su razón de ser. Porque un texto nace, se desarrolla, se pudre y, luego, surge vivo y acabado. En el proceso de la escritura, el símil de ave phoenix, es el que mejor les encaja a todos.

 

     También este otro cuentito que expongo aquí al lado en pdf, Procumbir, tiene su razón de existir y se relaciona con años posteriores a mi infancia, pues visualizo en la pantalla de la memoria la zona de la calle La Noria y sus aledaños, cuando no tan chiquillos ya nos alejábamos de nuestro barrio Duggi buscando otros juegos y encuentros.

 

    He trabajado con otras maneras de reflejar las infancias, porque cuando el referente para el creador es el niño, ¡todas las infancias!, no le queda más remedio que verlo crecer en medio del dolor. También este pequeño relato de aquí debajo, Aprendizaje,  es homenaje a los seres más indefensos, inocentes víctimas de la incomprensión de las mentes enloquecidas por el poder. Está basado en algo que todos alguna vez conocimos sobradamente: los homicidios de bubis en Guinea Ecuatorial. El grupo étnico bubi de la isla de Bioko era discriminado, por encarcelamiento y muerte, dado que mantenían  su deseo de independizarse. Como es lógico también sabrán del caso de los utus y tutzi, asunto que es más aterrador, pues miles de seres han sido aniquilados.

 

     Pero el mismo tema se repite siempre y su protagonista es la infancia, el niño, que sufre irremediablemente la acción de los mayores.

 

   Un mismo hecho general me inspiró varios textos o contextos: uno salió narrativo como en Sentir la vida, otro poemático como en La paloma sin paz, otro nostálgico como Procumbrir, y nuevamente narrativo y reivindicativo de los estados de derechos para el niño, como fue en ese otro relato que al final lo titulé de distintas maneras, ¡Maldita carroñera! fue una, pero prevaleció Aprendizaje. Aquí va ese relato:

 

     Aprendizaje

 

  Sobre el tronco de madera carcomida un joven animal carroñero picotea  rítmicamente agarrando fuerte con una de sus patas un pedazo de la lengua de uno de los  niños muertos. Aunque acababa de llegar al suelo, estuvo antes durante tiempo moviéndose allá arriba, observando el ir y venir enloquecido de aquellos cuerpos, oyendo sus aspavientos y voceríos, mientras su corazón le pegaba dentro del pecho. Era su primer vuelo en solitario y quizá el primer llamado importante de su instinto. Estuvo con la manada desde el amanecer en el pueblo de al lado donde vio algo semejante, pero no se había atrevido a bajar, por los gritos y lamentos de quienes caían en la tierra en medio de algo rojo y viscoso que brillaba mucho por el sol. Hasta ahí había llegado extendiendo las alas, que no sabía que fueran tan grandes y se pudieran abrir tanto dándole esa extraordinaria sensación de amplitud. Porque sintió, mientras las batía en medio del vuelo, que unas veces abrazaba el aire hasta comprimirlo y otras lo extendía con fuerza para que se movieran los árboles. En pleno vuelo presintió que su auténtica fuerza radicaba  en las puntas de las dos plumas extremas de sus alas. Creyó comprobarlo cuando las abría al máximo, porque sus ojos vieron unas brillantes chispitas que se irisaron en los extremos de las alas.

    Para cuando él se decidió a bajar al suelo, ya habían quemado las chozas y descuartizado a machetazos a todos aquellos. Uno se había quedado sin pestañear mirando al cielo, otro, boca abajo, y otros enroscados ocultando sus caras entre las manos. Estuvo mirando durante largo rato aquel pequeño cuerpo negro que se mantenía sin moverse y con la boca abierta. Antes lo había visto deambular de un lado a otro, llorando y gritando, tropezando estúpidamente contra los cuerpos tirados en el suelo, y recordó de cuando él chocaba también contra las otras aves, hacía apenas un par de meses, porque aún no le habían enseñado a despegar los extremos de sus alas del suelo. Debió parecer un pájaro bobo que andaba a cuatro patas con el lomo encorvado como deprimido,  pero él sabe ya que era por el peso de sus alas por lo que se arrastraba por el suelo. Pero ahora también sabe que las alas tienen su fuerza escondida en las plumas más extremas y que se abrirán cuando él decida mover el aire para que le den vida a los árboles.

    Mientras picotea y deglute, está alegre, pero no es solo ya por saber que él mismo puede hallar la pitanza yendo de un lado para otro, sino porque ha descubierto el poder interior de la fuerza del viento. Y llena sus pulmones de aire y mira hacia el frente, abandonando por instantes su fijación sobre la presa.

Pero pronto se sorprenderá de que aún no tiene la agilidad ni la presteza para adivinar el peligro.

 

    Un disparo de escopeta la abate en el mismo momento en que envía la orden a los extremos de sus alas para que emprendan el vuelo.

Maldita carroñera...- dijo el hombre. Escupió sobre el ave muerta y volvió a agacharse sobre los cuerpos para seguir rebuscando entre los bolsillos de sus ropas.

           

 

 

 



 

 

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